Atrás quedó su primera experiencia europea, una que no fue precisamente como se esperaba. Tras dos años en Barcelona, la relación con la dirigencia se rompió tras la escandalosa final de la Copa del Rey donde Diego ajustó sus cuentas con Andoni Goikoetxea, por lo que en forma natural se desencadenó el traspaso a Nápoli. Hoy, a 34 años del debut, todavía se siente el amor en el aire.

El movimiento hacía pensar en el posible ocaso de la hasta allí meteórica carrera de Maradona. El destierro del Diez, en sintonía con aquellos relatos griegos mitológicos, era un hecho. Se fue por la puerta de atrás de un gigante español para arribar a un modesto club del sur italiano, y al igual que las narraciones helénicas el paso del tiempo le dio lugar a la leyenda.

El 5 de julio tuvo lugar su presentación ante un San Paolo que desde allí siempre lució colmado. Y ante el Millonario, 45 días después, no fue la excepción. Enfrente River mostró un once plagado de figuras y apellidos que dejaron su huella en nuestro fútbol: Norberto Alonso, Enzo Francescoli, Américo Gallego, Héctor Enrique y Julio Olarticoechea, por caso.

River y una particular salida al San Paolo de Nápoles con intrusos: algunas gallinas.

Nápoli, con Daniel Bertoni entres sus filas, distaba mucho de ser un equipo competitivo. Y tras 90 minutos de juego el 0 a 0 se decantó para desilusión de las 80 mil almas presentes. Sin embargo la jornada se volvió histórica por esa zurda mágica que revolucionó al país marcado por el norte de la Italia rica.

Maradona lideró una cruzada para la región. Nunca antes el sur había logrado imponerse, tanto en el Calcio como en la sociedad misma, pese a la sombra omnipresente de la Camorra. Sólo Diego, con una pelota en los pies, logró hacer caer a los poderosos Milan y Juventus.

La temporada, pese a no comenzar de la mejor manera -Nápoli apenas rescató 9 puntos en la primera ronda-, culminó con el equipo en octavo lugar. Desde allí la progresión fue constante, con una dirigencia que reforzó la plantilla consciente de contar con el mejor jugador del mundo.

La redención de Diego, tras ese adiós forzado y desdibujado de Barcelona, se empezada a definir de la mano de aquel humilde equipo. Pero sin embargo fue en México 86 donde se confirmó como el puto amo de la Copa del Mundo. El envión anímico continuó al regreso a Europa y derivó en el histórico Scudetto y el doblete con la Copa Italia, con Diego una vez más tocando el cielo con las manos.

Todavía quedaba más gloria, aunque en este caso internacional con la conquista de la Copa UEFA en 1989. Un año después llego el segundo y último título de liga, con el plus de una Supercopa italiana que quedó en Nápoles a finales de 1990.  Fueron los últimos meses de relación con el Calcio.

El perfecto calificativo para el paso de Diego en Nápoli, que se iniciaba hace 34 años.

El 17 de marzo de 1991 Nápoli le ganó a Bari por la mínima. Fue la función despedida de un Barrilete Cósmico que todavía no se conoce su país de origen. Tras el partido un control antidoping sentenció el positivo en cocaína que terminó en suspensión de 15 meses y salida al Sevilla español.

No obstante esa historia de amor entre el Diez con la ciudad y la gente de Nápoles nunca se terminó ni se terminará. Puede ser por muchas cosas, pero sobretodo porque ninguno de los dos fue tan plenamente feliz como desde aquella jornada del 16 de agosto de 1984.

Un compacto de aquel partido debut: