De cara al partido más importante del año Jürgen Klopp configuró un equipo cuasi ideal debido a la ausencia de Roberto Firmino debido a una molestia muscular. La falta de recambio de calidad lo obligó a apostar por una estrategia diferente: planteó un 4-4-2 que se convirtió en un 3-4-3 en cada uno de los ataques, oficiando el volante central holandés Giorgino Wijnaldum como una especie de falso nueve y el central Joe Gomez como lateral derecho ¿Cuál fue el sentido de intentar esta anomalía en su habitual pizarra táctica? Que Fabinho y Naby Keita controlasen el mediocampo a puro músculo, permitiéndole a James Milner posicionarse como segundo lateral derecho para controlar las subidas de Jordi Alba y, consecuentemente, a Andrew Robertson jugar casi como un extremo izquierdo bis; también el poder darle una referencia fantasmagórica a Sadio Mané y Mohamed Salah que jugaron sueltos en tres cuartos de cancha.

Lo planteado por Ernesto Valverde no se salió mucho de lo habitual, aunque con un pequeño retoque: su 4-4-2 clásico tuvo a Arturo Vidal como volante exterior derecho y al más posicional y menos explosivo Sergi Roberto como lateral por ese mismo sector, quedando Ivan Rakitic con la tarea de ser el escudero de Sergio Busquets y el volador Jordi Alba con la libertad para sumarse al ataque como un delantero más. Como es costumbre, Lionel Messi y Luis Suárez contaron con libertad absoluta de movimiento, aunque por la naturaleza del encuentro, el astro argentino supo de entrada que iba a tener que recostarse un poco más sobre el mediocampo para poder aportar calma y posesión en los momentos más ríspidos.

Como era de esperarse, el partido comenzó con muchísima intensidad hacia ambos lados del mostrador, quedando los mediocampos prácticamente anulados por la fricción y verticalidad puras. En medio de toda esa electricidad, el Barcelona se mostró un poco más pensante: Lionel Messi presionó sin cesar en toda la zona de ataque, Vidal y Rakitic se plantaron muy bien en el círculo central y Busquets fue muy importante para generar breves momentos de descanso.

El dominio de la pelota estuvo repartido, pero fueron los de Valverde los que mostraron mayor profundidad y claridad en los avances. Todo a pesar de la muy buena marca (rotativa) escalonada que Klopp planificó para evitar que un Messi más centralizado pudiese controlar la pelota y girar con tranquilidad. Llegando al primer cuarto de hora, el partido encontró su descripción gráfica: primero, Alba rompió por la banda, centró atrás para Messi y Matip llegó con lo justo a controlar al número diez; la respuesta fue automática, ya que Salah condujo a toda velocidad, dejó atrás a casi todos como si fuesen palotes y Lenglet cortó en la medialuna con lo justo su pase filtrado para un Mané que ingresaba al área ya relamiéndose.

Como mencionamos, Messi se tiró continuamente de la derecha hacia el andarivel central, dejando a Coutinho como segundo delantero. De esta manera, atrajo a la mayoría de los rivales en cada avance, pues los ingleses estaban dispuestos a liberar marcas con tal de anular a la amenaza mayor. La temprana salida de Keita debido a una lesión en el aductor obligó a Milner a posicionarse sobre la izquierda para dejarle la derecha a un menos combativo Jordan Henderson.

Mientras Robertson destruía junto a Mané por la derecha a Sergi Roberto, Vidal oficiaba de bombero por ese mismo sector y planteaba el interrogante de por qué se insiste con colocar un volante mixto sin mucho ida y vuelta como defensor externo. Interrogante que no importaría demasiado en los minutos posteriores, ya que llegando a la media hora, el ex Bayern Munich cambió de frente a la perfección para Jordi Alba, el lateral engañó a sus marcadores a pura velocidad, lanzó un centro rasante y Suárez anticipó a Van Dijk con absoluto oficio y simpleza para poner el 1-0 ante la mirada enojada de Alisson.

Una jugada con el sello clásico del Barcelona, uno que nunca abandona sin importar los cambios de entrenador. A puro carácter, marca de agua de Ernesto Valverde, los catalanes mostraron los dientes y descansaron ante la evidente incapacidad del rival para aprovechar los notables desbordes de un Robertson prendido fuego. Si algo hicieron bien Mané y Salah en la primera mitad, fue lanzar diagonales incesantemente, desperdiciando una ocasión clarísima –tras un envío largo exquisito de Henderson– el senegalés ante un Ter Stegen ya resignado. Al filo del descanso, Lionel Messi mostró toda su espalda aguantando la pelota bien cerca de su área, permitiéndole a sus compañeros acomodarse en medio del vendaval rojo.

