Cuando Maurizio Sarri llegó al Napoli hace tres temporadas, muy pocos creyeron en él. Un entrenador que había desarrollado su carrera mayoritariamente en el amateurismo de su país -mientras trabajaba en un puesto jerárquico de un banco- y que había saltado a los primeros planos luego de lograr que el Empoli ascendiese a la Serie A y mantuviese la categoría mostrando un juego vistoso y agresivo.

El mismísimo Diego Maradona descalificó su contratación alegando no saber quien era, pero en el camino terminaría rindiéndose a los pies de otro hijo pródigo de Nápoles. Fumador compulsivo, dueño de un carácter tan aguerrido y frontal como el estilo de sus equipos y poco atado a las modas del momento, Sarri logró enamorar a todo el mundo con un trabajo verdaderamente notable que hizo del club napolitano un habitué en la fase final de la Champions League y que lo dejó durante dos años consecutivos a las puertas de un histórico título en la Serie A.

Su desembarcó en el Chelsea tras la salida de Antonio Conte -dueño de un estilo mucho más pragmático y contragolpeador- generó mucho entusiasmo entre los aficionados de los Blues. La instantánea contratación de Jorginho, eje del juego en el Napoli, hizo entender que el italiano buscaría llevar su ya famoso estilo denominado “Sarri-Ball” a Stamford Bridge, derivando ello en la pregunta de si era posible replicar lo hecho en su país en la liga más tenaz y competitiva del mundo.

Sosteniendo la gran mayoría del plantel, Sarri estaba ante el desafío de transmitir su idea de juego a un vestuario que había finalizado el ciclo anterior en conflicto con el entrenador. Lo cierto es que lo hecho en el Napoli le permitía ser optimista. ¿Qué puntos principales tuvo aquel equipo que estuvo al borde de interrumpir siete años de dominio de la Juventus?

Básicamente el Napoli hizo de la verticalidad y la posesión una ley que se aplicó a la perfección tanto en ataque como en defensa. Para los avances: presión alta constante de la mano de un 2-1-4-3 para recuperar el balón rápido y operar con la retención justa y necesaria del mismo. Los movimientos iniciaban siempre por lo bajo con la salida de Koulibaly y el toque corto y largo de Jorginho -el eje para ir abriendo el campo a pura velocidad- buscando crear espacios para que Insigne, Jorginho y Hamsik lanzasen pases a espaldas de los centrales, siempre aprovechados por el trío Ghoulam-Mertens-Callejón.

En el retroceso buscó solidez con un 4-5-1 rígido, pero fue en ese área donde tal vez donde mostró mayores falencias. Sufrió mucho ante rivales abiertos y frontales (y hasta con algunos contragolpeadores) debido a la -asumida- poca aplicación defensiva de Jorginho, a la soledad que por momentos experimentó Allan como único marcador en el mediocampo y al hecho de jugar con los laterales tan arriba. Lo que se dice, la consecuencia de asumir riesgos, algo que siempre estuvo dentro de los planes de este intrépido entrenador.

¿Qué de todo esto se vio en los primeros encuentros del Chelsea en esta temporada? Para fortuna de Sarri, el mensaje fue captado al instante por los jugadores, que también tomaron con alegría algunas modificaciones tácticas y posicionales clave. A saber: el paso de un 3-4-3 rígido a un 4-3-3 flexible, el uso de David Luiz como primer pase desde el portero Kepa Arrizabalaga, el posicionamiento de Kanté como interior tanto para sumarse al ataque como para cubrirle la espalda a su regista Jorginho (el mismo rol que cumplía el revulsivo y habilidoso Allan en Nápoles), la alternancia entre Barkley y Kovacic en el sector izquierdo del mediocampo, la libertad de Willian, Pedro y Hazard partiendo como extremos, la no dependencia de un delantero centro y el regreso de Azpilicueta al lateral derecho.

De los cuatro encuentros disputados, el único en el que los Blues no pasaron sobresaltos fue el 3-0 inaugural ante el Huddersfield. En las victorias por la mínima frente al Newcastle, Arsenal y Bournemouth supo mostrar las mismas virtudes que en su estreno, pero también algunas fallas que podrían limitar el conteo de puntos cuando empiecen a llegar los rivales de mayor peso específico.

Como era de esperarse, lo mejor en esos partidos -todos ante rivales muy cerrados, sobre todo el Newcastle que plantó cinco defensores- llegó en ataque: la conexión entre un notable Marcos Alonso, Barkley/Kovacic y Pedro por izquierda fue excelente y fluida, David Luiz se mostró sólido para llevar la pelota hasta el mediocampo, Jorginho brilló con su precisión en los pases y sirvió como eje para todos sus compañeros, Kanté probó tener grandes cualidades ofensivas además de su reconocida capacidad destructiva en el círculo central, Azpilicueta fue un misil por la banda derecha y Eden Hazard mandó un mensaje -aún entrando desde el banco tras regresar del mundial- con un nivel superlativo y decisivo en cada partido.

¿Qué fue lo que quedó en el debe? La capacidad para generar desmarques en los metros finales, la imposibilidad de por momentos escapar a la presión del rival en campo propio (más que nada ante el Arsenal, que explotó su flojo retroceso con contragolpes letales), la mejora en las coberturas para Jorginho (algo que se espera suceda con Kovacic en el de volantes) y el tema del lento regreso de los laterales -más que nada de Marcos Alonso- quienes confirmaron su rol esencial en ataque, pero todavía tienen que acoplarse mejor al 4-5-1 en defensa.

Doce puntos sobre la misma cantidad en juego son el excelente saldo del Chelsea tras los primeros cuatro encuentros. El ídolo napolitano ha dado sus primeros pasos con seguridad, convenciendo a sus dirigidos y logrando que el equipo muestre señales más que positivas en lo que refiere a la internalización de conceptos. Queda mucho por delante, sobre todo tiempo para seguir ajustando tuercas, quedando la incógnita de cómo será la respuesta del conjunto londinense ante tres candidatos como el Liverpool, el Tottenham Hotspur y el Manchester City. Por el momento, es imposible no sonreír ante la certeza de que Maurizio Sarri se sigue mostrando como un hombre capaz de realizar una revolución tras otra.