Nadie se lo esperaba. La noticia no sólo agitó las aguas de Argentina, el mundo del fútbol estaba conmocionado. Julio Humberto Grondona había muerto y la AFA, que ya se había quedado sin director técnico, ahora estaba acéfala.

A partir de ahí, hubo un punto de inflexión. Don Julio se había ido, en el momento justo para muchos, aunque tal vez no el indicado. El fútbol argentino no estaba preparado para un cambio de gobierno, no se había gestado, pero esa especie de imperio un día se terminó. Pese a ser cuestionado y acusado de mafioso, y todo lo que eso representa, a su velorio acudieron desde el ex Presidente de la FIFA, Joseph Blatter, hasta Messi, Riquelme e importantes dirigentes de los clubes locales.

¿Y ahora qué? El estatuto marcaba que el paso inmediato era la designación de Luis Segura- Vicepresidente 1° de AFA – para ocupar el cargo vacante. Desde ese momento, empezó una debacle por falta de capacidad y por un trono que muchos querían ocupar.

“Murió un grande”, tituló la página oficial del fútbol argentino. Claro que sí, un gran negociador, experto en la materia de arreglos, pero con algo para destacar: su autoridad para gobernar. Nadie, jamás, se fue de una entrevista con Grondona sin solucionar su problema. Desde embargos, remates y sueldos atrasados hasta la préstamos de cifras exorbitantes. Eso sí, todo tenía su costo en la oficina de Viamonte.

El primer sueño de Grondona fue cumplido por unanimidad: un torneo largo de 30 equipos. Sí, el mismo que hoy se busca reducir para asemejarse más al fútbol europeo. Tiempo después del interinato de Segura, llegaría uno de los bochornos más grandes de la historia.

La recordada votación 38 a 38 entre Marcelo Tinelli y el mismo Segura. Incertidumbre por doquier en una elección en la que se esperaba que el conductor televisivo ganase, con una propuesta de profesionalizar el deporte.

En tanto, la Selección Argentina ya tenía a Gerardo Martino como nuevo entrenador. No obstante, su vínculo de cuatro años se vio interrumpido a mitad del recorrido luego de dos subcampeonatos de América y el desgaste para formar un plantel para competir en los Juegos Olímpicos de Río 2016.

Luego llegaría la “Comisión Normalizadora” para regularizar la situación del fútbol argentino, impedir una desafiliación de FIFA y fijar un nuevo dirigente. Sería el turno de Armando Pérez, Presidente de Belgrano de Córdoba, quien tenía el visto bueno de Mauricio Macri. Con la renuncia del Tata Martino, los nuevos dirigentes eligieron a Edgardo Bauza para hacerse cargo del conjunto nacional. Los pergaminos los tenía, pero el final fue el mismo. De nuevo, la Selección se quedaba sin entrenador, pero en la recta final de las Eliminatorias para Rusia 2018.

Claudio “Chiqui” Tapia era un nuevo nombre. Un desconocido para muchos, pero con vinculaciones que lo acercaron a la presidencia de la AFA. Sí, el cuarto presidente en menos de cuatro años y, a su vez, el cuarto entrenador desde el exitoso paso de Alejandro Sabella, luego del Mundial de Brasil 2014.

El mismo Tapia fue el encargado de poner fin al ciclo Bauza y designar a Jorge Sampaoli. “Hemos contratado al mejor del mundo”, se oyó en la voz del máximo mandatario del fútbol nacional tras la contratación del ex técnico de Sevilla, quien había sido campeón de la última Copa América. Al mencionado mejor entrenador del mundo hubo que convencerlo con un contrato hasta el Mundial 2022. Algo irrisorio, pero tras la negativa de Simeone y Gallardo no se encargaron de buscar a alguien con otro proyecto.

Ya es sabido cómo finalizó el ciclo Sampaoli. También se conoce el terreno y representación que perdió Argentina en la FIFA tras la muerte de Grondona. Hasta el momento, la continuidad de Tapia parece inmaculada: más allá de las críticas todo parece indicar que finalizará su cargo sin interrupción alguna.

Cuando muchos aguardaban por una mejora que deje atrás los conceptos de corrupción y negocios turbios en nuestro fútbol, el fin de la era Grondona lo empeoró. El poder repartido en muchas manos, y de los más poderosos, deriva en los privilegios y beneficios para algunos y en la no representación en AFA para otros. La frase indica que “muerto el perro se acabó la rabia”. En la Asociación del Fútbol Argentino, uno encuentra la excepción.

Por Rodrigo Vizcarra.