“Tenía pensado decirles mil cosas…pero la verdad que lo único que se me viene a la cabeza en este momento es agradecerles a todos ustedes, porque sin ustedes esto no se hubiese logrado. Así que muchísimas gracias, y gracias a Dios por hacerme hincha de River”. Esas fueron las últimas palabras de Ariel Ortega con la banda roja cruzada en el pecho. Visiblemente emocionado, ante más de 60.000 personas que acudieron al Estadio Monumental para homenajearlo, se despidió rodeado del afecto de muchos de sus ex compañeros, entrenadores y gente ligada a su carrera deportiva. Su familia también lo acompañó, e inclusive pudo darse el enorme gusto de compartir algunos minutos en cancha con su hijo Tomás, que por aquel entonces tenía 12 años.

A su padre, José Ortega, en su época de jugador en Ledesma sus allegados lo apodaron ‘el Burro’ por la fuerza con la que le pegaba a la pelota. El mote de ‘Burrito’ a Ariel le cayó simplemente por herencia. Un Burrito que desparramaba calidad, además de rivales, en Atlético Ledesma. Así fue que su entrenador de ese club, Roberto Gonzalo, a los 16 años lo llevó a probarse en las Inferiores del Millonario. El brasileño Delem, caza talentos y responsable de formar a los jugadores infantiles de River, quedó encantado con el joven jujeño, quien tras probarse tuvo que regresar a su hogar en el norte de país y esperar la ansiada carta que lo citara a presentarse nuevamente en el club. El correo llegó para acabar con la inquietud. Su familia lo acompañó a la terminal y entre lágrimas de emoción lo despidieron. Ariel tomó su bolso cargado de ilusiones y emprendió el viaje hacia Núñez.

El fútbol le regaló una decena de títulos grupales, la oportunidad de disputar tres Mundiales con la Selección Argentina y otras tantas distinciones individuales. Y a cambio, Ortega le obsequió alegrías interminables, gambetas memorables y goles inoxidables. El trueque que hicieron fue lo mejor que pudieron perpetrar para el deporte argentino. Porque, pese a que fueron los máximos beneficiarios, no sólo los hinchas de River disfrutaron su desfachatez, su atrevimiento y sus descarados regates. El Burrito se convirtió en uno de esos jugadores queridos y respetados por toda la patria futbolera. Llevó consigo siempre las características de quien se calzó al lomo sus sueños junto al potrero, para luego volcarlos en cualquier estadio del mundo.

Hasta aquel sábado 13 de julio de 2013, sólo Norberto Alonso y Enzo Francescoli habían sido reconocidos con un partido homenaje. Luego de él, se sumó Fernando Cavenaghi. Pero puede llevar el orgullo de formar parte de una selecta lista de cuatro jugadores que tuvieron su partido despedida en más de los 100 años de historia de River. Hoy sigue ligado al club que lo vio nacer como coordinador del selectivo infanto-juvenil, y de tanto en tanto desparrama quiebres de cintura en el Fútbol Senior del Millonario. Porque hay algo claro: podrá perder velocidad con el correr de los calendarios, pero nunca su característico enganche inolvidable.

Por Marcos García.