“Y vos porque no viste a la Oveja Telch”, era lo primero que te decían los hinchas de San Lorenzo cuando uno elogiaba el juego de futbolistas como el Lobo Ledesma, Mercier u Ortigoza. Una respuesta automática que los remontaba a la década del ’60, momentos en los que los jugadores no eran nómades y tenían un símbolo de pertenencia con sus equipos.

De pelo tupido y una cabellera única que lo caracterizaba, Telch explicó en su momento el por qué de su apodo: “No es que me peinaba o que quise imponer una moda. Me lavaba la cabeza con jabón y cuando se me secaba el pelo me quedaba así”. Claro que, había que pasarlo, advierten quienes lo vieron jugar, aunque también tenía su cuota de gol y hasta su salida gritó 25 veces con la azul y roja.

Sus 415 partidos con la casaca del club de Boedo lo ponderan segundo en el ranking con más presencias, detrás de Sergio El Sapo Villar (445). Surgido de las inferiores de San Lorenzo, el cordobés era elegante y discreto, se destacaba por robar pelotas con quite limpio y virtuoso también para asistir despertó la admiración del fútbol argentino. El talentoso volante se consagró campeón de los torneos Metropolitano 1968 -invicto- y 1972 y del Nacional 1972 y 1974 en los que compartió plantel con figuras como Carlos Buticce, Sergio Villar, Alberto Rendo, Miguel Tojo, José Albrecht, Rodolfo Fischer y Carlos Veglio, Victorio Cocco y el Bambino Veira. Además disputó el Mundial 1974 y en su debut con la albiceleste en 1964 le convirtió dos goles al Brasil de Pelé por la Copa de las Naciones que la Argentina terminó conquistando.

Pese a sus intenciones de retirarse en el club de sus amores, las malas dirigencias frustaron su sueño y la Oveja le puso fin a su carrera en Colón en 1980, luego de haber pasado por Unión. “Vivo con lo justo, del fútbol no me quedó nada”, declaró Telch en su momento y admitió dolido y con bronca :“Yo fui histórico, pero no era caudillo, por eso me fui de San Lorenzo. Era el jugador que mas años estuve en el club y no me reconocieron nada. Les reclamé, peleé por lo mío y no me escucharon”.

Más allá de su glorioso pasado, sus últimos días los pasó en Villa Adelina atendiendo su carnicería “La Oveja”, que contaba con una linda particularidad: “Cuando tiraron abajo el Gasómetro me quería morir. Tengo una pedazo de tablón de las viejas tribunas que ahora lo uso para picar carne”, reveló hace más de 10 años.