Ser diferente en el ambiente del fútbol no es fácil. Hoy en día, el jugador está semejado a un corte de pelo, a la manera en cómo se viste y a la maravillosa -en algunos casos- vida que llevan. Aun sí, son pocos los que miran a la persona por fuera de la cancha. La típica pregunta de “¿qué hacen todo el día después de entrenar?” siempre está. En ese sentido, Coloccini es uno de los tantos que aprovecha ese espacio para involucrarse en otras cuestiones.

Hasta su regreso a San Lorenzo en 2016, poco se sabía de su ideología y manera de ver las cosas. Había llegado como un anhelo de la dirigencia, pero su vuelta al club se venía dilatando con el correr de los mercados de pases, hecho que provocó cierto malestar en el hincha y que terminó de convencerlos con el estado físico que tenía. Estaba grande y pegar la vuelta de un Newcastle que había descendió tampoco lo ayudaba.

Claro que ya no era aquel pibe que se había marchado campeón en 2001 y lejos estaba de su nivel de ese nivel de selección cuando obtuvo el oro en Atenas 2004 o cuando jugó el Mundial de Alemania 2006. Sin embargo, de a poco fue encontrando su mejor versión y en el último año ganó la titularidad y se puso el mote de caudillo y referente del equipo.

“Te podés subir a un Audi y podés generar cosas que ayuden a los demás. El Che Guevara fue lo que fue, un ícono de la Revolución Cubana, y, sin embargo, el usaba un Rolex que le habían regalado”, manifestó Colocha hace un tiempo. Ahí es cuando muestra su otro perfil y permite ver que un futbolista no es sólo hábil con los pies. Comprometido con acciones sociales, el año pasado aprovechó sus vacaciones y recorrió el norte argentino en motorhome junto con amigos para llevar donaciones a los más necesitados.

Una de las anécdotas que sorprendió fue cuando jugó en el Milán: “Venía de Boca, donde iba a entrenar relajado, en jogging y una remerita, y fui a Milán y me dijeron estás en Italia y no te podés vestir así. Ese cambio lo sentí. Tuve que madurar de golpe. A los 17 años me tenía que vestir como si fuese a trabajar a una oficina”. El zaguero es sincero y no tiene miedo de romper con el molde del que no salen los demás jugadores.

Sus rulos siempre lo identificaron, pero hoy en día se lo ve con una barba tupida, lo que denota otra prestancia. No obstante, no es por un hecho de desprolijidad sino, por su identificación con el Che Guevara. En su visita a Cuba recorrió el mismo camino que el Che, copió su trayectoria y terminó en La Habana, lo que lo marcó en su admiración por aquel personaje, al que conoció por primera gracias a unas medias que le regalaron con la imagen del revolucionario.

Sus 37 años lo mantienen en vigencia. Otra vez es aplaudido por los hinchas y su causa social e interés por los temas de pobreza y desigualdad social no evitan que Coloccini deje de ser el jugador que es. Tiene otro pantallazo de la realidad y la cabeza no la usa solo para cabecear.