Vivir para correr. Nunca mejor descripta quedó la frase en la historia del deporte argentino con el logro de Delfo Cabrera en Londres 1948. Su infancia estuvo fundada por ese hábito, desde correr de un campo a otro para recolectar maíz, detrás de los sulkies y hasta en el trayecto de su casa al trabajo.

Cuando todo parecía que su actuación en aquella edición de los Juegos Olímpicos iba a coronarla con una medalla plateada, Delfo cumplió con lo pactado en su estrategia: guardar reservas y superar en los últimos metros al primer corredor. De esa manera y con un andar descomunal fue como se le adelantó al belga Étienne Gailly, quien extenuado y de paso poco firme poco pudo al ver como el argentino le arrebataba la primera posición.

“Corrí de atrás, ocupándome de mí más que de ellos. Después de veinte kilómetros empecé a avanzar. Fui pasando fácil. Faltaban cinco mil metros cuando me coloqué primero. Aquí, al entrar en el estadio, apuró el belga y entró antes que yo. Pero yo sabía que era mía”, contó Cabrera alguna vez al recordar su actuación. Lo cierto es que con una sonrisa y sin despeinarse, la Argentina volvía a llevarse otro oro en maratón, el último de su historia, mejor dicho.

Su habilidad hizo que uno de los corredores de más renombre como Francisco Mura posara sus ojos sobre él y lo entrenara en Buenos Aires, más precisamente en San Lorenzo de Almagro, donde se incorporó al atletismo azulgrana y se convirtió en un hincha más del club. “Mi Patria y San Lorenzo me animaron para ganar, por ese cariño entrañable que siento por todos los Gauchos de Boedo. Mi primer recuerdo es para toda la gente del club de mis preferencias, cuya enseña siempre he defendido con honor porque en mi corazón se anida esa fe sanlorencista”, aseveró el corredor tiempo después.

Todo Wembley se había puesto de pie para aplaudir al belga, pero el santafesino de 29 años remontó en la curva final y cruzó la línea de meta con el pecho inflado, sabiendo lo que había conseguido.

Cabrera no fue sólo un hombre vinculado al deporte. Con amor y vocación, a su vez integró el Cuerpo de Bomberos de la Policía Federal y era reconocido defensor de los ideales peronistas, pensamiento que, con la llegada de la dictadura de Eugenio Aramburu en 1955, lo llevó a la persecución y al fin de su actividad física para ser recolector de basura en el Jardín Botánico. Afortunadamente, con el regreso de Juan Domingo Perón en 1973, Delfo fue designado para ocupar un cargo en la Secretaría de Deporte bonaerense.

El capítulo final de su vida ocurrió el 2 de agosto de 1981 en un accidente automovilístico al regresar de ser homenajeado en la localidad de Lincoln. Con 62 años se despedía la figura de un héroe para que nazca la historia del mito, el mito de la maratón argentina.

Por Rodrigo Vizcarra.