Luego de una durísima derrota ante una Colombia superlativa, un empate inmerecido ante un Paraguay al que le alcanzó con tapar los espacios en el medio y presionar por los costados y una victoria muy deslucida y liviana ante un Qatar que supo complicar durante varios tramos del encuentro, la Argentina de Lionel Scaloni necesitaba dar un golpe sobre la mesa contra una Venezuela que llegaba sin sus dos centrales titulares a un partido decisivo.

Los cambios implementados por el seleccionador argentino fueron tanto en lo táctico como en los nombres: Franco Armani; Juan Foyth, Germán Pezzella, Nicolás Otamendi, Nicolás Tagliafico; Rodrigo De Paul, Leandro Paredes, Marcos Acuña; Lionel Messi; Lautaro Martínez y Sergio Agüero. Un 4-3-1-2 más combativo que apoyado en el juego prolijo, hecho para presionar por las bandas de forma incesante con el tándem Acuña-Tagliafico por la izquierda y De Paul por la derecha con el apoyo de Foyth un poco más retrasado, intentando que Messi sea un enlace bien marcado para poder esquivar la marca pegajosa que le suelen poner encima

Del otro lado, Gustavo Dudamel buscó equilibrar la balanza entre la faceta más combativa de su muy buen equipo y la que apuesta más a la constante presión alta: Wilker Fariñez; Ronald Hernández, Jhon Chancellor, Luis Mago, Roberto Rosales; Junior Moreno; Jhon Murillo, Tomás Rincón, Yangel Herrera, Darwin Machís; Salomón Rondón. El 4-1-4-1 fue engañoso, pues alternaría en los momentos de mayor vértigo entre un 4-2-3-1 y un 4-1-2-3, siempre buscando hacer que el tránsito fuese lento en el mediocampo, muy acelerado por los costados y utilizando a su nueve de área como topadora para quebrar la línea de fondo.

La primera mitad comenzó con una Argentina nerviosa en los pases cortos pero muy firme a la hora de recuperar la pelota. Si bien el rival se replegó con eficacia, Leandro Paredes volvió a dejar en claro que de a poco se convierte en el patrón de un mediocampo que está mutando de la fineza a la suciedad (en el mejor de los sentidos), permitiendo con su tenacidad que Messi reciba libre en tres cuartos, conectase con Lautaro Martínez y que la jugada la finalizase Agüero con un bombazo tapado por Fariñez.

A la Argentina hasta este partido le faltaban volantes que pisasen el área, sobre todo por el bajo vuelo de Messi, alejado de la zona de riesgo, y los encontró con Acuña y De Paul quienes traccionaron las bandas sin parar y también ayudaron a la hora de recuperar. Los pelotazos frontales de Venezuela para Rondón fueron controlados de menor a mayor por una pareja de centrales bastante más sólida que lo habitual, siendo la posesión mayoritaria por primera vez positiva debido a que tenía la intención de generar grietas en una doble línea de cuatro muy bien cerrada.

Por momentos, Paredes y Acuña se convirtieron en la salida del equipo, quedando De Paul un poco más adelantado para poder cerrarse y encontrarse varias veces con un activo (pero ineficaz) Lionel Messi en la zona de gestación ¿Qué fue lo que permitió este doble enganche momentáneo? El hecho de que el volante de Sporting de Lisboa y el lateral del Ajax alternaron de forma permanente como lateral e interior por la izquierda. Los mejores diez minutos del golpeado ciclo Scaloni, a pura presión y aceleración, surtieron efecto casi de inmediato: Messi centró muy pasado, el Kun remató mordido y Martínez desvió la pelota con un taco magistral para abrir el partido y consolidar la leve mejoría colectiva.

Con el resultado en contra, Venezuela terminó por salir de las profundidades adelantando a Machís y a Murillo de nuevo, avisando en dos jugadas consecutivas que Pezzella y Otamendi resolvieron bien dentro del área. Un error grosero de Messi (eligio rematar con Agüero muy libre tras un pase de Paredes) fue el preludio de un tramo en el que predominó el juego brusco, quedando el impulso de la Argentina bastante reducido por una inteligente Venezuela.

