La necesidad impulsó a Boca a ser ofensivo como nunca antes en la corta Era de Gustavo Alfaro. La tranquilidad de haber conseguido una ventaja amplia de forma muy merecida y jugando un fútbol de alto vuelo, sin dudas llevó al River de Marcelo Gallardo a mostrar una cara agridulce que se vio contadas veces en su muy exitoso ciclo. A esto último también hay que agregar un errado planteo táctico y algunos cambios difíciles de explicar, pero lo cierto es que, ante todo y a pesar de todo, River Plate se encuentra en una nueva final de Copa Libertadores.

Más allá de que en La Bombonera no pudo imponer condiciones y sufrió el partido en lo físico y en lo futbolístico ante un rival corajudo, aguerrido y más punzante que prolijo, eficiente y coherente en lo estructural, el cuadro Millonario logró ganar –de forma clara y sin lugar para mucho debate– una serie muy complicada basándose en su notable performance de dos semanas atrás en su casa. Si hay alguien que parece entender en nuestro país como se juegan este tipo de partidos, es Marcelo Gallardo: la atención al detalle es lo que más se destaca dentro de una cartera interminable de virtudes, así como también esa capacidad inherentemente humana (pero que pocos manejan como él) de poder adaptarse a cualquier tipo de adversidad.

Los aplausos sobre el final para Boca tienen que ver con el orgullo por parte del hincha y con el hecho de que la actuación del Xeneize fue mucho mejor de lo esperada. No es errado decir que Boca estuvo a la altura de las circunstancias, que superó a sus propios fantasmas en este eterno “Juego del Miedo” contra River y que encontró (si es aprovechada con inteligencia) al menos una base sobre la que construir a futuro. Del lado negativo, hay que decir que, lamentablemente, su entrenador solamente eligió ser más audaz –tomando excesivos riesgos– solamente ante una necesidad extrema; en ese sentido, fue el miedo a perder el que llevó a Boca a mostrar un costado que casi nunca se vio en este ciclo y que, más allá del entusiasmo lógico que generó entre sus fanáticos, lo llevó a depender de la fenomenal y clínica actuación de Lisandro López y Carlos Izquierdoz, quienes anularon varios contragolpes muy peligrosos con cruces impecables.

Sin desafiar a la lógica, Boca hizo caso a su necesidad y salió a jugar con sus dos centrales en el círculo central, con sus dos laterales (sobre todo Julio Buffarini) bien desplegados como exteriores, con Eduardo Salvio buscando romper desde la banda hacia adentro, con Marcone y Almendra como un doble cinco incisivo, con Carlos Tévez y Aléxis MacAllister posicionados como doble enganche y Ramón Ábila como solitario luchador en los metros finales. En lo táctico, no se vieron excesivos cambios en el 4-4-2 habitual del ex entrenador de Arsenal y Huracán, pero en cuanto a la estrategia, sin dudas que los hub. Y hay que detenerse en este punto, ya que esto fue algo incómodo para un Gustavo Alfaro: más acostumbrado al clásico esquema de repliegue en bloque, contención baja y salida en largo con delanteros veloces y potentes.

Si en el Monumental, River había brillado por su presión alta asfixiante, sus transiciones veloces “a la europea”, la capacidad de su mediocampo para cubrir el ancho de la cancha sin perder juego, sus asociaciones eficientes y devastadoras en los metros finales y una organización total a la hora de moverse en bloque con referencias rotativas en ataque, en este segundo choque apenas si pudo limitarse a cerrarse con una apretada línea de cuatro volantes –siempre auxiliada por un Milton Casco supremo en los cruces y relevos– y a tratar de encontrar con pelotas largas (los volantes no incidieron en la generación de juego) a sus dos delanteros mano a mano contra los centrales de Boca. Su única llegada con peligro fue un disparo de Rafael Santos Borré en clara posición adelantada, más allá de que el equipo millonario (merced de los riesgos tomados por su rival) tuvo cuatro insinuaciones a máxima velocidad y verticalidad que no pasaron a mayores por la precisión en el corte de un muy lúcido Izquierdoz.

A esto hay que sumarle que las variantes de Gallardo no tuvieron demasiado sentido, sobre todo los innecesarios ingresos de Paulo Díaz y de Ignacio Scocco, pero más allá del gol (bien) anulado a Salvio, ese rechazo fallido de Enzo Pérez a centímetros del arco, un cabezazo de Más que salió bastante ancho y la arremetida de Hurtado que terminó en el único gol del partido, River no vivió entre grandes sobresaltos. Algo similar a aquello por lo que tanto se lo criticó a Alfaro tras el empate en cero por la Superliga: no pateó al arco, apenas si pudo insinuar peligro, pero pudo equilibrar sus carencias con una estructura rocosa y luchadora. Una que por momentos hizo recordar a esos primeros mano a mano contra el rival de toda la vida, allá por los años 2014 y 2015, en los que –buscando limpiar para siempre errores de décadas pasadas– se apeló más al juego brusco, al bloqueo del mediocampo y a la eficacia individual en el contragolpe para comenzar a dar cimiento a un período de paternidad absoluta.

La única posibilidad que tenía Boca para superar esta serie, era que River jugase su peor mano a mano en estos cinco años. Esa parte del trato se hizo realidad, pero el que terminó fallando fue Boca, porque con el empuje colectivo, la rebeldía individual y asociaciones esporádicas y casuales en los metros finales, no alcanza para vencer a un equipo que, aún en una mala noche, sigue siendo el mejor del continente. Boca, desde la salida de Guillermo Barros Schelotto, no tiene una idea de juego clara ni un once definido ni a todos sus grandes nombres (Salvio, Tévez, Ábila, por nombrar solo a tres) en su mejor estado físico. Es imposible saber si Gustavo Alfaro puso el once que más lo convencía en cancha, aunque quedó en claro que la estrategia no era de su agrado y que los jugadores tuvieron mucho que ver en este cambio radical que –debido a su ejecución a las apuradas y sin ensayo previo, marca de disconformidad– no alcanzó contra la versión más magra de River Plate que se haya visto en estos años.

Un tal Carlos Bianchi le enseñó a Boca lo que es sumergirse en períodos de gloria eterna y también lo que es conformar un equipo en el que la estructura y la estrategia son mucho más importantes que los nombres propios. También le enseñó que los partidos de Copa Libertadores tienen 180 minutos, por lo que las palabras posteriores de Gustavo Alfaro y Mauro Zárate no tienen ningún tipo de lógica: no se puede ganar este tipo de encuentros habiendo sido superado con claridad durante todo el primer partido y solamente habiendo encontrado señales positivas durante menos de la mitad del choque de vuelta. Para colmo de males, si hay alguien que parece haber tomado nota de estas enseñanzas desde el día uno…Es paradójicamente el entrenador de River Plate, quien disputará su tercera final en el máximo torneo continental en tan solo cinco años.

Mientras Marcelo Gallardo camina en la gloria de la mano de un notable proceso que es cien por cien coherente en lo estratégico e ideológico, muy inteligente en lo que refiere a los movimientos de mercado y por completo firme en cuanto a sus convicciones, Boca busca (fallidamente) reinventarse a cada año sin entender que la única manera de sacarse de encima a su actual bestia negra requiere mucho más tiempo del que se ha empleado hasta aquí. El Xeneize debe superar las elecciones de fin de año y poner el foco en volver a empezar sin cargar a quienes vengan con estos años oscuros: el camino se encuentra con mucha paciencia, con claridad conceptual y sin asustarse por las derrotas que, seguramente, seguirán viniendo hasta que las cosas de a poco se vayan acomodando.