Fue un año irregular, raro, plagado de incertidumbres, con la ilusión puesta en el banco de suplentes, pero no por un jugador que pudiera cambiar el partido entrando a falta de 30 minutos para que termine el partido, sino por él, junto con su hijo, y su inmensa sonrisa, que contagiaba hasta al más agnóstico con sus poderes. El Torneo Final 2014, aquel de las irregularidades, del no fue corner, del ramirazo, fue en realidad el torneo de Ramón.

River venía mal. No solamente había quedado afuera de las competencias internacionales sistemáticamente, sino que había salido 17° en el último torneo de la mano de Ramón Díaz, y la nueva dirigencia compuesta por Rodolfo D’onofrio no tenía una buena relación con el riojano. Pero sin embargo, decidieron dejarlo en el cargo. Tal vez, los rumores que lo emparentaban con la dirigencia de José María Aguilar hizo que lo respeten y lo dejen al menos seis meses más, para no cometer el mismo error que el ex presidente cuando asumió en su primer mandato. Y menos mal que lo respetaron.

El hincha de River estaba ansioso. La espina de la B Nacional todavía estaba clavada en el corazón millonario, y ya era hora, dos años después de ascender, de comenzar a dejar el pasado atrás. El torneo comenzó irregular, lo que sería un síntoma del equipo hasta la consagración. Las primeras 8 fechas, River intercaló resultados y no podía afianzarse ni siquiera en los cinco primeros, hasta que en el Superclásico la historia cambió por completo.

14 de marzo de 2014

Este fue el día clave. Hacía 10 años que el Millonario no ganaba en territorio enemigo. Boca llegaba con ganas de aguarle la fiesta a los de Ramón, de la mano de Juan Román Riquelme. Apenas comenzado el primer tiempo, River se puso rápidamente 1-0, con gol de Manuel Lanzini a los 12 minutos.

Llegado el segundo tiempo, Riquelme puso el 1-1 para los de La Ribera, con un exquisito tiro libre que festejó diciéndole a los Díaz “a mi acá no me ganan”.

Pero se equivocó. No sabía que ese Ramón no iba a dejar pasar más chances. Sabía que tal vez era su última oportunidad en el banco de La Banda, y la suerte estuvo de su lado. Ramiro Funes Mori, jugador que había estado en duda, que era (y es) marcador central pero jugó de 3 por la ausencia de Leonel Vangioni, se elevó por los aires luego de un córner mal cobrado y silenció la Bombonera.

Y la ilusión, a falta de nueve fechas, floreció más fuerte que nunca. La espina comenzaba a aflojarse, y la posibilidad del torneo estaba cada vez más cerca.

El camino al titulo

Lejos de ser tranquilo y con la senda libre, River debió superar mil y un obstáculos para llegar a su nuevo campeonato. La derrota con Belgrano, el empate con Olimpo y el día que todo se encaminó: el triunfo frente a Racing.

Estaba todo en juego. El título, las copas, el orgullo, y la mística de Ramón. River tenía el partido controlado, pero Racing se vino y sobre el final, una mano de Ariel Rojas logró que el árbitro pite un penal a cinco minutos de terminar el partido. En el arco estaba Leandro Chichizola, que reemplazaba a Marcelo Barovero, y venía de atajar un penal en el empate con Estudiantes. Acomodó Sebastián Saja, pateó y el arquero Millonario se quedó con lo que hubiese sido el empate de la Academia. Aquel partido sería bisagra para la consagración.

El rey merecía su corona

Todo se encaminaba. Nada se podía escapar. Había que seguir pero la suerte estaba del lado de Ramón. Llegando a la anteúltima fecha como único puntero, había que coronarlo. River jugaba con Quilmes de local y, si ganaba, era campeón. Y haciendo honor a su historia y a su nombre, no sólo ganó, sino que también gustó y goleó.

Así, Ramón se fue campeón. Presentó la renuncia días después, en horas de la tarde, cuando el pueblo riverplatense dormía la siesta tranquilo luego del título. Dejó el paso a su heredero, Marcelo Gallardo, el nuevo multicampeón que él mismo dirigió alguna vez, pero no sin antes irse como merecía. Con la cabeza en alto, siendo el mejor.