La tradición azulgrana marca que cada seis años se festeja un campeonato, o por lo menos así fue con los campeonatos de 1995, 2001 y 2007. Éste no iba a ser la excepción, mantuvo su dramatismo hasta el final y también se jugaba en Rosario. El claro candidato era Newell’s, que durante nueve fechas estuvo puntero. Pero de atrás venía San Lorenzo, dispuesto a llevarse todo por delante y lo que parecía un sueño terminó de concretarse.

Todo se definía esa tarde. El panorama era complicado: en cancha de Vélez, sin público visitante y con la necesidad de ganar para no depender del resultado del Newell’s-Lanús, que se jugaba en simultaneo. Ah, y a esto hay que sumarle que el Ciclón se había quedado sin nueve, así que hubo que improvisar con Alan Ruiz de centrodelantero.

Por lógica, San Lorenzo tenía que haber sido campeón dos semanas atrás, de local ante un Estudiantes que nunca se animó a patear al arco. El encuentro había finalizado 0-0 y el ánimo del público terminó de derrumbarse cuando escucharon que Vélez había ganado su partido, justo el rival de la última fecha.

El 15 de diciembre por fin llegó. El campeonato estaba para cualquiera y pese a la tabla, el equipo de Pizzi no llegaba con ventaja. Venía cascoteado. A principio de la carrera se quedó sin Cauteruccio, su goleador, y dos meses atrás no sólo perdió la final de la Copa Argentina con Arsenal, sino que también al reemplazante del uruguayo, Gonzalo Verón, le tocó padecer la misma lesión de rodilla.

44’18” del segundo tiempo, el momento en el que se paralizó el cronómetro y todos los corazones cuervos. Cantero remató desviado al arco, la pelota rebotó en un hombre de San Lorenzo y a centímetros del círculo del penal el balón le quedó a Allione. ¿Qué habrá pasado por la cabeza de Torrico, que estaba de frente, o de todo el pueblo azulgrana?

El volante del Fortín desenfundó un sablazo, ya estaba por gritar el gol, era su noche y Vélez se consagraba campeón. De manera inexplicable, ahí apareció él, una vez más, como contra Boca un par de fechas atrás. A partir de ese momento, comenzó la leyenda, el Torrico, Torrico”.

Lo logró, estiró su mano derecha y sacó lo “insacable”. Ahí se definió el partido, el 0-0, más allá de los cuatro minutos adicionales, el aluvión había pasado. El pitazo final en Liniers no decretó nada porque restaban segundos para que finalice Newell’s-Lanús, que empataban 2-2 y quien metiera un gol definiría con San Lorenzo.

Estaban todos abrazados en el círculo central del Amalfitani, cuando por radio se escuchó que el encuentro en Rosario había terminado igualado. El llanto y la alegría se volvieron uno, los abrazos y el grito de campeón no se hicieron esperar. El equipo de los milagros, el que parecía que sin sufrir no vale, el que un año atrás había estado a punto de descender. Ese mismo volvía a ser campeón. Hay que decirlo también: el campeón con menor cantidad de puntos en la historia de los torneos los cortos, con 33 unidades.

Y así fue como el Torneo Inicial 2013 definió a su dueño, un equipo que encaminaba su refundación y al que meses más tarde le tocaría vivir la alegría más grande de su vida. La caravana empezó, a los bocinazos y todos rumbo a San Juan y Boedo. Porque San Lorenzo festeja ahí. Nada de ir al Obelisco. En casa y en su lugar de pertenencia para entonar “porque este año desde Boedo salió el nuevo campeón”.

Por Rodrigo Vizcarra.