Si al analizar el partido de ida de semifinales de la UEFA Champions League entre el Barcelona y el Liverpool nos habíamos detenido en el hecho de que el resultado (3-0 en favor de los catalanes) era por completo exagerado y que se justificaba más que nada en la capacidad de Lionel Messi para quebrar los límites de lo imposible, resulta difícil no comenzar esta columna diciendo que el 4-0 obtenido por el cuadro inglés en Anfield Road es una de las gestas futbolísticas más valientes, vistosas y justas que se hayan vivido en los últimos cincuenta años.

Ya sabiendo con varios días de anticipación que no podría contar con dos nombres de peso absoluto como Roberto Firmino (todavía con molestias) y Mohamed Salah (no se recuperó del golpe sufrido el fin de semana), Jürgen Klopp utilizó la misma base que había caído en el Camp Nou pero con significativas correcciones que buscaban solucionar las carencias del partido anterior: Alisson; Trent Alexander-Arnold, Joel Matip, Virgil Van Dijk, Andrew Robertson; Jordan Henderson, Fabinho, James Milner; Xerdan Shaqiri, Divock Origi y Sadio Mané. El joven Alexander-Arnold regresó para formar una línea de cuatro real y darle profundidad al equipo por las dos bandas; esto le permitió configurar un mediocampo de tres hombres con Henderson y Milner como interiores puros y Fabinho como mediocentro de marca clásico; Shaqiri tomó el lugar de Salah por la derecha y –esta vez sin inventos– el intermitente Origi ocupó la posición de centrodelantero.

Del otro lado, Ernesto Valverde decidió repetir equipo aún a sabiendas de que el Liverpool propondría algo muy similar. Tener la plantilla por completo descansada  –lo contrario a los ingleses, que pelean mano a mano el título con el Manchester City en la Premier League– parecía una ventaja comparativa grande para un equipo que salió con un 4-4-2 imaginado para la lucha y la tenencia de balón: Ter Stegen; Sergi Roberto, Gerard Piqué, Clement Lenglet, Jordi Alba; Arturo Vidal, Sergio Busquets, Ivan Rakitic, Philippe Coutinho; Lionel Messi y Luis Suárez. No había demasiados secretos, aunque resultaron llamativas la insistencia con Roberto como lateral por la derecha, la posición de Vidal más tirado sobre la banda y la ausencia de un jugador con ida y vuelta constante como Malcom por ese mismo sector.

Los primeros quince minutos fueron una réplica exacta de lo sucedido hace una semana, pero con el detalle de que el Liverpool encontró el primer gol velozmente luego de un error forzado de Jordi Alba, un disparo de Henderson (mal) tapado por Ter Stegen y un toque oportuno de Origi al fondo de la red. Siete minutos de juego, la ventaja soñada y un estadio prendido fuego, tres factores que presagiaban lo peor para un Barcelona que todavía estaba tratando de acomodarse en el partido.

La presión total de los Reds hizo mella velozmente en su contrincante, quedando muy expuesto un mediocampo lento y previsible, que no pudo ni refugiarse en la posesión ni combatir la presión altísima de un trío de volantes tan combativos como técnicos. Volviendo a repetir la forma de aquellos 25 minutos de asedio total en el Camp Nou, los de Klopp aislaron a Messi de sus compañeros con mucha facilidad y mostraron absoluta decisión a la hora de avanzar en malón sobre los dominios de un Ter Stegen que se vistió de bombero dos veces ante las dudas de un Sergi Roberto por completo impreciso y superado por las circunstancias.

Si hubo algo –tal vez lo único– positivo por parte de Valverde fue el emparejar a Vidal con Milner. Más allá del dominio del mediocampo establecido por Fabinho, el chileno logró apaciguar un poco las aguas y colocó al Barcelona a tiro del empate: Alisson salvó ante un disparo a quemarropa de Messi luego de un centro atrás de Coutinho, jugada que estuvo marcada por el posicionamiento del argentino como un mediapunta definido por delante de Suárez y el extremo brasileño.