Para la segunda mitad, el Liverpool no disminuyó ni un poco la intensidad y entregó uno de los momentos futbolísticos más ricos de la temporada. Montado sobre un 3-4-3 furioso, habilitado por Gómez que ofició de tercer central, sometió como pocos al Barcelona durante casi media hora y obligó a Ter Stegen a demostrar por qué es el mejor arquero del mundo: la única razón por la que los ingleses no igualaron fue por sus notables atajadas ante un disparo a quemarropa de Milner y un (muy) picante tiro cruzado de Salah desde el borde del área.

Los de Valverde no se desesperaron, aguardando con paciencia para contragolpear, sin salir a buscar a Matip o a Van Dijk cada vez que trasladaban con ímpetu hasta el mediocampo, sin morder el anzuelo. Más allá de estos aciertos, por momentos recordaron al flojísimo Chelsea de Di Matteo en aquella injusta semifinal de la 2012/13 por su incapacidad para salir del asedio. Una nueva tapada del portero alemán ante un bombazo de Milner finalizó con veinte minutos de locura en el Camp Nou que no pudieron ser capitalizados por los británicos debido a la falta de un delantero centro real.

Recordando aquel cambio vital en el 5-1 contra el Real Madrid de Julen Lopetegui, Valverde hizo ingresar a Nelson Semedo en lugar de un gris Coutinho: Sergi Roberto se colocó como exterior derecho, reforzando el ataque y la defensa por la derecha en un solo movimiento. Pero más allá de algún ataque aislado, se le hizo difícil al local escapar a la presión constante del Liverpool, consiguiendo aire solo en los momentos en los que Busquets podía hacerse de la pelota como mediocentro clásico.

La mesa estaba servida, pero la dinámica de lo impensado atacó nuevamente: una proyección aislada de Roberto tras un error del mediocampo visitante derivó en una corrida de Suárez, un disparo que se estrelló en el travesaño y el toque suave de un Messi hacia el fondo del arco ante la mirada pasiva de Van Dijk y Matip y con el 2-0 liquidar moralmente el encuentro. El argentino volvió a estar en su zona, liderando una serie de avances peligrosos que fueron respondidos con el tardío ingreso del disminuido Roberto Firmino.

Claro que todavía quedaba mucho por delante: una infracción simple de Fabinho terminó en un tiro libre ejecutado de forma impresionante por Messi que ingresó en el ángulo izquierdo con una facilidad espeluznante. Era el 3-0 y el gol número 600 en el Barcelona para el diez, que lo festejó bajo una montaña de compañeros y sonriéndole desde el piso a la tribuna mientras se golpeaba el escudo repetidas veces. La serie no estaba cerrada, un gol de los de Klopp hubiese dejado algo de incertidumbre, pero Salah chocó contra el palo casi sin oposición, Henderson vio su cabezazo ser salvado en la línea por Semedo y Firmino fue víctima de la ocasión fortuita del año con otro lanzamiento de cabeza despejado antes de su ingreso al arco.

Arturo Vidal demostró que Valverde tuvo razón en ponerlo como titular: inició las jugadas de los dos primeros goles, lideró la resistencia permanente cubriendo a toda la defensa, cruzó sobre el cierre a Mané cuando ya salía a festejar dentro del área y mostró que no es tarde para decir que es uno de los tres mejores volantes mixtos, no ya de los últimos 20 años –algo que es una realidad hace rato– sino de la actualidad. Los ingresos de Carles Aleñá y Ousmane Dembelé antes de los cinco minutos de adición hubiesen sido una anécdota de no haber errado inexplicablemente el francés dos ocasiones clarísimas que hubiesen dejado la serie ya en plena procesión funeraria para los ingleses.

El Liverpool tiene remotas posibilidades de dar vuelta la historia la semana que viene en su casa, pero lo cierto es que habiendo jugado uno de los mejores encuentros de la temporada en general y de la era Klopp en particular, perdió por goleada ante un sólido e inteligente Barcelona que demostró estar mucho más acostumbrado en esta última década a disputar este tipo de encuentros decisivos. Orden, lucha y eficacia fueron los tres factores clave para el equipo de Ernesto Valverde, siendo su diferencial nuclear –una vez más– un Lionel Messi que hace tiempo quebró y reformó los límites de lo imposible.