A comienzos del milenio, Boca Juniors atravesaba un gran presente. De la mano de Carlos Bianchi, el club de la Ribera arrasaba con cualquier torneo que se presentara, ya sea local o internacional. Rachas impresionantes de victorias, grandes hazañas y un gran plantel, todos los ingredientes para un equipo campeón que había obtenido la gloria en el año 2000 ante el poderoso Real Madrid. Tres años más tarde, el Xeneize iba a volver a pisar suelo japonés, pero esta vez para enfrentarse a otro club histórico como el Milan de Italia.

Un equipo que a priori parecía muy difícil de vencer. Mientras en el banco de suplentes se encontraba el histórico Carlo Ancelotti, en el plantel se encontraban otros monstruos como el arquero Dida, Paolo Maldini, Andrea Pirlo, Kaká y Andrey Shevchenko, entre otros. Un panorama casi similar al que se daba tres años atrás ante el conjunto Merengue. El Rossonero había vencido a Juventus en la final de la Champions League, mientras que el Xeneize había hecho lo propio frente al Santos de Brasil, con Robinho a la cabeza.

Tras haber obtenido sus respectivos títulos, ahora se iban a medir en el Yokohama Stadium. En la mañana argentina del 14 de diciembre de 2003, todos los hinchas se sentaban muy temprano frente al televisor para ver una función más de la mística que implementaba el Boca de Bianchi en busca de una nueva marca histórica. Una vez que sonó el pitazo inicial del ruso Valentin Ivanov, la previa quedó en el camino y ambos debían dejar todo durante los 90’.

El encuentro comenzaba parejo y no había grandes diferencias entre un equipo y el otro. El cronómetro seguía avanzando y llegando a los 23 minutos, Milan daba el primer golpe en territorio asiático. Andrea Pirlo, atento en la mitad de la cancha, aprovechó el error del rival y con un pelotazo hacia el área, allí estuvo el danés Jon DahlTomasson quien definió entre las piernas de Roberto Abbondanzieri marcando el 1-0 a favor del conjunto italiano. Con este gol parecía que se venía la noche para el club de la Ribera pero pocos minutos después, Boca sacó a relucir su mística.

Segundos antes de llegar a la media hora de juego, el Xeneize devolvió el golpe. En una jugada que fue iniciada por Clemente Rodríguez, Guillermo Barros Schelottolanzó un centro desde la izquierda y el brasileño Iarley no pudo conectar con totalidad aunque descolocó a Dida en su salida. En el rebote, estuvo atento Matías Donnet y con un zurdazo, a metros del área chica, anotó el empate que no iba a modificarse ni en los 90’ ni en tiempo suplementario. Si bien, iban a llegar más situaciones, el 1-1 no se rompió en todo el partido y se iba a conocer al campeón en la definición por penales.

Luego de que se lucieran Tomasson y Donnet, ahora llegaba el turno de Abbondanzieri. Entre las imágenes de aquella final, una de ellas tiene al Pato. En esta definición fue decisiva su participación ya que logró atajar los remates de Pirlo y Alessandro Costacurta, recordado por su definición “a la tierra”. Sumado a esto, el holandés Clarence Seedorf definió a las nubes dejándole la victoria servida a Boca quien había anotado mediante Rolando Schiavi y Donnet. Pese a que había errado Sebastián Battaglia, todo se definía en los pies de Raúl Cascini.

Toda la presión era para el Mosquito pero el volante definió con una gran calidad. El volante era el encargado de darle una nueva copa a Boca y así fue, con un remate a la izquierda del arquero. A partir de allí se desató la alegría para el conjunto azul y oro, quien daba otra vuelta olímpica en Japón. Así como había sucedido ante Real Madrid tres años atrás, el Xeneize era nuevamente campeón de la Copa Intercontinental, de la mano del Virrey. El club de la Ribera festejaba nuevamente a lo grande y ponía su nombre en la historia, que con el paso de los años se seguiría agigantando. Aquella victoria ante Milan fue la última vez que un club argentino venció a un europeo por torneos oficiales.