Todavía lamentándose por la estrepitosa derrota ante Suecia, Juan Carlos Osorio planificó un partido de trinchera ante quien hace casi dos años es el equipo que mejor juega en el mundo. El entrenador mexicano eligió una estrategia y formación acordes al desafío: Ochoa; Salcedo, Rafa Márquez, Ayala; Álvarez, Herrera, Guardado, Gallardo; Vela, Chicharito Hernández y Lozano. Un 3-4-3 en ofensiva que en el repliegue se convertiría en un 5-3-2 con el retroceso de los exteriores y de alguno de los dos extremos, listo para una batalla muy complicada.

Del lado brasileño, Tite sabía que el desempeño de su equipo había ido de menor a mayor, pero siempre se mostró muy tranquilo debido a la convicción con la que sus jugadores ejecutaron el plan de juego aún ante los rivales más cerrados. Sin tocar un solo intérprete –salvo la dura baja de Marcelo por lesión– sus once elegidos fueron los siguientes: Alisson; Fagner, Thiago Silva, Miranda, Filipe Luis; Paulinho, Casemiro, Coutinho; Neymar Jr., Gabriel Jesús y Willian. Todo lo que se haya dicho acerca de este Brasil aplica a la estrategia utilizada para un partido verdaderamente crucial, en el que no había margen para el error.

El juego del desgaste

Durante los primeros veinte minutos, la estrategia del Profesor Osorio fue efectiva. Apoyándose en un sacrificio impresionante por parte de sus volantes y defensores, logró compactarse al máximo para cerrarle casi todos los espacios a los lanzadores brasileños. Coutinho, Neymar y Willian intentaron por todos los medios superar la línea de tres cuartos, quedando un movedizo Gabriel Jesús tapado por los dos centrales y un Rafael Márquez sobrio.

Claro que para funcionar durante los noventa minutos, un plan de este estilo necesita prácticamente de robots como intérpretes. Sin capacidad para descansar con la pelota en los pies –a pesar de repartir la posesión– y con Herrera y Guardado más abocados a la marca, los aztecas dejaron resquicios para que el talento asociativo e individual de Brasil se impusiese e hiciese temblar el arco defendido por Ochoa.

Mientras México tapaba las bandas con los exteriores y descuidaba sus espaldas, Brasil sostenía con inteligencia, compostura y audacia una idea de juego que se ha probado exitosa desde el primer partido bajo el comando de Tite hace dos años. Cerrando caminos en bloque con absoluta solidez, retrocediendo en bloque y con mucho sacrificio, impidió que los intensos Vela, Guardado y Lozano desequilibrasen en el uno contra uno. En ataque, la misma gran idea de siempre: avance en conjunto, uno conduce con la pelota en sus pies, dos y hasta tres pasan a sus espaldas, quebrando así poco a poco la resistencia de su rival.

La blitzkrieg de la alegría

Los pupilos de Osorio salieron del vestuario con la variante de Layún por Rafa Márquez, intentando configurar una defensa de cuatro hombres que solucione las grietas exhibidas en los quince minutos finales de la primera parte. El 4-2-3-1 se completaría con el posterior ingreso de Jimenez por Hernández, quedando como un nueve mucho más fijo dentro del área y también con mayor capacidad para ganar por lo alto.

Pero Brasil tenía muy en claro cuál era el camino a seguir, anunciando la llegada del huracán con un remate de Coutinho tras recortar de la izquierda al centro que Ochoa pudo tapar milagrosamente. La presión constante de la canarinha tenía argumentos, siempre haciéndose ancha y siendo paciente en el traslado. Sin pesadez, sin lentitud alguna, su trabajo fue impecable tanto en ataque –a pura velocidad, asociaciones y gambeta– como en defensa, haciendo de las transiciones un verdadero arte.

Cumpliendo con la lógica, Neymar apareció en todo su esplendor y con Willian como socio perfecto terminó por romper el partido. El astro del Paris Saint Germain apiló a tres rivales yendo hacia el medio, abrió el espacio con un taco a la pasada para el jugador del Chelsea, quien llegó hasta el fondo y habilitó por lo bajo al número diez abajo del arco. El festejo del 1-0 encontró al goleador subido a los hombros de Paulinho, unido todo el equipo (incluido el entrenador y sus colaboradores) en un abrazo gigante.

La reacción de México fue inmediata, buscando romper líneas con la velocidad de sus extremos, chocando en cada intento con la cabeza o los pies de una dupla de centrales que se ha convertido en una muralla infranqueable con el correr de los partidos. Mientras Willian y Neymar seguían haciendo estragos con ataques repentinos y explosivos, Jonathan Dos Santos saltó al campo de juego para tratar de inclinar las acciones en su favor.

El riesgo de esta movida táctica era que un dominante Brasil liquidase el pleito de contraataque, otro de sus tantos activos que sabe llevar a cabo a la perfección. Filipe Luis fue uno de los que resaltó dentro de un nivel general muy bueno, siempre atento en los cruces y relevos y punzante en cada ataque. El único sostén de los de verde era Ochoa, quien con sus manos le sacó sendos golazos a Paulinho (de excelente encuentro, llegando como rematador siempre) y a Willian, mientras veía como los dos extremos de amarillos intercambiaban puntas continuamente para seguir lastimando a una defensa desmoralizada.

Que los de Osorio estuviesen corriendo atrás de la pelota sin cesar no los dejó de hacer peligrosos, salvando Alisson un buen disparo de Vela que se metía por encima de su cuerpo. Ya con más coraje y aire que otra cosa, los centroamericanos intentaron comprimir líneas hacia arriba para forzar alguna pérdida, pero entre Paulinho y Casemiro se encargaron de dejar en claro quienes mandaban en la zona media. Los intentos de saltarlos con pelotazos largos fracasaron rotundamente debido a la aplicación defensiva de todos los brasileños, quedando en claro que cuando un equipo se pone a la orden de una idea de juego noble y eficiente, no hay mucho más que decir.

Los ingresos de Fernandinho, Firmino y Marquinhos recambiaron la usina creativa, quedando una jugada más para el portador de la número diez: recibió un pase magistral del volante recién ingresado del Manchester City, aceleró dejando en el camino a tres mexicanos, tocó ante Ochoa –que alcanzó a desviar con lo que pudo– y Firmino llegó para marcar el 2-0 que mandó a su nación a los cuartos de final de Rusia 2018 y la consolido como candidata a llevarse el premio mayor.

Si algo deberá lamentar México es no haber dado la talla contra Suecia en el partido que la condenó a jugar contra Brasil en octavos de final. El cuadro de Tite había sido, junto a Bélgica, el de mejor idea y ejecución en toda la fase de grupos y tenía frente a sí la posibilidad de mostrarle al mundo que está verdaderamente de vuelta. Otra misión cumplida para los soldados de Tite, un comandante que se dispone a vencer en las tres batallas restantes de la mano de los mejores argumentos colectivos e individuales disponibles en el mercado.