A contramano de lo imaginado, aprovechando que el entrenador belga no interpretó bien el partido desde la formación y estrategia iniciales (Courtois; Alderweireld, Kompany, Vertonghen; Meunier, De Bruyne, Witsel, Ferreira-Carrasco; Mertens, Lukaku y Eden Hazard), Japón salió con un once configurado para (Kawashima; Sakai, Yoshida, Shoji, Nagatomo; Hasebe, Shibasaki; Haraguchi, Kagawa, Inui; Osako) presionar alto y no tardó en adueñarse del mediocampo con un planteo muy práctico que también expuso a los centrales belgas debido al poco retroceso por parte de los dos exteriores y a la nula contención que proveía el eje De Bruyne-Witsel.

La cobertura de espacios nipona a lo largo y ancho fue tan eficiente que ni De Bruyne –muy apagado, extraño en un jugador de su calidad– ni Hazard pudieron aprovechar su pase filtrado y gambeta para habilitar a un voluntarioso Lukaku. Sin brillar ni mucho menos, el equipo de Akira Nishino estableció su dominio y se acercó con tibios intentos de Kagawa y Haraguchi, bien controlados por Courtois.

El toque constante en velocidad de los japoneses desconcertó a Bélgica y trajo los recuerdos de aquella liviana eliminación en la Eurocopa 2016 en la que también partieron como candidatos ¿Cuál fue la manera de evitar ser previsibles ante un rival de mayor jerarquía colectiva e individual? Los desmarques sin punto de referencia y el evitar retener la pelota más de lo necesario, algo que también les posibilitó cerrarse con mucha velocidad.

Roberto Martínez pudo respirar un poco pasando los quince minutos, ya que con mayor posesión su equipo pareció bastante más asentado en el partido. A pesar de ello, las señales europeas en ataque se limitaban a intentos individuales de Mertens y Hazard, quienes con su buena media distancia buscaron aprovechar –sin éxito alguno– los espacios que les generaba un Lukaku en modo sacrificio ante una defensa que no salía nunca a achicar espacios más allá de la zona de tres cuartos de su propio campo.

Los reflejos de Kawashima ante el mencionado Lukaku mantuvieron a su escuadra en partido, quedando en claro que muchas veces el peso de los nombres puede superar a una estructura inteligente y eficaz. El acierto de Bélgica para mejorar en ataque fue justamente partirse al medio en cada fase, evitar el mediocampo en las dos transiciones, llegando con mayor frecuencia y profundidad al área contraria.

Pero este asedio fue un mero espejismo, ya que en cuanto Hasebe y Shibasaki recuperaron el control del mediocampo, todo volvió a ser como en los primeros minutos. Una buena corrida de Nagatomo que Inui no definió por obra y gracia de un milagro fueron la indicación de que algo no estaba funcionando del lado belga, de que se necesitaría mucho más que la mera chapa para superar la compleja barrera de octavos de final en Rusia 2018.

La lentitud y tranquilidad con las que salió Bélgica al segundo tiempo la dejó al borde de un knock out histórico: Mertens se equivocó en una entrega simple, Haraguchi superó a un inexplicable Vertonghen y remató cruzado para poner el 1-0 y desatar la locura en la tribuna japonesa. El impacto fue inmediato, replicando Hazard con un disparo a la carrera que dejó temblando el palo, luego de una buena jugada de Mertens por la banda. A medida que pasaban los minutos, la desesperación de los Diablos Rojos crecía, algo de lo que Nishino tomó nota a la hora de pedirle a sus soldados que redoblen la marca en donde había espacios al por mayor.

La nula reacción de Martínez quedó aún más en evidencia con el sensacional bombazo de Inui que dejó el marcador 2-0 para una selección de Japón que estaba sorprendiendo al mundo. La presión era toda para esta generación dorada belga, que exhibía un panorama desolador en lo colectivo: no recortaba ni cubría los huecos y no sacaba ventaja de las dudas del arquero rival en la pelota parada, sin respuestas ni dentro ni fuera de la cancha de cara a los 25 minutos finales.

De la mano de un atrevido Meunier, se comenzaron a ver las primeras señales de vida, con Lukaku peinando un centro suyo que salió apenas desviado. Una reacción providencial de Courtois en un centro atrás de Sakai evitó una paliza histórica y puso punto final al avance de un Japón que sobre el cierre del partido mostraría que todavía le falta mucha madurez.

El ex director técnico del Everton, movió el banco con acierto: Fellaini y Chadli entraron por Mertens y Carrasco, renovando las piernas en los metros finales y dándole contención a una línea de volantes muy light. Si bien no es el jugador más ortodoxo del mundo, el volante central del Manchester United demostró ser el mejor bombero, liderando al instante dos avances veloces que estuvieron cerca de reducir la distancia en el marcador.

Ante tantos centros, las dudas de los centrales y el portero se convirtieron en un verdadero karma, descontando Vertonghen con un cabezazo defectuoso –en realidad, un intento de centro– que terminó metiéndose por encima de Kawashima. Sin dejar respirar a Japón, Chadli rompió otra vez en velocidad y dejó delante del arco a De Bruyne, pero el del Manchester City volvió a mostrar que esa no era su noche.

Lo que vino después es historia conocida: Fellaini cargó con absoluta fiereza en el enésimo centro y consiguió un empate que parecía milagroso, pero que era justo debido a la superioridad mostrada por los belgas a partir de las modificaciones. Regalando por completo el contragolpe, sin defensa, Bélgica se expuso a una derrota que no llegó por un par de cruces buenos de Alderweireld y Kompany luego de ataques liderados por el ingresado Honda.

Los cabezazos a quemarropa de Lukaku y Chadli chocaron contra las manos del arquero a los 85 minutos, mientras que un tremendo disparo de Vertonghen corrió la misma suerte. Sin achicarse, los de Nishino forzaron al portero del Chelsea a sacar dos manotazos fenomenales para evitar un gol en contra de Witsel y un tiro libre a pura clase de Honda.

Y de sus manos fue de donde salió el contragolpe que terminaría rematando a los valientes samuráis: un pase en frío a De Bruyne quien en su intervención más lúcida condujo, abrió con Meunier y el lateral del Paris Saint Germain –sacándole jugo a la capacidad de Lukaku para arrastrar la marca de tres jugadores– dejó solo a Chadli quien empujó la pelota al fondo de la red y condenó la mezcla de tibieza e inexperiencia mostrada por los japoneses en los momentos decisivos.