1986 fue redondo en todo sentido para River. Campeón del torneo local a base de un equipo virtuoso en todos los rubros que, dirigido por Héctor Veira, también se consagró en la Copa Libertadores y en la Intercontinental. Un plantel que brillaba con luz propia, cuya figura era Enzo Francescoli. A principios de año, el Príncipe dibujó uno de esos golazos que perduran en el tiempo y se vuelven leyenda.

Para ese entonces, el uruguayo ya no era aquel flaco desgarbado que había llegado desde Montevideo Wanderers y era permanentemente mirado de reojo por los hinchas. Este Francescoli era un líder nato, goleador y estandarte de un equipo que estaba destinado a hacer historia.

El 8 de febrero, el Millonario recibió a la Selección de Polonia en Mar del Plata, en uno de los tradicionales amistosos de verano, pese a la rareza del rival.

El partido fue durante gran parte totalmente esquivo para River, que a diez minutos del final perdía 4-2 frente a los europeos. Pero con amor propio, y seguramente por el virtuosismo del plantel, logró dar vuelta el encuentro. El propio Francescoli descontó y luego Centurión marcó el 4-4. La frutilla del postre se había guardado para el cierre.

En el tercer minuto de descuento, llegó un centro desde la derecha. Ruggeri, cuándo no, la bajó en el área y la pelota fue directo hacia el uruguayo, que como todo jugador fino ya tenía la resolución en la cabeza. Jamás lo dudó: la paró con el pecho y dibujó una acrobacia espectacular, digna de cualquier astro del circo.

El final es conocido, el balón incrustado sobre el ángulo izquierdo del polaco y una montonera de compañeros enloquecidos por lo que acababa de hacer ese flaco. “Una chilena para cerrar el estadio”, como dijo el relator de aquel partido. Una chilena que, sin dudas, será siempre recordada por lo inmENZO.