Apenas 76.000 habitantes hay en el microestado soberano del suroeste de Europa que eligió Javier Pedro Saviola para saborear su adiós al fútbol. La elección no fue difícil, todo lo contrario, la tenía premeditada gracias a los condimentos que regala el Principado: “Se me ocurrió cuando dejé de jugar. En el 2015. Por un amigo que vivía acá. Yo ya había venido antes, cuando estaba en Barcelona. Está al lado de España y de Francia. Ya desde esa vez me había encantado. Por el país, por la seguridad… Me gustó y punto. Pese a tener contagios y fallecidos, la gente ha tomado muchísima precaución. Eso fue importante. No se ve gente en la calle. No se salta la cuarentena. Y con la Policía siempre pendiente de lo que pasa. Los hospitales, muy atentos. Se vive con las tristezas de las pérdidas pero con mucha precaución. Hace algunos días ya se habilitó para poder moverse hasta un kilómetro de tu casa”.

El bautismo en River fue soñado, con grandes referentes en el plantel y Ramón Díaz en el banco. Los factores condecoraron su presentación en sociedad… y no defraudó. “Yo soy hincha y Ariel (Ortega) siempre fue mi ídolo. Intentaba ser alcanzapelotas solo para verlo. Tenía una admiración tremenda por él. El padre trabajaba en el club y yo lo volvía loco. Cada vez que iba al colegio le pedía camisetas, entradas para ir a analizarlo… A los años tenerlo como compañero fue espectacular. Era compartir un vestuario y una cancha con mi ídolo. Sabía que lo admiraba pero yo no se lo decía por timidez. Hasta la primera vez que lo hice pasar a mi habitación y de pronto, cuando se dio vuelta, en la parte de atrás de la puerta estaba su póster. Fue incomodísimo”, agregó sobre la relación que forjó con el “Burrito”.

¿Qué decir del riojano y su impronta como uno de los entrenadores más exitosos de la historia del club? “No te olvidás más. Yo tenía unos nervios tremendos. Imaginate: iba a debutar, Ramón me agarró, me dijo dos o tres palabras y me tranquilizó. Él era un especialista en sacar presión, en darle seguridad al jugador. Y una vez que hablé con él, me dije ‘ya no hay más tiempo, es lo que quise hacer toda mi vida, algo tengo que demostrar dentro de la cancha’. Ahí fui y hasta hice un gol. Fue contra Gimnasia de Jujuy. Entré en el segundo tiempo por Cristian Castillo. Fue genial”, narró en diálogo con Infobae.

Su gran producción ofensiva en la Copa del Mundo Sub 20 de 2001 lo catapultó a Europa, no por nada fue elegido Balón y Botín de Oro del torneo, gracias a sus 11 conquistas que le dieron a Argentina su cuarto título. Autocrítico 19 años más tarde, detalló la mística que los llevó a ser los mejores: “No me sentí Maradona, pero fue un momento cumbre. Disfruté de estar en un grupo privilegiado. La gente se enganchó muchísimo con nosotros y fue llenando Vélez. La cancha explotaba. Nos bancaba el hincha, el periodismo. Pekerman había vuelto a dirigir al Sub 20. Había una avalancha positiva tremenda pensando en ser campeones del mundo. Y una vez que se dio fue premio doble. Ser el goleador del Mundial, con el récord de goles en el Juvenil; salir campeón en el país, con ese grupo excepcional… Se dio todo. Tenemos un grupo de WhatsApp con todos los campeones. Siempre nos ponemos a charlar. Con D’alessandro, el Pipi, Maxi… Todos grandísimos profesionales. Pero ese Mundial nos marcó para toda la vida. Fue algo espectacular”.

La siguiente parada fue Barcelona, que por ese entonces ya empezaba a ser testigo de la magia de un pequeño rosarino inquieto. Así lo recuerda el “Conejo. “Llegué y lo primero que me dijo Charles Rexach, que era el técnico, fue que si tenía tiempo fuera a ver a un chico de Inferiores que era argentino. Me describió todo. ‘Si tenés un rato, andá a verlo que no te vas a arrepentir’. Entonces fui. Y apenas lo vi a Messi me di cuenta de que era alguien distinto. Hacía cosas que no eran normales para su edad. Empezamos a compartir más tiempo, a juntarnos con las familias para comer. Creamos un vínculo muy especial”. Claro, el actual mejor del mundo tiene como referente a Pablo César Aimar, muy amigo del ex goleador, quien regaló flores para el cordobés por su presente como DT de la Sub 17. “No me sorprendió. Lo conozco desde los 19 años o más. Sé cómo le gusta el fútbol. La inteligencia que tiene. Ha tenido grandes maestros como Pekerman en la etapa de formación, que es donde está él ahora. Por todo lo que fue como jugador y como profesional, y por los conocimientos que adquirió, los chicos no pueden tener mejor maestro”, subrayó emocionado.

Colgar los botines se dio en un contexto glorioso en lo colectivo pero sombrío en lo personal, porque no pudo gastar los últimos cartuchos como pensaba en su segundo ciclo. “Yo siempre quise retirarme en River. Y hubo cosas muy lindas en ese tiempo. Estar en un grupo tremendamente exitoso, tanto con el cuerpo técnico como con los jugadores. Sentir cómo estaba la gente involucrada en ese momento tan importante de su historia. Ganar la Copa Libertadores. Porque pese a no tener continuidad jugando sí estaba dentro del grupo. Siempre lo voy a recordar. Después, sí me hubiera gustado retirarme de otra manera. Dentro de la cancha. De Marcelo (Gallardo) me impactó la ambición. Pese a ya haber ganado, es un técnico que quiere seguir entrando en la historia. No se queda con lo que hizo. Esa ambición, la exigencia que impone hacia al jugador hace que haya ganado todo lo que ganó. Los números hablan por sí solos. Por algo es uno de los grandes técnicos que dio nuestro país en los últimos años”, afirmó.