Corría el año 2000. La joven Liga Argentina de básquetbol tenía poco más de una década de creación y la magnífica NBA más de 50 años. Con clubes en desarrollo, pese al buen juego que se comenzaba a gestar por estas tierras, años luz nos separaban a los argentinos de soñar con ver a uno de los nuestros en la mejor liga del planeta. Fueron muchos los que desde pequeños fantaseaban con llegar a la National Basketball Association, la de los Boston Celtics de Larry Bird, los Lakers de Magic Johnson y los Bulls de Jordan, Pippen y compañía.

Iniciado como profesional en la Argentina en 1994, jugando para Deportivo Roca, “Pepe” Sánchez pasó también por Estudiantes de Bahía Blanca de su ciudad natal. Una oferta de la Universidad de Temple en los Estados Unidos viró su destino. Allí se trasladó y estudió para graduarse en Historia. Mientras disputó la NCAA como deportista universitario, en la cual se situó como una gran promesa, convirtiéndose en líder en robos de balón y referente de su equipo en la posición de base. Fue clasificado como el mejor deportista-estudiante y llevó al baloncesto de Temple a estar entre los ocho mejores equipos del país.

Tras culminar su carrera universitaria, finalmente fue Philadelphia 76ers la franquicia que le permitió hacer realidad lo inimaginable. La noche del 31 de octubre, mientras en los Estados Unidos se celebraba Halloween, lo impensado, lo inalcanzable que resultaba soñar con aquel momento, se concretó. Así, el jovencito que competía con Emanuel Ginóbili cuando era niño, se convertía en el primer argentino en la historia en debutar en la NBA. Lo llevó a cabo nada menos que en el mítico Madison Square Garden frente a los Knicks; y fue el pionero sólo por cuestión de tiempo y algunos minutos, porque en la recordada noche de octubre también hizo su estreno el chaqueño Rubén Wolkowyski en los Supersonics de Seattle.

Ambos terminaron el partido con cero puntos en lo poco que permanecieron en cancha. No obstante, fueron los culpables de que los norteamericanos comenzaran a mirar a los jugadores argentinos con otros ojos. Fueron la llave que abrió la puerta al sueño de todo aquel jugador que picara una pelota naranja. El destino también quiso que los dos compartieran equipo en la Selección Argentina que venció a los Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Atenas 2004, colgándose luego la medalla de oro. Así fue que en una noche de brujas, la utopía se hizo realidad.

Por Marcos García.