“Si vos das el OK, Riquelme va a ser el enganche del equipo”, se escucha a través del teléfono celular y automáticamente Miguelito ya dibuja su característica sonrisa.

La conversación tiene lugar el jueves 8 de febrero de 2007, a punto de cerrar el libro de pases porque al día siguiente comienza el Clausura. Miguelito es Russo, el técnico que llegaba a Boca para reanimarlo luego de haber sucumbido con La Volpe en la recta final hacia el primer tricampeonato del club. El once de memoria que ponía en cancha el Coco Basile ya era parte del pasado; Abbondanzieri, Gago, Schiavi e Insúa eran algunas de las figuras que ya habían emigrado.

Todavía como presidente del club, pero ya fuertemente enfocado en su carrera política, Mauricio Macri buscaba satisfacer las demandas del flamante entrenador. Un volante creativo era el pedido principal y Leandro Gracián, el apuntado. Pero en el viejo continente apareció un viejo conocido que iba a modificar todos los planes del Mundo Boca. Juan Román Riquelme nuevamente con la diez azul y oro era el sueño xeneize.

Enfrentado con el entrenador Manuel Pellegrini y con el presidente Fernando Roig, los días del argentino en el Villarreal parecían contados. Desde diciembre no era tenido en cuenta, pero el Submarino Amarillo no estaba dispuesto a desprenderse de su figura sin recuperar su inversión. A falta de ofertas que convencieran tanto al jugador como a los dirigentes, la cesión al club que lo vio debutar se encaminaba como la mejor opción para que Riquelme tenga continuidad y encontrar un nuevo destino a mitad de año.

Los plazos del préstamo –que se fijó por cuatro meses, hasta junio de 2017– dilataron la negociación, pero el 18 de febrero de 2007 finalmente Boca pudo volver a disfrutar de Riquelme jugando en la Bombonera. Un caño en la primera jugada del partido y apenas algunas otras pinceladas del diez esa tarde ante Central alcanzaron para levantar a los hinchas. Sin embargo, después de varios meses sin jugar, con el correr de los minutos Román se fue diluyendo y el Xeneize no encontró el rumbo en el encuentro, que terminó 1 a 1.

A pesar del resultado, el público le retribuyó al equipo (y en especial a su hijo pródigo) numerosas muestras de afecto. Sólo con el recuerdo de sus viejas épocas doradas con Carlos Bianchi, Riquelme ya había sembrado esperanza en el pueblo xeneize, que tenía una única obsesión: la Copa Libertadores.

Cuatro meses más tarde, la sonrisa de Miguelito ya no era la única, la acompañaba la de Riquelme mientras levantaba la Copa Libertadores 2007 y la sonrisa que se dibujaba en el rostro de todos los hinchas de Boca, rendidos ante la genialidad de su máximo ídolo, ese que en sólo cuatro meses conquistaba América. Russo está feliz, Riquelme está feliz, Boca está feliz.