He oído a muchas personas decir que Guardiola le ha hecho daño al fútbol. Incluso algunas veces lo he oído de entrenadores y jugadores, fuentes en teoría confiables que me llevaron a al menos intentar entenderlo. Hoy sé que definitivamente no estoy de acuerdo, pero sí creo que, matizada, la afirmación puede tener cierto sentido. Guardiola no ha hecho daño (al fin y al cabo, ver a ese Barcelona debió haberle generado cuando menos placer a cualquier hincha del fútbol), pero sí lo ha hecho la forma en que muchos lo han leído e interpretado. Y el que es para mí uno de los casos más escandalosos de estas secuelas es el de Messi y la Selección Argentina.

Ha pasado entrenador tras entrenador buscando emular a ese Barcelona multi-campeón. Cada uno, a su manera, ha intentado lograr que Messi sea “el Messi de Barcelona”. Más allá de la problemática basal que implica esa búsqueda de traslación, primero hay que entender bien cómo es “el Messi de Barcelona”. La presión mediática y popular, el poco tiempo grupal que tienen hoy las selecciones nacionales y la sombra del Barça han llevado a los entrenadores y a los jugadores argentinos a confundir protagonismo con dependencia, calidad con cantidad, equipo con individuo. Es decir, el protagonismo de Messi –ahora dependencia– se ha convertido en que por él debe pasar cada pelota; los jugadores esperan a que aparezca para darle a él la responsabilidad que se le ha asignado y que a ellos se les ha prohibido. Y el problema es que Argentina no sólo tiene al mejor del mundo, también tiene a grandísimos jugadores que pasan la mayoría del año dentro de un equipo que juega para ellos. ¿Cómo hacer para que Dybala, Icardi, Agüero y tantos jugadores argentinos que son figuras en sus equipos se sientan cómodos con un papel secundario? La solución no está en que le tengan que ceder todo el protagonismo a Messi. Tampoco en dejarlos por fuera. No, hay que jugar con los mejores. Lo que hay que hacer es entender mejor qué significa el papel primario de Messi. Y para eso sí hay que volver a Pep y leerlo bien.

Desde 2009 Guardiola comprendió perfectamente en qué debía consistir el protagonismo de Messi. Entendió que dentro de la cancha es mucho más inteligente que cualquiera de nosotros, y que no necesita estar activo todo el tiempo para que el equipo gire en torno a él. Entendió que puede jugar todos los partidos y no salir nunca porque él sabe descansar durante el partido. De hecho, sabe hacer de ese descanso un elemento esencial dentro de su juego. Entendió que Messi es mucho más importante si sus intervenciones son esporádicas, que está bien que desaparezca cada tanto. Entendió que darle libertad y tranquilidad dentro de la cancha potencia al equipo y a las figuras que lo rodean. Así Messi le ha regalado una época dorada de títulos al Barça, y así puede regalarle un Mundial a Argentina y una alegría a todos los que a través de él sentimos una especie de emoción nostálgica por la esencia lúdica del fútbol.

Argentina preocupa, y de Sampaoli depende que Messi no se vuelva una incomodidad, que tener al más grande de todos no sea un obstáculo para armar un equipo que juegue bien. De los jugadores depende entender que no dársela siempre no sólo está bien, sino que es necesario para que podamos ver al mejor Messi y a la mejor Argentina. De todos depende quitarle presión para que no termine sus partidos con la Selección bañado en sudor sino apenas transpirando, acalorado, como lo hace en Barcelona. A Messi no hay que explotarlo. Hay que adoptar lo que él entiende por “protagonismo” y dejarlo tranquilo: que juegue cuando a él le parezca necesario, que descanse y se haga el distraído cuando lo crea pertinente, que intervenga cuando él sienta que lo debe hacer. Él sabe mejor.