“A la suerte hay que ayudarla”, la veracidad de esta frase hecha se comprueba con la historia de superación que supo construir desde pequeño Guillermo Vilas. Nacido en Buenos Aires, pero criado en Mar del Plata, en sus primeros compases tuvo en una raqueta a un amigo duro, inflexible, y que le demostró el camino del esfuerzo, el único a seguir para él de allí en adelante.

Supo pasar horas frente al frontón del Club Náutico Mar del Plata, con la soledad que ofrecía ese rival siempre dispuesto a la competencia, siendo el primer contacto con el tenis del hijo de Maruxa y José Roque Vilas. El alto nivel del elitista deporte blanco había sido alcanzado sólo por sus compatriotas Enrique Morea y Mary Terán de Weiss, quienes abrieron el camino para un Guillermo que lo llevaría a un órbita de popularidad impensada.

“A partir de Vilas el tenis se popularizó. Mucha gente comenzó a practicar el deporte. Fue a partir de él, que es un referente del tenis argentino y mundial, que acá en nuestro país se popularizó el tenis”, remarcó en diálogo con GDV el capitán de Copa Davis Daniel Orsanic.

Fue la perseverancia la que sentó las bases de un entrenamiento riguroso que le permitió alcanzar el número 1 del escalafón nacional con apenas 18 años. Es que Vilas supo no dejar nada librado al azar en su búsqueda constante por seguir creciendo, a sabiendas de que en aquella disciplina ese era el único camino posible al éxito.

En este sentido, Orsanic nos confió su concepción acerca de la fórmula de éxito que desarrolló Vilas: “Siempre fue muy obediente, muy sumiso con respecto a su entrenador, un obsesivo por la mejora y por la repetición. Fue el primer jugador del circuito que comenzó a entrenar tantas horas diarias. Un jugador extremadamente sólido para la época en la que participó”.

Desde sus primeros pasos en el circuito profesional, la victoria se convirtió en una sensación gratificante que lo visitó con frecuencia, aunque los títulos le fueron esquivos hasta 1973, cuando tuvo su primera vez con un triunfo en Buenos Aires ante el sueco Björn Borg, uno sus rivales más acostumbrados. Desde allí su camino sólo conoció el ascenso, siempre de la mano del entrenador rumano Ion Tiriac.

Borg y Vilas hace 44 años.

El devenir de los títulos le permitió trepar en el escalafón mundial: seis consagraciones en 1974 le abrieron la chance a la Masters Cup, donde celebró tras una dura batalla con Ilie Năstase. No obstante, fue desde la confianza del polvo de ladrillo -convertido en amo y señor de la superficie lenta hasta la aparición del contemporáneo Rafael Nadal- donde puntualizó sus logros. Luego de las exitosas temporadas de 1975 y 1976, llegó un soñado 1977 donde Guillermo dominó con claridad el circuito.

Ese año marcó un antes y un después en su carrera, primero por su rendimiento inigualable y después por la polémica desatada por el capricho del ranking, y su lucha personal por revalidar tamaño esfuerzo que realizó. Hay números que hablan por sí solos y en ese año Vilas ganó 16 torneos sobre 31 posibles, incluyendo entre sus conquistas Roland Garros y US Open, frente a los estadounidenses Brian Gottfried y Jimmy Connors, respectivamente.

Con la copa del Us Open 1977.

En una época todavía distante en cuanto a la formación organizativa que conocemos hoy en día, el ranking del circuito Grand Prix lo posicionó como número 1 indiscutido, al igual que la revista World Tennis, aunque la polémica se instaló con el escalafón que publicó la ATP, que colocó a Vilas por detrás de Jimmy Connors. Si bien los lauros del norteamericano constaban del Masters y seis torneos más, eran inferiores a los títulos de Vilas.

Aquí comenzó la primera lucha personal del argentino, y que pese al paso del tiempo, la polémica no ha perdido vigencia. Si bien los reclamos han llegado de parte del propio Vilas y producto de una investigación periodística, la ATP se mostró negativa con respecto a brindarle el ansiado reconocimiento del número 1.

Las campañas sucesivas de 1978 y 1979 le permitieron a Willy alcanzar la gloria en el césped del Abierto de Australia. Esa superficie marcó otra de las luchas de un Vilas que nunca logró imponerse en el mítico Wimbledon, sólo alcanzando en dos ocasiones los cuartos de final en Londres. “El pasto es para las vacas”, dijo alguna vez.

La tercera de ellas fue sin dudas la Copa Davis, el certamen que comenzó a ser esquivo para los argentinos con la final perdida por Vilas y Clerc en 1981, ante Estados Unidos por 3 a 1 y en condición de visitante. Allí, bajo un clima de tensión en el equipo, la mejor dupla nacional no logró la Ensaladera que la Argentina al fin conquistó en 2016, tras acumular otras frustraciones en Moscú (2006), Mar del Plata (2008) y Sevilla (2011).

Vilas y Clerc en 1981.

“Vilas fue el impulsor de que muchos de nosotros estemos jugando hoy en día. Trajo al tenis a nuestro país. Es un hombre para admirar y que siempre es un halago cómo nos representa”, nos confesó Federico Delbonis, quien tuvo el honor de aportar el punto definitivo para la victoria ante Croacia en Zagreb.

El placer de disfrutar de Guillermo Vilas como jugador se extendió hasta 1989, y tras un impasse y un breve retorno en 1992, Willy colgó la raqueta para decir adiós con números apabullantes: 62 títulos de singles y 16 de dobles, con cuatro conquistas en torneos de Grand Slam.

Está claro que pese a todo la fortuna acompañó al hombre que cambió el tenis argentino y, caprichos ajenos al margen, alcanzó la cima de un disciplina que era ajena en esta tierra y que mediante su intervención le un giro de 180 grados a un deporte hoy devenido en popular.

“Fue el mejor jugador de todos los tiempos juntos porque sin talento, sin una técnica especial, con seis u ocho horas de entrenamiento cada día ganó todos esos torneos”, resumió una vez Tiriac. Es que pasan los años y todo se resume a la raqueta y a ese frontón, desde donde Vilas se ganó para siempre el lugar protagónico de la historia del tenis argentino y mundial, más allá del capricho de un ranking.