La maquina de River fue un equipo, sin dudas, legendario. Todo nació luego de un 6-2 a Chacarita, cuando un periodista de la revista El Gráfico tituló la crónica del partido de la siguiente manera: “Jugó como una máquina el puntero”, y desde allí, el poderío ofensivo de ese River campeón comenzaba a escribir su historia.

Con una formación inusual y desopilante para el fútbol de hoy en día, el 2-3-5 de Renato Cesarini tenía talentosos como su arquero, el peruano José Eusebio Soriano, uno de los mejores jugadores surgidos de su país; los centrales Vaghi y Yácono –precursor de la marca personal, apodado Estampilla-; Rodolfi, Ramos y Ferreira los mediocampistas; y Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau, el quinteto de delanteros que hizo mítico a ese River. Paradójicamente, en ese equipo que nada lo hacía sin el apoyo de todas sus partes, este quinteto apenas compartió la cancha en un puñado de partidos, pero se transformaron en leyendas, cada uno por su lado, en compañía de otros maestros de la pelota: Deambrossi, D’Alessandro y Di Stéfano que, sin haber ocupado los más altos lugares de la historia de este equipo, fueron grandes talentos argentinos.

Un día como hoy pero de 1946, antes de que Adolfo Pedernera marchara hacia Atlanta, este equipo tuvo su última función en un 2-2 frente a Huracán en Parque Patricios, cerrando así, uno de los capítulos más ricos de la historia del futbol argentino.

La maquina fue más que un equipo, la maquina fue el inicio de la historia romántica y estilista de River, el sentido del buen fútbol y el paladar negro, los goles, el espectáculo, ser animador en cada cancha. La maquina es, fue, y será la gran influencia y el gran pilar sobre el que se construyó la rica historia del Millonario.