El contragolpe fue la única faceta del juego en la que los culés se sintieron relativamente cómodos, facilitado ello por la necesidad de un Liverpool que nunca dejó de atacar pero que al mismo tiempo entendió que tenía que regular el aire (“defenderse con la pelota en sus pies”) para no quedar tan expuesto a la voracidad de la dupla ofensiva rival como en la ida. Mientras Lenglet y Piqué rechazaban todos los envíos por lo alto y lo bajo que caían sobre el área, Robertson volvía a mostrarse como un torpedo nuclear de absoluta eficacia, reabriendo la grieta por un costado derecho por completo perdido para el visitante.

Los pulmones, las piernas y la determinación de Vidal fueron clave para contener en los minutos finales del primer tiempo al local, pero el sacrificio terminaría siendo letal para su rendimiento en el complemento. Casi como un espejismo, sobre la chicharra, dos apariciones de Lionel Messi en sendos contragolpes –un disparo que se fue apenas ancho y una habilitación entrelíneas notable para Jordi Alba, que no pudo ante Alisson– casi liquidan una serie que seguía abierta y que significaba un riesgo para un Barcelona que buscaba escaparle al fatal destino con débiles destellos de la escuela holandesa.

El vertiginoso comienzo de la segunda mitad fue ideal para un Liverpool que monopolizó la pelota y se mostró físicamente completo, siendo el ingreso de Georgino Wijnaldum en lugar de Robertson un hecho clave para configurar un 3-4-3 hecho para demoler cualquier tipo de resistencia. Siguiendo la lógica, los dos porteros se lucieron: Ter Stegen mostró su habilidad ante un cabezazo imposible de Van Dijk y Alisson le cerró el ángulo a Suárez luego de otro pase prodigioso de un Messi cada vez más frustrado.

El partido no era favorable para los catalanes, pero nadie imaginó que todo cambiaría en apenas dos minutos: posicionado como una especie de enlace a la antigua, Wijnaldum convirtió dos golazos de arremetida –uno con un remate bajo tras centro de Arnold y otro con un gran cabezazo desde el punto penalti– para hacer delirar a Anfield y dejar el partido 3-0 con más de media hora por delante.

Confundido, aturdido, sin piernas y sin alma, mostrando una tibieza insólita, el Barcelona siguió metido atrás mientras su enemigo lo seguía sometiendo en todos los sectores de la cancha con un nivel muy alto de presión y recuperación. Un control brutal y pensante al mismo tiempo, potenciado por el hecho de que Vidal se quedó sin más energía y por un Rakitic que hace largo rato viene jugando solamente por el apellido.

La variante de Nelson Semedo por Coutinho no surtió el mismo efecto que en el partido anterior, acoplándose el lateral portugués a una resistencia ineficiente que dejaba a los blaugranas al borde de una goleada histórica. Los veloces y consistentes movimientos de los volantes del cuadro de Klopp abrieron aún más grietas, dato que es clave para entender la superioridad global del Liverpool en ese sector a lo largo de los 180 minutos.

Valverde cometió otro grave error al meter a Arthur en lugar de Vidal, pues la intensidad –y no la posesión– era lo evidentemente relevante en un cierre que mostró a su equipo aún más lento e inconexo que en el resto del partido. Una sensacional avivada de Alexander-Arnold, ejecutando lícitamente un tiro de esquina mientras toda la defensa del Barcelona estaba pensando en otro partido, derivó en el 4-0: Origi aprovechó a la perfección una de las mejores pegadas de la actualidad, anticipando a un Piqué muy cansino y a un Ter Stegen distraído, generando la explosión definitiva de una hinchada que no podía creer lo que estaba viviendo.

El ingreso de Malcom para encontrar algún contragolpe milagroso llegó noventa minutos tarde, terminando el encuentro con una clasificación histórica para un Liverpool que superó táctica, estratégica, física y espiritualmente a un Barcelona que deberá replantearse muchas cosas de cara al futuro. Segundo fiasco en fila para los culés, quedando apenas Ter Stegen, Lionel Messi y Arturo Vidal salvados del, tal vez, peor incendio de toda su historia si se tienen en cuenta las circunstancias en las que llegaba a este partido. Del otro lado, todo es felicidad, ya que de la mano de Jürgen Klopp los Reds han llegado a su segunda final de Champions League consecutiva: una actuación que marcará a fuego al club británico hasta el final de los tiempos y que los consolida como el gran candidato –tanto por ejecución como por convencimiento– a levantar la orejona dentro de dos semanas en el Wanda Metropolitano.