Este sábado, Real Madrid y Juventus jugarán la segunda final del profesionalismo entre ambos para definir al mejor de Europa en el marco de la UEFA Champions League. Todos los ojos estarán posados en lo que hagan Cristiano Ronaldo, Gareth Bale, Paulo Dybala, Gonzalo Higuaín, entre otros. Pero hay otra historia, una añeja, que con esta definición ha vuelto a tomar vuelo. Aquella que cuenta lo que sucedió el 20 de mayo de 1998, cuando se vieron las caras en el Amsterdam Arena, cuando el Merengue comenzó a escribir una página dorada en la Era Moderna del fútbol.

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El equipo blanco llegaba con un lastre de 32 años sin alegrías. Era necesario dejar atrás las gestas de Di Stéfano, Puskas y compañía. Que las imágenes no se pasarán más en blanco y negro: la gente procuraba festejar, volver a sentirse fuerte.

A su rival le pasaba algo similar. Aparecía por tercer año seguido en una definición de Champions, con resultado dispar: victoria por penales ante Ajax en 1996; derrota frente a Borussia Dortmund en 1997. Y esa herida no había sanado, como contaba el ídolo bianconero Alessandro Del Piero: “No pienso perder esta vez. Todavía no me he recuperado de la final del año pasado”. En esta ocasión, Dinamo Kiev y Mónaco fueron los escollos previos para arribar a la definición.

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Real Madrid tenía graves problemas internos, más allá de superar en cuartos y semifinales con relativa facilidad a Bayer Leverkusen y Borussia Dortmund, el campeón reinante. El técnico alemán Jupp Heynckes llegaba muy discutido por un vestuario con jugadores de la talla de Hierro, Sanchis y Raúl, que lo consumía a tal punto que en la semana previa puso su renuncia a disposición del presidente Lorenzo Sanz.

Ante 51 mil espectadores, aquel 20 de mayo cambió la historia de Real Madrid. Illgner; Panucci, Sanchis, Hierro, Roberto Carlos; Redondo, Karembeu, Seedorf; Raúl, Morientes y Mijatovic fueron los 11 leones vestidos de blanco que salieron a comerse al poderoso Juventus, que contrarrestaba con Peruzzi; Torricelli, Montero, Iuliano, Di Livio, Pessotto; Deschamps, Davids, Zidane; Inzaghi y Del Piero. 

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En una final de dientes apretados, la explosión se dio a los 20 minutos del segundo tiempo: Mijatovic, aquel que terminaría siendo el goleador del equipo, recibió un remate mordido de Roberto Carlos, con un movimiento digno de una gacela desparramó a Peruzzi y desató la locura en gran parte de Madrid. Con eso alcanzó. No importó que Juventus tuviera veinticinco minutos para lograr el empate, con una defensa inexpugnable liderada por Hierro y Sanchis era imposible soñar con una epopeya. Y el Merengue se permitió el festejo y aquellas épicas de Di Stéfano y Puskas ya no fueron la referencia, más allá de que serán eternas. En aquel momento, todo el mundo quería ser Mijatovic. “En estos momentos soy el hombre más feliz del mundo. No hay dinero que pueda pagar esto. En veinte segundos he recordado todos los momentos bonitos de mi vida”, declaró luego el montenegrino.

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El destino los vuelve a juntar 19 años después. Ya no están Hierro, Zidane (no como jugador, al menos), Del Piero ni Raúl, pero la herencia y el proseguir con el prestigio será tarea de Ronaldo, Benzema, Higuaín o Dybala. Cualquiera querrá sentirse Mijatovic por unos segundos, aunque podrán pasar los años y los jugadores –como reza ese viejo axioma-, pero el honor no se pierde nunca.