El estallido de gol de Leandro Garate para devolverle el lugar en Primera División al conjunto de Sarandí, fue soñado. La fiesta después del pitazo final se desató en cancha de Banfield, con un importante caudal de público que fue a vivir un día inolvidable. Pero un suceso ocurrido en las tribunas se robó la atención en las redes sociales: las protagonistas fueron Carla y su hija Mía, ambas de Bernal. La pequeña de 14 años sufre una displasia septo-óptica congénita (más conocida como síndrome de Morsier) que le afecta la visión, la motricidad y lo cognitivo. Lejos de rendirse, vive los partidos con la misma euforia que todos los fanáticos.

“Cada madre dice que su hijo es el mejor y yo pienso que mi hija es la mejor de todas. Ella es ciega de nacimiento y este es el mejor gol que me tocó relatarle. No existen palabras que describan el orgullo que siento cuando la veo gritar el gol. Yo soy hincha desde los 16 y ella, desde la panza. Desde chiquita que me acompaña a la cancha. Vamos siempre de local y este partido no nos lo íbamos a perder por nada”, sorprendió emocionada.

La travesía para asistir al Florencio Sola comenzó temprano, con cábala de por medio y posteriores cánticos junto a todos los que tenían su entrada para disfrutar la jornada. “Nosotras arrancamos el día a la mañana, con las camisetas y las banderas. Fuimos a Sarandí a comer pizza a un lugar al que vamos siempre, para cruzarnos con la gente. Después arrancamos en caravana a Banfield con mis amigos, la gorda estaba re contenta. Una vez que llegamos, bajamos la silla de ruedas y caminamos como doce cuadras hasta el estadio. Hubo personas que nos reconocieron y ayudaron a la nena a subir las escaleras y la silla. Estábamos a un costado porque en el medio estaba complicado, había mucha gente”, continuó el relato la quilmeña.

En el diálogo que mantuvo con Infobae, fue más allá en la premisa de explicar cómo convive la niña con el ambiente futbolero. “Reconoce los goles, pero si no los grita el partido le queda incompleto. Al no ver, no tiene una apreciación del espectáculo más que el compartir esa sensación de cantar y estar con nosotros. Al final estábamos muy contentas. La gente me ayudó a pararla y ella estaba feliz mientras todos cantábamos. En la vuelta a casa ella estaba muy cansada, quedó planchada en el auto. No la llevé a los festejos porque ella se asusta con los fuegos artificiales”, cerró orgullosa de compartir el sentimiento.