Previo al inicio de cada Copa del Mundo, muchos seleccionados llegan con la etiqueta de candidatos y se mencionan con gran frecuencia a europeos y sudamericanos. Puntualizando en estos últimos, brasileños y argentinos llegan con grandes ilusiones a cada Mundial, y si bien cuentan con ciertas chances por los armados de sus planteles y la presencia de sus figuras, no siempre culmina de la mejor manera posible. La Albiceleste, aquella que pudo coronarse y tocar el cielo con las manos en 1978 y 1986, pisó el suelo del infierno en el 2002 tras haber sido eliminada en primera ronda, algo no muy frecuente.

La gran tarea que habían realizado en las Eliminatorias agrandaba esas ilusiones en todos los argentinos. El conjunto dirigido por Marcelo Bielsa había arrasado en el tramo previo a la cita mundialista, culminando en la primera ubicación a 12 puntos de su escolta Ecuador, siendo la segunda valla menos vencida y el equipo con más goles a favor durante las 18 fechas disputadas. Esas actuaciones sobresalientes lograron que este equipo consiga el boleto a Corea-Japón con cuatro fechas de anticipación y con resultados contundentes (y una sola derrota, contra Brasil).

Sumado a esto, los amistosos que sirvieron como preparación a este gran evento deportivo agigantaban la etiqueta de candidato ya que se medían ante rivales de gran jerarquía como España, Italia y Alemania. Además, se presentaban otros factores que permitían soñar con una buena campaña en el Mundial. En el banco de suplentes se encontraba el “Loco” Bielsa, entrenador que llegaba laureado por sus consagraciones en Vélez Sarsfield y Newell’s Old Boys. A su vez, podrían estar presentes algunos jugadores destacados en las juveniles del seleccionado, campeones en los últimos mundiales de Qatar 1995, Malasia 1997 y Argentina 2001.

Todo eso quedó de lado al momento de demostrarlo en territorio asiático. Ahora, la historia era totalmente opuesta. El primer paso fue en Ibaraki con una ajustada victoria ante Nigeria por la mínima diferencia con un gol del histórico Gabriel Batistuta. Luego del triunfo en el debut, llegaba otra instancia complicada en la cual se viviría una vieja rivalidad: enfrentar a Inglaterra. La anotación de penal en los pies de David Beckham fue necesaria para los británicos, que dominaron parte del cotejo y se quedaron con tres puntos vitales para clasificar a la próxima instancia. Esta serie de resultados dejaban a Argentina con una sola misión: ganar o ganar frente a Suecia.

Para el partido a disputarse en Miyagi, Bielsa iba a meter mano en el equipo y realizaría algunas variantes como el ingreso de Pablo Aimar en lugar de Juan Sebastián Verón, de floja actuación ante el seleccionado inglés. El objetivo era claro y, pese a esto, la Albiceleste no debía impacientarse. Así fue: Argentina tuvo más propuestas que su rival, contó gran circulación de la pelota y con más situaciones que el conjunto escandinavo, pero durante los primeros 45 minutos la pelota no pudo entrar. Juan Pablo Sorín tuvo la oportunidad de abrir el marcador pero la igualdad continuó en la primera etapa. Para colmo, Claudio Caniggia se fue expulsado debido a los insultos al cuerpo arbitral. El 0-0 era un resultado que dejaba mejor ubicados a los europeos y el gol tenía que llegar si o si en el complemento. De lo contrario, Argentina se despediría rápidamente.

Pese a la supremacía argentina y la vocación ofensiva para buscar el ansiado gol, este se hizo presente pero en la vereda de enfrente. El fútbol tiene esas cosas y Suecia, en la primera chance neta que tuvo, no perdonó. Anders Svensson fue el encargado de ejecutar un tiro libre y a los 13 minutos, la pelota se metió en el arco defendido por Pablo Cavallero y la situación comenzaba a agravarse. El panorama se oscurecía y ahora necesitaban dos goles si querían clasificar a los octavos de final. Previamente, el equipo de Tommy Soderberg se inclinaba hacia una postura defensiva y con esta ventaja, esta postura sería aún mayor. Restaba alrededor de media hora y la necesidad de marcar dos goles era vital para seguir con vida.

Ante este panorama oscuro, el DT mandó a la cancha a Verón, Crespo y Cristian González en lugar de Sorín, Batistuta y Matías Almeyda, en busca de encontrar alguna mejora que nunca llegó. Se buscó e intentó penetrar las líneas defensivas de su rival, pero la eliminación estaba a la vuelta de la esquina, jugando con el nerviosismo de los jugadores. La ineficacia de Argentina dejaba con ese 0-1 injusto pero, que pudo modificarse sobre los minutos finales. Ariel Ortega fabricó un penal y el propio jujeño se encargó de patearlo. Magnus Hedman adivinó el remate, pero al dar el rebote, Crespo no perdonó y empardó el marcador en uno. Minuto 88 y quedaban algunos segundos para que ocurra el milagro.

La búsqueda siguió, llovieron centros y la actitud fue puramente ofensiva, pero nada se modificó. No hubo tiempo para más y tras el pitazo final del árbitro Ali Bujsaim, se decretó la temprana eliminación de Argentina. Las imágenes que se transmitían en aquel entonces eran un fiel reflejo de lo que había pasado. Jugadores cabizbajos, algunos tirados en el césped tomándose la cabeza, otros con lágrimas en los ojos. Esas mismas expectativas que se mantenían altas antes del inicio del Mundial, terminaron de destruirse en 270 minutos con un saldo de cuatro puntos que no fueron suficientes. Aquella selección que acostumbró a los fanáticos a estar en la fase eliminatoria fue protagonista de uno de los episodios más tristes de la historia. Un torneo totalmente diferente a lo esperado, y que pudo servir de ejemplo para que la historia no se repita nunca más.