Las instalaciones del Club Marina da Gloria, en las aguas de la Bahía de Guanabara, fueron el escenario que consagró la carrera de un binomio que trepó a la cima del mundo con la conquista olímpica en la categoría Nacra 17 mixto de vela. Aunque la riqueza de esta historia es enorme, más allá de la faceta deportiva, dejó un relato de vida superador.

Se trató de un éxito compartido por un dúo que funcionó a la perfección durante cada una de las doce regatas y en la decisiva medal race que marcó la consagración. Por eso es injusto dibujar algunos matices separados: de un lado Santiago Lange y del otro Cecilia Carranza Saroli. La experiencia y la juventud. La leyenda y el legado.

Santiago, Cecilia y el hábitat natural de ambos: el agua. La dupla se disponía a hacer historia en la Bahía de Guanabara.

La etapa final, conocida como medal race, marcó el triunfo de la dupla sobre los australianos Jason Waterhouse y Lisa Darmanin, y los austríacos Thomas Zajac y Frank Tanja, superando a ambos equipos por sólo un punto de penalidad, parámetro con el que se elabora la clasificación general.

Es injusto para Cecilia, pero sin lugar a dudas las líneas más dramáticas, primero, pero reconfortantes, después, estarán dedicadas al oriundo de San Isidro y lo que representó el momento en el que esa presea dorada cayó sobre su pecho. Con 54 años a cuestas, y siete Juegos Olímpicos en su currículum, donde había alcanzado el bronce en Atenas 2004 y Beijing 2008 -junto a Carlos Espínola en la clase Tornado- el sueño se concretaba contra todo pronóstico.

Hacía menos de un año, puntualmente el 22 de septiembre de 2015, este regatista y arquitecto naval, uno de los máximos exponentes del deporte argentino en toda su historia, se sometía a una intervención quirúrgica para superar un cáncer de pulmón. El cumpleaños número 54 daba lugar a un renacer que sólo él logró configurar merced a una fuerza de voluntad sin igual.

Está claro que el éxito deportivo llegó tarde para Lange, pero el verdadero, donde se brindó para sacar la cara ante la adversidad, ya estaba en su poder antes de meterse en las contaminadas aguas que Yago y Klaus, sus hijos, surcaron hasta alcanzar la embarcación vencedora.

A su lado, en la tabla que sirvió de casa y refugio en los días de agobiante entrenamiento, se encuentra una rosarina que experimenta desde chica la misma pasión por los barcos, y la incertidumbre sobre la que éstas descansan, pese a que un cuarto de siglo los separa generacionalmente.

Con el ramo en mano y el himno de fondo la decisión de dejar atrás la clase Laser Radial, donde obtuvo la medalla dorada en los Juegos Panamericanos de Guadalajara en 2011, lucirá desde aquí más acertada que nunca.

La alegría descontrolada: la medalla dorada estaba en manos de la pareja argentina.

La sonrisa y las lágrimas de papá Francisco y mamá Liliana, quienes repartieron remeras blancas con la bandera argentina cruzándole el pecho y la leyenda Ceci y Santi en celeste, conforman otra de las postales a medidas que lentamente cae la tarde de ese martes.

En el muelle y el mar, en el barco y fuera de él, una de las postales albicelestes que entregó Río 2016 dice adiós, mientras que las crónicas ya comienzan a escribirse para darle paso a una jornada que se ganó la perpetuidad deportiva. Como si todo eso fuera poco, como buenos peleadores que son Lange y Carranza, hace días se ganaron el derecho de tomar su lugar de salida en Tokio. Del otro lado del mundo llevarán las mismas ilusiones que dejó aquella jornada de hace dos años atrás.

El resumen de la jornada final:

El podio:

Por Maximiliano Santini.