Le podrá costar más o le podrá costar menos. Será algo que ocurra año a año o con intervalos anuales. Pero claro está que, en gran parte de la historia del fútbol argentino, por poderío económico y supremacía en calidad de jugadores respecto al resto de los rivales, River se apodera de algún trofeo sin esperar demasiado tiempo. Internacionalmente, como Marcelo Gallardo logró al poco tiempo de asumir como DT, o localmente, como lo fue gran parte de su vida deportiva profesional, “River” y “campeón” son dos palabras que suelen unirse en una misma oración con asiduidad. No obstante, hubo un período en la historia Millonaria en la que ambos vocablos se distanciaron largamente, de manera increíble, por 18 largos años.

El club de Núñez ostenta ser el equipo argentino que más títulos nacionales tiene bajo su dominio. En total, cuenta con 35 campeonatos profesionales en Primera División, una decena de títulos internacionales y otras tantas copas domésticas. Resulta casi inverosímil para quienes no fueron contemporáneos de aquella época, pero sí, así como alguna vez le tocó descender a la Segunda División, esta sequía de títulos también sucedió y forma parte de su historia. Curiosamente una de las etapas más dramáticas de River nació tras obtener algo casi inédito en el fútbol local: un tricampeonato. En los años 1955, 1956 y 1957 la cima del fútbol argento fue blanca y roja, luego nada, sólo frustración tras frustración, mala suerte y algo más.

En 1962 se enfrentó en la Bombonera al eterno rival. Necesitaba no perder para proclamarse campeón. El duelo se lo llevó Boca por 1 a 0 y a la fecha siguiente se quedó con el título por sobre La Banda. Sin embargo, ese clásico es recordado por una jugada puntual. River tuvo un penal a favor con el cual pudo haber llegado al empate, pero Antonio Roma se adelantó groseramente y le detuvo el remate al brasileño Delem. El juez hizo la vista gorda y la ocasión de gol se perdió, igual que posteriormente el campeonato para los Millonarios. En 1966 llegaría el segundo grito de campeón atragantado. River disputaba nada menos que la final de la Copa Libertadores frente a Peñarol. Con el resultado 2 a 0 a favor, cuentan quienes peinan canas que Amadeo Carrizo salió jugando luego de parar la pelota con el pecho y esto no cayó nada bien en los uruguayos, quienes lo tomaron como una provocación. Con el orgullo tocado, dieron vuelta la final y el Carbonero terminó ganado 4 a 2,  instaurándole así el mote de “Gallina” a River.

En 1968, tras 10 años sin títulos, River formó parte del triangular que definió el Torneo Nacional junto a Racing y Vélez. Nuevamente se quedó con las manos vacías pese a estar tan cerca. Cuando enfrentó al Fortín, el árbitro Guillermo Nimo no vio la mano del defensor Luis Gallo, que se arrojó de palomita para evitar lo que hubiese sido gol del Millonario. Tras ese encuentro, Vélez fue campeón por primera vez en su historia. Un año después fue Chacarita Juniors quien le arrebató el torneo y consiguió su único campeonato en Primera División, venciéndolo 4 a 1 en la final. Pero si algo le faltaba a River para que la maldición sea completa, era perder un título por diferencia de gol. Eso le ocurrió en 1970, cuando en igualdad de puntos, Independiente sumó apenas un tanto más y se quedó con el trofeo.

Ángel Labruna, quien había sido participe del último campeonato de River en el ’57 como jugador, llegó al banco para hacerse cargo del equipo con la promesa de cortar la racha negativa. Finalmente, se dio en el Metropolitano de 1975. Con un curioso equipo juvenil por un paro en el fútbol argentino, el Millonario campeonó ante Argentinos Juniors. Pero los responsables a lo largo del torneo fueron Ubaldo Fillol, Roberto Perfumo, Norberto Alonso, Juan José López, Reinaldo Merlo, Carlos Morete y Oscar Más, entre otros, para que de una vez por todas la vuelta olímpica más esperada se haga realidad.

Por Marcos García.