En su ADN radica su esencia, esa de ser bicho, estar atento, sacar ventaja desde cosas mínimas. Como jugador lo era, en muchas oportunidades manifestó que los huecos que no podía llenar con características futbolísticas, lo hacía con mañas del barrio.

Como director técnico no mutó. De hecho, a toda la “viveza criolla” que ostentaba como jugador le agregó una locura que en muchas ocasiones fue contraproducente. Sobre todo cuando las discusiones se efectuaban en contra de los hinchas, locales o visitantes, árbitros y hasta jugadores, sin medir qué color llevaban en sus escudos.

Comenzó su periplo como DT en Defensores de Belgrano. En abril del 94’ Hugo Bargas dejaba su cargo por malos resultados y a falta de seis fechas, el puesto quedó bacante y se le fue ofrecido al encargado de la reserva. Caruso aceptó el reto, perdió los primeros dos cotejos, empató el tercero y ganó los últimos tres, no sólo para salvarse del descenso, sino también para ingresar al octagonal final en el que sería eliminado posteriormente por Atlanta. Si, el salvador de muchos equipos de Primera se inició en el mundillo de capataces de equipos con la obligación de pelear por no descender.

Tal vez, aquella decisión de hacerse cargo del plantel de primera y teniendo que pugnar por no descender, fue un premio y un castigo. Como si el destino le hubiera dado la posibilidad de cumplir con su sueño pero con una arista no menor, un trabajo arduo y para nada sencillo.

Lo cierto es que el cumpleañero de hoy consiguió hacer meya en el fútbol de ascenso, pasando por diferentes clubes, hasta llegar a Tigre. Allí ostenta una campaña descomunal, consiguió 93 unidades sobre 120 posibles, en un equipo que estaba a punto de descender.

Ese desempeño en el cuadro de Victoria le otorgó al hombre de la barba candado dirigir en Primera. Argentinos Juniors fue su primer desafío, en el que obviamente tuvo que recorrer ese camino espectral de la zona de descenso. Mantuvo al Bichito de La Paternal en la máxima categoría, pero como se le volvería costumbre con los años, los clubes obtendrían sus servicios para no descender y en el torneo siguiente le darían vía libre para trabajar en otros lugares.

Así pasó con Argentinos y luego de cinco partidos se mudó a Santa Fe, más específicamente a la ciudad de Rosario. Newell’s, que peleaba por no descender, se hizo de las habilidades del salvador para quedarse en Primera.

Volvió al ascenso, su casa, a dirigir sólo un partido en el que consiguió los tres puntos, ya que una institución de mucho peso en el mundo del fútbol necesitaba de su ayuda. Allí fue Caruso, al rescate de un Racing apático y urgido. Logró salvarlo del descenso, pero sólo le dieron la posibilidad de estar ocho encuentros en el banco de suplentes en la siguiente temporada. Cansado del manoseo, volvió a su Tigre querido. Pudo ejercer su profesión durante dos temporadas, pero las ganas de volver a sentir la adrenalina que genera pelear por no descender se despertaron y lo trasladaron hacia Quilmes.

A tan sólo un punto estuvo de poder salvar la permanencia en la máxima categoría del fútbol argentino. Igualmente, para demostrar que no es un entrenador “salva descensos”, realizó una campaña casi impecable en el Nacional B, dejándole el puesto en los últimos partidos a Omar De Felipe para que apareciera en la foto del Quilmes ascendido a Primera.

San Lorenzo sería su siguiente hogar, más bien, su tarea más compleja. Con enfrentamientos inolvidables como el empate sobre la hora ante Olimpo, la victoria ante Newell’s luego de ir abajo en el marcador por dos goles y el triunfo ante San Martín de San Juan e Instituto, le dieron la posibilidad al Cuervo de seguir en Primera y a Caruso el mote de salvador absoluto.

De hecho, consiguió que Quilmes y Sarmiento de Junín, en 2014 y 2016 respectivamente, consigan los puntos necesarios para continuar en la máxima categoría. Hoy, Ricardo Caruso Lombradi disfruta de estar como panelista en radio y televisión, pero a la espera que algún club lo necesite, ojalá que no sea sólo para no descender, igualmente su locura no cambiará.