El próximo martes por la noche, Boca y River se enfrentarán en La Bombonera por el partido de vuelta de las semifinales de la Copa Libertadores 2019. Si bien el cuadro de Marcelo Gallardo tiene una muy buena ventaja (merced de un claro y merecido triunfo por 2-0 en El Monumental), lo cierto es que la serie se encuentra abierta de cara al choque en La Bombonera. Futbolística y tácticamente hablando, es complicado encontrar razones y señales que justifiquen la posibilidad de una remontada por parte del equipo de La Ribera, pero en este tipo de encuentros influyen otro tipo de factores que van mucho más allá de lo que se puede dibujar y planificar en una pizarra.

Desde aquel irregular debut con empate frente a Gimnasia de La Plata hace ya cinco años, este River Plate dirigido por Marcelo Gallardo se ha convertido en el mejor equipo de Sudamérica y en uno de los mejores de todo el mundo. Desde lo estratégico, táctico y físico –sobre todo dependiendo de su plantilla, una que sufrió altas y bajas considerables– sus equipos han cambiado bastante la ejecución, pero no han dejado de lado cuatro pilares básicos: constantes rotaciones posicionales para generar superioridad numérica en toda la cancha, una presión en bloque muy alta y asfixiante, unas transiciones veloces al ataque a partir de volantes mixtos con muy buen pie y una vocación ofensiva absoluta e irrenunciable.

De todos sus equipos, tal vez el de estos meses sea el que mejor ha logrado interpretar el manual de su entrenador: un 4-1-3-2 intenso, refrescante y dinámico en toda la cancha, muy preciso en el juego corto e implacable a la hora de liquidar a sus rivales ya sea apostando al contragolpe o construyendo sus avances desde su arquero. Boca ya lo tiene bastante en claro, pues lo padeció en el duelo de ida durante casi la totalidad de los noventa minutos: Montiel y Casco alternaron subidas como extremos y coberturas como laterales, Martínez Quarta y Pinola no tuvieron complicaciones, Enzo Pérez dominó física y futbolísticamente el círculo central como mediocentro, Palacios tuvo libertad para moverse como lanzador y tanto Nacho Fernández como Nicolás De La Cruz aportaron mucho juego y recorrido como falsos interiores para no aislar a los también revulsivos e indetectables Matías Suárez y Rafael Santos Borré.

Gustavo Alfaro intentó repetir el esquema que le dio éxito (a la hora de anular a su rival) en el choque de la Superliga, pero –salvo un breve tramo sobre el cierre de la primera mitad– nunca pudo siquiera hacerle sombra a River y terminó encomendándose a un excelso Esteban Andrada. Mucho se habló de las diferencias en el resultado final entre ambos (idénticos) planteos, quedando en claro una cuestión: si lo que mejor hace este Boca Juniors es defender y ser eficaz en las pocas ocasiones que genera, eso le alcanza contra cualquier rival menos el que ostenta el título de mejor del continente. Y allí es donde hay que hacer eje, pues las declaraciones recientes de Carlos Tévez y de Aléxis MacAllister hicieron foco en sacarse “el miedo a jugar bien y atacar”, dos puntos que se encuentran entre las deudas de un Alfaro que se juega su futuro en el club. Todo en medio de un proceso de reconstrucción post final en Madrid que, estadísticamente hablando, viene siendo muy positivo y que lo tiene como puntero del torneo local y una vez más entre los mejores cuatro de América.

Sea cual sea la formación que mande al campo de juego Boca el próximo martes (una que posiblemente incluya a Buffarini, Salvio y a Tévez), va a tener que lograr en un solo partido lo que muy pocas veces exhibió en este ciclo. Tendrá que ser vertical, sólido en el mediocampo, tenaz en el retroceso e implacable a la hora de definir las situaciones de gol que pueda crear. La gran esperanza a la que se puede aferrar –además del factor histórico, que siempre tiene su peso– es al hecho de que sus mejores encuentros han sido en la fase de duelos directos de la Copa Libertadores. Pero mucho más importante y necesario es perder el temor con el que caminan casi todas las veces que el infalible River de Marcelo Gallardo está enfrente.

En esta especie de “Juego del Miedo”, los de Nuñez tienen hace larga data muy en claro que es lo que deben hacer en la cancha y como deben hacerlo, además de que no cargan con la pesada cruz de haber perdido la final más importante de todas hace muy pocos meses. Esta última es una cuestión muy evidente y relevante, por lo que debe ser atendida por Alfaro y sus jugadores lo más pronto posible si es que quieren romper con la mala racha internacional. Cuando se camina con una mochila de piedra, hay que saber hacerlo con mucha resiliencia y ser lo suficientemente inteligente, habilidoso y corajudo para encontrar la manera de liberarse de ella de una vez por todas. Se verá si este partido termina siendo aquel en el que Boca se saca de encima semejante estigma u otra marca negativa en su riquísima e inagotable historia.