Hasta el momento, el segundo año de Ernesto Valverde a cargo del F.C Barcelona es un completo éxito. Más allá de todavía no haber podido resolver algunos problemas estratégico-tácticos que se arrastran desde el final de la “Era Pep Guardiola”, lo cierto es que ha ganado dos ligas consecutivas de punta a punta, se encuentra al borde de ganar su segunda Copa del Rey en fila, buscará más pronto que tarde el doblete en la Supercopa de España y espera con ansias la semifinal de la UEFA Champions League ante el Liverpool de Jürgen Klopp.

Partiendo desde la sencillez absoluta, de una humildad que no es falsa, Valverde logró ganarse a una plantilla siempre complicada debido al peso específico de la mayoría de sus nombres. Su manejo de la intempestiva salida de Neymar Jr. –quien había sido la figura excluyente de la temporada final de Luis Enrique– y su honestidad brutal a la hora de analizar las falencias tácticas del equipo, fueron suficientes para recibir el apoyo absoluto de Lionel Messi, Luis Suárez, Gerard Piqué, Jordi Alba y Sergio Busquets. Esta tendencia se acrecentó con la creación de un ambiente tan serio como agradable y con la demostración de una sapiencia futbolística que va mucho más allá del gesto o de las palabras: si hay algo que le elogian los referentes es su inteligencia para gestionar los esfuerzos individuales y su flexibilidad ideológico-táctica en lo que se refiere a la forma de afrontar cada uno de los partidos.

Los datos son demoledores: entre las dos ligas que obtuvo el Barcelona bajo su comando, solamente perdió tres encuentros (Leganés, Betis y Levante) y estuvo “lejos” de la cima en nada más que seis partidos. A estos números hay que agregarle el hecho de que tiene elevadísimas posibilidades de convertirse en el entrenador que lleve al cuadro catalán a su tercer triplete –los anteriores con Pep Guardiola en la 09/10 y con Luis Enrique en la 14/15– en un período de diez años, una gesta deportiva sin precedentes en el fútbol moderno.

¿Qué fue lo que Ernesto Valverde le dio a este Barcelona desde su llegada hasta el día de hoy?

  1. Para responder, hay que comenzar por la palabra “solidez”, ya que su obligación tras la venta de Neymar Jr. al Paris Saint Germain fue la de encontrar la manera de respaldar a sus dos grandes estrellas para que no se viesen obligados a perder tiempo retrocediendo varios metros en busca de la pelota. Sin escaparle a la esencia del toque en corto y en velocidad para generar espacios, el nuevo entrenador apostó al 4-4-2 como base para poder balancear los tres sectores de la cancha e hizo de la reducción de los posibles daños el elemento principal (aún antes que la propia idea misma de juego) de su minuciosa estrategia.
  2. Su primera versión de este 4-4-2 tuvo a Andrés Iniesta y a Iván Rakitic oficiando de falsos exteriores (obligado el segundo tras la temprana lesión de Ousmane Dembelé), aprovechando al máximo la amplitud que proveían Jordi Alba y Nelson Semedo/Sergi Roberto por las bandas. El bien recordado Paulinho ofició de escudero para un Sergio Busquets que jugó casi todo ese año metido entre los centrales para realizar la salida lo más limpia posible. Lionel Messi quedó liberado de toda responsabilidad defensiva, suelto casi como enlace en tres cuartos de cancha, con Luis Suárez ocupando el ancho del área a pura movilidad y lucha.
  3. El retiro de Iniesta, la salida de Paulinho, la recuperación de Dembelé y la posterior llegada de Philippe Coutinho fueron el problema con el que Valverde tuvo que luchar durante el comienzo de esta temporada. No tardó demasiado en resolverlo, ya que al ampliar notablemente la plantilla –llegaron Malcom, Clément Lenglet, Jean-Clair Todibo, Arturo Vidal, Kevin-Prince Boateng, Jeison Murillo, Arthur Melo y se sumaron al primer equipo los juveniles Moussa Wague, Carles Aleñá y Riqui Puig– pudo gestionar los recursos de mejor forma para conseguir un equipo más dinámico que llegó con mucho más aire y piernas al sprint final. A pesar de no deslumbrar ni mucho menos, la versión actual del Barcelona se muestra capaz de controlar los momentos más complicados de cualquier partido y de lograr dar el golpe siempre en el momento justo. Y si esto no sucede colectivamente, siempre se puede echar mano a lo que haga un Lionel Messi que ha envejecido tan bien como un vino de calidad: muy enfocado, pensante como enganche y letal como delantero, prácticamente ya sin récords por quebrar a esta altura de las cosas.
  4. En estos momentos, la formación inicial oscila entre el 4-4-2, el 4-2-3-1 y el 3-5-2, siendo elogiable el hecho de que Valverde haya podido administrar con inteligencia los momentos de sus jugadores. El dibujo en movimiento es claro: con la pelota, Busquets se convierte en libero para que Sergi Roberto y Jordi Alba pasen a ser extremos, permitiendo a Rakitic acercarse a Messi en la zona creativa mientras Arthur y Piqué resguardan sus espaldas y liberan a Coutinho/Dembelé para que merodee en la zona de golpeo; en retroceso, los laterales retoman su posición inicial en el fondo y el ariete brasileño completa una línea de cuatro volantes que no deja nunca de presionar alto para que sus dos estrellas aprovechen la segunda pelota con la defensa rival a contramano.
  5. Tal vez el punto más importante de todo lo mencionado sea la libertad que el director técnico le ha entregado a Lionel Messi. Si bien es cierto que en la época de la MSN, el argentino ya contaba con bastante libre albedrío en cuanto al posicionamiento, en este ciclo ha encontrado mayor apoyo por parte del mediocampo y ha estado menos urgido a retroceder para encontrarse con la pelota. No se trata de generarle juego a Messi para que liquide al rival en los metros finales, sino de ser un poco más directos en la salida y dejarle, al mismo tiempo, la generación y la estocada final al diez de cara al arco rival sin que haya tenido que desgastarse en los pasos previos.

De cara a la final de la Copa del Rey ante el Valencia y –sobre todo– las semifinales de la Champions League frente al Liverpool, el Barcelona tendrá que corregir algunos de sus (pocos) persistentes vicios. La velocidad a la hora de las coberturas en la defensa fue solventada por la velocidad e inteligencia de Lenglet, complemento ideal para un Piqué siempre sólido pero ya sin tanto recorrido, pero todavía queda la tarea de resolver el problema de las pérdidas en el mediocampo durante la transición al ataque. Arthur y Rakitic no han mostrado una saludable capacidad de volver sobre sus pasos en ese tipo de acciones, quedando un ya no tan ágil Busquets demasiado expuesto cuando el rival consigue superioridad numérica en el centro del campo. Tarea que Ernesto Valverde y su equipo técnico probablemente ya estén intentando resolver hace varias semanas, con la certeza de que a veces el convencimiento y la gloria poco tienen que ver con los ademanes para la tribuna, sino más bien con el hecho de poder cambiar sobre la marcha todas las veces que sea necesario.