Vilas y Clerc no pudieron frente a Estados Unidos en 1981, la famosa legión tampoco pudo en 2006 frente a Rusia o bien, con Del Potro entre sus filas, ante España en 2008 y 2011. Pero Zagreb fue distinta a todas. El rival no parecía invencible, y el as de espadas estaba de nuestro lado. Lejos quedaban las críticas, las complicadas clasificaciones frente a Polonia y a Italia, la historia gigantesca escrita ante Gran Bretaña. La pregunta que sobrevolaba la mente de todos era: ¿de que servía todo aquello si la Ensaladera volvía a escurriese entre nuestros dedos? O acaso alguien se olvida de la semifinal de 2008 ante Rusia, aquella victoria de Del Potro frente a Davydenko, o bien el eterno Nalbandian derrotando en un partidazo a Robin Soderling en los cuartos de aquel año. Pero de nada servía todo eso si el recuerdo que quedaba de aquellas ediciones eran las derrotas frente a España: la caída en Mar del Plata ante la mirada absorta de todo un país, o en Sevilla ante el imperdonable, intratable e histórico Rafael Nadal. Esa historia debía quedar en el pasado, ahora enfrente estaba Croacia con Marin Cilic a la cabeza, y el objetivo del equipo liderado por Orsanic era uno sólo: levantar por primera vez la Copa Davis.

El recuerdo de cada uno de los partidos es imborrable: Delbonis batallando con Cilic y la simpleza de Del Potro para barrer al gigante Karlovic inauguraban la serie. El sábado se perdía en el dobles y las cosas parecían complicarse, Cilic junto a Dodig limpiaban a Mayer y Del Potro. Pero la historia está a la vuelta de la esquina, siempre hay una lapicera con ganas de escribir un párrafo gigante en el deporte nacional, siempre se complican las cosas pero salen a flote, se entrega todo con el simple pero difícil objetivo de dejar el nombre de Argentina lo más alto posible. Eso hicieron estos muchachos hace un año.

Del Potro salía a la cancha el domingo con la obligación de ganarle a Cilic, por ese entonces Nº 6 del mundo. El croata, para agregarle dramatismo a la historia, ganaba los dos primeros sets y el fantasma de las finales perdidas parecía acercarse cada vez más. Sin embargo, el tandilense mostró toda su jerarquía, su fortaleza mental, su hambre de hazaña; pudo sacarse de encima el peso de las críticas que caían sobre su espalda desde aquella final perdida en 2008, logró dar vuelta el 0-2 e imponerse en el quinto set en un final que merece ser visto una y otra vez.

El último punto era para un jugador que también nació cerquita de Tandil, el azuleño Delbonis saltaba a la cancha para enfrentar al extraordinario sacador, y poco más, Ivo Karlovic. El partido fue palo a palo hasta el final, quebrar el saque era complicadísimo. Pero el argentino, que por aquel entonces ocupaba el puesto 41 del ranking, se impuso en tres sets y la euforia se desató en Zagreb.

En 2016, la historia y el tenis le sonreían de oreja a oreja con la mirada fija a nuestro país. Manos argentinos abrazaban ese gigantesco trofeo por primera vez después de tantos años y finales esquivas. Para muchos importará que haya sido Del Potro y no Nalbandian, Mayer y no Coria, Pella y no Gaudio, Delbonis y no Vilas, pero ¿acaso cambia en algo? El maleficio de las finales perdidas se cortó para siempre. Ya no habrá generaciones con la presión de ser los primeros en levantar ese trofeo que tantas veces nos gambeteó cuando pensamos que era nuestro. Del Potro, Delbonis, Pella, Mayer, Mónaco, Berlocq y Olivo, todos ellos jugaron en el transcurso de aquella Copa Davis, todos ellos junto a quienes apoyaban desde afuera lograron algo que el tenis argentino alcanzó pocas veces en su historia: que todo el pueblo empuñe la misma raqueta.