Llegó a la soledad de la punta en simultáneo a la campanada que anunciaba la última vuelta. Era la final de los 10.000 metros en los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992, en donde volvía a competir Sudáfrica tras 32 años de ausencia. Las zancadas eran cada vez más espaciadas con la ansiedad de quien quiere llegar para hacer historia. Y llegó.

Derartu Tulu apaciguó su velocidad justo después de haber pasado la recta final que la daba como ganadora: como la primera mujer de África Subsahariana en conseguir una medalla de oro en un Juego. Levantó los brazos en señal de festejo, se acercó a la tribuna y se colocó la bandera de Etiopía, el país que la vio nacer, por sobre los hombros. Elana Mayer, sudafricana que quedó segunda, se acercó a ella. Un beso en cada mejilla y la secuencia que se transformó en un símbolo contra el racismo que se había vivido hasta hacía un tiempo en Sudáfrica, el apartheid.

La segregación racial en Sudáfrica tuvo lugar desde el siglo XVII con la colonización europea de holandeses, franceses y alemanes. En el siglo XIX, el país ya empezaba a dividir a su pueblo: por un lado, los blancos; por el otro, los negros, mestizos e indios.

En 1948, el Partido Nacionalista, opositor a la influencia británica y con Daniel Fraçois Malan a la cabeza, ganó las elecciones y la marginación social comenzó a tener el respaldo jurídico por el apartheid (separación en afrikaans). Los afrikáner veían al país como una suma de grupos raciales, en el que los blancos alcanzaban un estado de civilización y tenían el control por sobre el resto. La resistencia negra fue liderada por el Congreso Nacional Africano (ANC) desobedecían a las leyes y marchaban en forma de protesta, y tuvo como dirigente relevante a Nelson Mandela, pero hablaremos de él más adelante.

El apartheid llevó a cabo una serie de leyes que hizo que los negros, mestizos e indios vivieran en la sombra de su país, sin derechos políticos y bajo las más absurdas normas. El cartel de una playa de Ciudad del Cabo prohibía el ingreso de perros. También el de negros. Como si de perros se tratara, las personas eran clasificadas según su raza, y quienes no eran blancos no podían acceder libremente a las zonas públicas y urbanas. Negros y mestizos no podían tener tierras y debían ocupar sólo el 10 por ciento de ellas. Mucho menos casarse con un blanco, la ley no permitía el matrimonio interracial.

Al igual que en la Alemania Nazi con los judíos, cada sudafricano debía llevar una tarjeta con sus datos personales, en el que se especificaba su grupo racial. Además, las escuelas eran separadas, al igual que las Universidades, y presentaban distintos planes de estudio, y los mejores trabajos eran reservados para los blancos. Es decir, que los derechos sociales, económicos, políticos y educativos dependían del color de piel. Y para los que no eran blancos, se reducían a cenizas. Vivían en un clima hostil de desigualdades sociales y de fronteras artificiales.

Nelson Mandela se había afiliado al ANC en 1944 y en 1956 fue acusado de alta traición junto a 155 miembros, y fue procesado hasta 1961.  “Fuimos escoltados a dos grandes celdas con suelo de cemento y sin muebles. Las celdas habían sido pintadas recientemente y apestaban a pintura. Nos dieron a cada uno tres delgadas mantas y una estera de sisal. Cada celda tenía solamente una letrina a ras del suelo, totalmente a la vista. Se dice que nadie conoce realmente a un país hasta haber pasado por sus cárceles. No se debe juzgar a una nación por cómo trata a sus miembros más encumbrados, sino por cómo trata a los más humildes. Sudáfrica trataba a los ciudadanos africanos encarcelados como animales”, publicó Madiba en su autobiografía de 1994 Un largo camino hacia la libertad.

En 1962 fue arrestado por conspiración para derrocar al gobierno y por salidas ilegales del país, o mejor dicho, por reclamar por sus derechos. La pena: sentencia de por vida.

En la década de 1970, la presión internacional para terminar con el apartheid estaba en alza: la ONU emitió una resolución de condena a Sudáfrica y propuso el boicot contra el país, el Comité Olímpico Internacional (COI) expulsó al Comité Olímpico Sudafricano en 1960, y los Springboks no pudieron participar de los Mundiales de 1987 y 1991.

La segregación estaba haciendo estragos en la economía y la demografía, según datos de la ONU, los blancos contaban con un médico cada 630 habitantes, mientras que los negros con uno por cada 91 mil. Pero como toda transformación, no pasó de la noche a la mañana, y en 1984 comenzaron a derogarse algunas de las leyes que habían sido impuestas. Cuando Frederik de Klerk asumió como Primer Ministro de Sudáfrica en 1990, anunció que se eliminarían las leyes discriminatorias, y Mandela fue liberado unos días después.

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Derartu Tulu y Elana Mayer dieron la vuelta en el estadio Montjuïc, que días antes había tenido la presencia de Mandela, tomadas de la mano y bajo un ensordecedor aplauso. Una negra y una blanca. Una etíope y una sudafricana. El apartheid había desaparecido, pero en la sociedad seguía presente. “Viejos, jóvenes, blancos, negros, todos se juntaron para celebrar aquella medalla. Me había ganado otra mujer de África, y las dos éramos felices, por eso lo celebramos corriendo juntas, tomadas de la mano”, comentó Mayer en 2012 para el Diario El País.

Derartu Tulu nació en la aldea Bokoji en 1972 y abrió el camino para las atletas etíopes.

Después del apartheid Mandela escribió: “El deporte es, quizás, el medio más efectivo de comunicación en el mundo moderno, sobrepasando incluso a las formas verbales y escritas para alcanzar directamente a miles de millones de personas en todo el mundo. No hay dudas que el deporte es una forma viable y legítima de establecer amistad entre las naciones“.