No pertenecía a la mitología griega, no era un ser sobrenatural ni mucho menos era una deidad. Era un simple mortal que con la nueve azul y oro en la espalda se convertía en un Titán. Un batallador de todos los frentes, cuya mayor virtud era atacar por la vía aérea. Cuando menos se lo esperaba, ahí aparecía él para convertirse en el protagonista de hazañas legendarias.

El silbato sonó y los llantos de alegría y tristeza llegaron al unísono. La Bombonera era un templo repleto para rendirle culto a uno de sus ídolos. “Palermo es de Boca y de Boca no se va”, acompañado del himno argentino y de las lágrimas de todos los presentes opacaron el 1-1 ante Banfield en el que Martín no pudo convertir.

“Con esto me voy más que feliz de esta cancha en la que vivimos tantas cosas. Ni soñando podría haber pensado que la gente me iba a brindar tanto cariño”, desplegó el optimista del gol.

De esos locos lindos era Palermo dentro de la cancha. No gozaba de mucha estética, no era muy técnico, pero sí contaba con una gran dosis de fortuna para estar donde un nueve tiene que estar y para callar las voces de los que decían que era un burro.

Sí. Era un burro que metió 236 goles en el club de la Ribera. Que ganó 13 torneos, entre ellos dos Libertadores y una Intercontinental. Que se erró tres penales con la albiceleste en un mismo partido y que, cuando la cosa se puso difícil, dio una mano para que Argentina se clasifique a un Mundial.

Todo eso representó el Loco para Boca y para el fútbol argentino. Ni hablar de los goles más inesperados y heroicos: el de la noche en la que volvió de una lesión después de seis meses y mojó contra River, el de los 61 metros a Independiente o el golazo de cabeza de 40 metros ante Vélez.

Por eso era el optimista, porque la metía “hasta con la nuca”. Porque también superó la pérdida de un hijo, anotó dos goles y se los dedicó. Porque agigantó a nuestro fútbol.

Tras su último encuentro en cancha de Boca, no hubo mejor regalo que uno de los arcos de La Bombonera. “Este arco es especial. Para uno vivir del gol y en cada momento que toca la red es el sueño mío. Sé que para ustedes es una emoción muy grande que nos unió durante muchos años.  Me lo voy a poder llevar y disfrutar. Voy a tener un recuerdo muy especial de esta cancha que no la voy a olvidar”, agradeció el goleador.

De esa manera terminaba su noche. La noche del nueve, la de Martín Palermo, querido y respetado hasta por sus rivales. La del animal del gol que contra todos los pronósticos siempre demostró que querer es poder.

Por Rodrigo Vizcarra.