“Quiero salir campeón con Boca y jugar el Mundial”. Tras varios meses en los que frenó la pelota, y después de duras negociaciones, la historia entre Diego Maradona y Boca tuvo final feliz: el 21 de abril de 1997, el Diez sellaba su vuelta al club.

Diego había jugado el 11 de agosto de 1996 con la certeza de que sería su último partido, pero la vida le tenía preparado algunos más. Inmediatamente después de lo que fue victoria de Estudiantes por 2 a 1, con la decepción de haber perdido varios puntos en el camino en la lucha por el título, y tras haber tenido una etapa oscura con los tiros desde el punto del penal -había errado los últimos cinco que había pateado-, viajó a los Alpes Suizos. Allí, en Clarens, a unos 45 minutos de Ginebra, se internó en la Clínica La Praire para curarse de su adicción a las drogas. Conocida en Europa por la absoluta discreción sobre los pacientes, a los pocos días, el médico brindó una conferencia de prensa e hizo público datos de la internación, lo que provocó el enojo del argentino.

El 30 de octubre de ese año, en su cumpleaños Nº 36, Maradoba ya estaba en Buenos Aires. Con la tristeza que lo calaba decidió entrenarse con el plantel xeneize. A partir de allí, un torbellino de ideas tuvo lugar en su cabeza: que quería volver a Boca, que quería retirarse, que se quería ir del país. “No sabía cómo vivir sin jugar al fútbol”, diría años después en el libro Yo soy el Diego. El mundo se rendía a sus pies y lo invitaba a hacer delirar al público con partidos de exhibición, pero lo que él quería era salir del túnel de la Bombonera bajo la copiosa lluvia de papelitos azules y amarillos.

En febrero de 1997, Peñarol de Montevideo mostró su interés en contratarlo. Sin embargo, debido a las reglas impuestas por el club y la libertad que pedía Diego para los entrenamientos, no llegaron a buen puerto. Extrañaba sacar a pasear a sus adversarios, extrañaba pegarle de zurda, extrañaba jugar, y extrañaba a Boca. Y la pelota lo extrañaba a él.

En marzo, Mauricio Macri, por entonces presidente del Xeneize, decidió que la 10 vuelva a su antiguo dueño, y designó al vicepresidente segundo, Luis Conde, para que llevara a cabo las negociaciones con Guillermo Coppola, que en ese momento era representante de Maradona, para repatriarlo. Pero cuando todo parecía tomar forma, se estancaba. Se dio una lucha de partes en la que ninguno ganaba. Nike vestía a Boca y Diego no soportaba los requisitos de la firma: debía usar ropa de la marca en el entrenamiento, en la concentración y en las conferencias. Por eso se había rehusado a firmar el convenio de derechos y obligaciones con el club. “Lo lamento en el alma, pero no voy a firmar -sorprendió en un programa televisivo el primero de abril- el tipo más triste del mundo soy yo”. Las incansables tratativas habían desviado las miradas y críticas del equipo dirigido por Héctor Veira.

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Sin embargo, el jueves 17 de abril, para la alegría de los hinchas, Diego confirmaba en Ezeiza que la vuelta a Boca era un hecho. Cuatro días después, en la sala del club, su mera presencia hizo encender los flashes fotográficos y la ilusión de los simpatizantes. De campera negra y pantalón claro, firmó el contrato y mostró su sonrisa. “Espero que esta vuelta sea la definitiva, la mejor y la última”, comentó.

No importó la marca de la camiseta, ni qué tendría que vestir, sino la mala racha que atravesaba Boca y el descontento del público con el equipo. Dos meses después, Diego contrataría al atleta canadiense Ben Johnson para mejorar su preparación. La nostalgia se haría añicos, en julio: el 10 volvió a pisar el césped de la Bombonera en una verdadera fiesta.

La zurda volvió a bailar con su compañera en la Bombonera; el arco lo invitaba para que, de un zapatazo, lo rompa en mil pedazos; su garganta anhelaba el grito, y convertirse en héroe. Quería sacarla a pasear, sacarle lustre a ella, la actriz principal de la gran obra: la pelota. El sería ser su partener. La dominó, la acarició, la escondió y eludió a uno, dos, tres rivales. Diego volvía a Boca para ser feliz. La pelota y Boca volvían a ser felices con él.