El año era 1997, la fecha un día como hoy 17 de diciembre. Al River de Francescoli le faltaba un título para coronar una era exitosa donde ya había conseguido la Copa Libertadores y además estaba a las puertas de coronarse tricampeón del torneo local. Ese título era la Supercopa, ese trofeo gigantesco que nucleaba sólo a los equipos que alguna vez fueron campeones de América. El rival era el mismísimo São Paulo de Brasil y el héroe de la noche en El Monumental fue un tal Marcelo Salas.

La Supercopa había nacido en 1988 y desde ese instante fue la ilusión de toda la banda roja. En 1991 se le había escapado cuando Cruzeiro le remontó el 2-0 de la ida con un 0-3 en el Mineirão. Era una espina en el ojo.

La del ’97 sería la última edición y quedaba claro para Ramón y su gente. River no podía quedarse sin levantar esa copa. El Millo era parte del Grupo 3 donde además estaban Vasco da Gama, Santos y Racing.

El camino de la revancha comenzó el 28 de agosto en Núñez ante La Academia. En un partidazo y gracias al enorme gol de Santiago Solari, River comenzó con el pie derecho venciendo 3-2 al conjunto del Coco Basile. Cuando tocó ir al Cilindro el resultado fue el mismo

Ante Santos fue remontada 3-2 en el Monumental y en Vila Belmiro no se pudo contra el Peixe que lo venció 2-1 jugando en un temporal climático. El dato de color fue que el arquero del conjunto donde brilló Pelé era justamente su hijo.

Vasco da Gama era de los mejores equipos brasileños del momento, pero eso no le impidió al Matador Salas, Rambert y compañía golearlo en Buenos Aires por 5-1 y fueron sólo cinco porque los remates de Gallardo y Hernán Díaz dieron en el palo. En la vuelta en Río de Janeiro se encontró con un clima hostil, muchas patadas y codazos, pero con un golazo de tiro libre del Muñeco y otro del chileno, River se impuso 2-0.

Los de Ramón eran candidatos indiscutibles al título. Pero en semis había que visitar la altura de Medellín. En la ida en El Monumental había un delantero decidido a ser la estrella del certamen: Marcelo Salas. Marcó dos goles, uno empujándola tras habilitación de Gallardo y el segundo fue una locura, a 35 metros del arco con la pelota picando por la lluvia el chileno decidió darle de aire para desatar el delirio riverplatense. El gol de la Copa.

En el Atanasio Girardot, Ramón contó con su Muñeco de la suerte que convirtió de cabeza. Fue ese el gol que colocó a River en la final a pesar de los dos goles de los colombianos.

La primera final fue el 4 de diciembre en el Morumbi ante casi 50.000 brasileños. Los Millonarios igualaron sin goles ante São Paulo a pesar de jugar con uno menos todo el segundo tiempo por la expulsión a “La Bruja” Berti.

La vuelta encontró un Monumental colmado a más no poder, un recibimiento pocas veces visto al momento en el continente. En el primer tiempo Enzo Francescoli tuvo la chance de inaugurar el marcador con un penal, pero Roger se lo tapó brillantemente. A la media hora, Marcelinho Paraíba vio la segunda amarilla en menos de dos minutos, dejando al Tricolor con 10 hombres. En la primera jugada del complemento, River repitió la formula del ’96 un centro desde derecha para el goleador… adentro. No fueron Ortega y Crespo, esta vez fueron Enzo y Salas. La reacción de los paulistas fue rápida, Dodô lanzó un sablazo que se estampó en el lateral interno de la red. No hubo tiempo ni para que crezcan las dudas. Los de Ramón Díaz fueron en busca del gol que les otorgue la coronación, quién otro si no el Matador, a puro enganche en el área dejó desarmada a la defensa rival y puso el 2-1 con el que River levantó la tan ansiada Supercopa.

Poco después, Salas partió a Lazio de Italia, pero el recuerdo de sus goles en la Supercopa del ’97 y el “chileno chileno” que bajó del Monumental nunca fue olvidado.

El Matador Salas marcó 7 goles, siendo el goleador de River en dicho certamen.