Sendos cruces al límite del penal de Foyth –un acierto sin dudas de Scaloni sobre la banda derecha– sobre Machís volvieron a encender las alarmas, pero por el momento la mayor amenaza ofensiva del contrincante estaba siendo muy bien contenida. Mientras tanto, Messi no tenía ni explosión ni precisión en el pase, algo a la vez compensado por la movilidad de los delanteros y contrarrestado por la falta de receptores (salvo alguna trepada de Acuña) por los costados. Sin sufrir mucho con los contragolpes venezolanos, mostrando un orden inaudito en este torneo, la Argentina sacó rédito del sacrificio de Martínez, quien se hamacó continuamente y fue rueda de auxilio para la timidez de los laterales.

Al final del primero tiempo, entre Rincón y Machís se encargaron de preocupar a la defensa, logrando que el partido se convierta peligrosamente en uno de ida y vuelta: un cabezazo apenas desviado de Chancellor fue replicado por un envío muy bueno de Messi que Pezzella no llegó a empujar gracias a la pericia de Mago; para el tiempo agregado quedó una gran combinación entre el capitán argentino y Acuña por la izquierda que terminó en un centro bajo muy bien despejado por Chancellor, quedando Agüero cerca de convertir su primer gol en el torneo.

Los segundos cuarenta y cinco minutos comenzaron con un pase delicioso de Paredes para un Martínez que amagó al remate corto, dejó correr la pelota y a pura potencia reventó el travesaño. Con Tagliafico plantado ya de extremo izquierdo, Argentina se entregó al contragolpe asumiendo por completo los riesgos, tratando de liquidar el partido velozmente para luego replegarse y aprovechar los espacios. No era un mal plan, pero chocó contra un problema muy importante: sin eficacia en los metros finales, los defensores quedaron muy expuestos debido a la falta de físico de los interiores y laterales para retroceder de forma ordenada.

La apuesta fue que Messi liderase cada contraataque, pero lo cierto es que más allá de su leve mejoría individual, no pudo evitar que una Venezuela potenciada por el ingreso de Yeferson Soteldo la arrinconase a pura posesión, fluidez y poderío por los carriles con los siempre presentes Machís y Murillo. La salida de Lautaro fue un error táctico (otro más y van…) de Scaloni, pues el ingreso de Di María para jugar como extremo derecho no tenía sentido en un momento tan complicado: el delantero del Paris Saint Germain –que llegó a los cien partido en la selección– quedó libre por su banda, uniendo a De Paul y a Paredes en el medio, abriendo el camino para Tagliafico a sus espaldas y posicionando a Acuña como salida en velocidad atrás de Messi.

Un flojo segundo tiempo donde el capitán terminó siendo un volante de contención por momentos, volviendo el cuadro argentino al 4-4-2 con la entrada de Lo Celso por Acuña. La falla se evidencio en un Otamendi en modo frontón que no paró de despejar centros altos y bajos por parte de los volantes de una Vinotinto dominante pero poco profunda. Las manos de Armani volvieron a ser salvadoras en el peor momento, atajando un tremendo remate de Hernández a quemarropa que hubiese vuelto todo a foja cero.

Sin reacción, físico ni ideas, la Argentina encontró su salvación en un horror de Faríñez: Agüero –punto altísimo por su sacrificio y voluntad incesantes– armó una gran jugada tras la presión de Di María sobre la salida, remató con un poco de veneno y el muy buen arquero venezolano vio como la (en apariencia simple) pelota se le escurría hacia los pies de Lo Celso quien puso el 2-0 casi sin quererlo. Los últimos minutos encontraron a la Argentina encerrada en su área, sufriendo bastante con el juego aéreo y pudiendo meter algún gol más de contragolpe en un cierre frenético que fue solventado por dos líneas defensivas muy bien paradas.

Si bien no hay mucho para festejar de forma exagerada, la Argentina jugó su mejor partido bajo el comando de un Lionel Scaloni que acertó en las modificaciones iniciales, pero que luego volvió a mostrar severos errores estratégicos durante el partido. De cara a la semifinal contra el anfitrión Brasil el próximo martes habrá mucho para corregir: será el primer gran rival que tenga una Argentina que ha llegado al Top 4 de esta competencia a los tumbos, al borde del knock-out, y sin convencer, pero al menos exhibiendo un compromiso colectivo ascendente que marca la intención de lograr convencer de una vez por todas.