Existen acontecimientos que marcan un antes y un después en la historia. En este caso, del fútbol. Un 22 de junio de 1986, la historia de los Mundiales dejaría de ser la misma. Así como el fútbol a nivel mundial sigue progresando y el VAR hoy está en boca de todos por los resultados que se ven en plena Copa del Mundo, hace 32 años un jugador desafiaba las leyes del deporte y ponía en ridículo a todo un país y a la FIFA con su mano izquierda.

Parándonos en la actualidad, o suponiendo que la video asistencia hubiera existido en ese entonces, hubiera bastado con que Alí Bennaceur recibiera un aviso desde la sala de video y, después de dibujar un cuadrado con sus manos, ver repetidas veces la jugada, hasta identificar que Maradona acababa de convertir el gol con su mano y no con su cabeza. Acto seguido, el 10 de camiseta azul hubiera sido expulsado y hoy sería imposible hablar, no solo de la Mano de Dios, sino del Gol del Siglo.

Victor Hugo Moráles sería, simplemente, un relator urguayo recordado por su latigillo “Tá, tá, tá, tá”, antes de cada grito de gol, y no el hombre que describió mejor que cualquiera la obra de arte más grandiosa que se pudo haber visto en una competición de esa envergadura. Visto u oído, o visto desde lejos, sin el HD y las infinitas cámaras de hoy en día, agolpado en la puerta de un bar que tenía una diminuta tele allá arriba y que apenas alcanzaba para entender que el equipo de Bilardo se había puesto en ventaja, como cualquier argentino o argentina que vivió en tiempo real el gol más recordado de todos. Ni hablar del futuro del propio Maradona, maltratado por la prensa y la opinión pública hasta ese Mundial.

Alí Bennaceur no hubiera sido ridiculizado en su Túnez natal al volver por no haber visto esa acción y hubiera vuelto a arbitrar alguna vez un partido entre naciones. Asimismo, Bogdan Dochev no hubiera muerto a los 80 años en Bulgaria, señalado como el línea que no alcanzó a divisar que el puño y la picardía de Maradona estaban pasando por encima de lo permitido. Tampoco hubieran sido iguales las vidas de Hoddle, Reid, Sansom, Butcher, Fenwick y el arquero Shilton, o mejor dicho, hubieran sido más normales. Seguramente Shilton hubiera invitado a Diego a su partido despedida, después de haberse retirado en 1997, y no sentiría que el pibe que nació en Villa Fiorito lo perseguiría como una parte oscura de su carrera. El resto no hubieran pasado a la historia como jugadores que quedaron atrás sin atinar a hacer nada para detener al jugador que no pararía hasta la final, en la que levantó el trofeo frente a Alemania Federal.

Casualidad o injusticia, poco importa a esta altura, con canciones, cuentos, poemas y la foto inmortalizada de un hombre de 1,65m, ayudado por unos centímetros de más, haciendo justicia por unos cuantos minutos. Es correcto decir que una acción que se considera deshonrosa, por el sólo hecho de haber formado parte de un partido histórico, con la guerra por las Malvinas todavía fresca en la memoria y el fantasma de Ratin saliendo a las puteadas de Wembley sin entender por qué lo habían echado ante esa selección inglesa que se terminó consagrando dos fases después, pasó a ser una revancha en el marco de 90 minutos para un país que venía golpeado.

Después de aquella eliminación en el ’66 se empezaría a jugar con tarjetas. Después de esa tarde en el estadio Azteca en 1986, los genios del fútbol se durmieron y hasta hace muy poco no encontraron manera de evitar algo parecido… y se celebra, sinceramente, hasta el día de hoy. Porque si alguna vez el diablo metió la cola para perjudicar a Argentina, hace 32 años Dios metió la mano y la balanza se equilibró -al menos por un momento- y la historia del deporte que ellos inventaron cambiaría para siempre.

Por Gustavo Gallardo Kuster.