No hay que ser necios: Argentina mostró varias señales positivas en su caída por 2-0 frente a Brasil en la primera de las semifinales de la Copa América 2019. Más allá de eso, la realidad marca que la Argentina no fue superior a un rival que fue mucho más sólido y práctico en todas las zonas del campo de juego. Si hay algo que caracteriza al Brasil de Tite es que no da vueltas: tiene un plan colectivo claro, también tiene alternativas por si este llega a fallar, en la cancha lo ejecuta con convicción grupal desde un talento individual notorio y corona todas sus virtudes estratégico-tácticas con una eficacia altísima.

El jogo bonito se terminó en México 86, no hay demasiados secretos al respecto, pero lo cierto es que Tite ha sabido como equilibrar de forma correcta una línea defensiva muy bien coordinada, impasable en lo físico y en lo táctico (sin importar quienes sean sus intérpretes) y la pulsión por la verticalidad y la creatividad que tienen sus volantes y atacantes. Ayer, el experimentado seleccionador brasileño optó por el mismo esquema que utilizó en todo el torneo: Alisson Becker; Dani Alves, Marquinhos (Miranda), Thiago Silva, Alex Sandro; Casemiro, Arthur; Gabriel Jesús (Allan), Philippe Coutinho, Everton (Willian); Roberto Firmino. Un 4-2-3-1 que en fase ofensiva pasa a ser un 4-2-4 por completo dinámico y que en defensiva se despliega por todo el campo de juego como un 4-1-4-1 muy rocoso.

Lionel Scaloni eligió mantener lo que le había dado resultados –a muy distinta escala– tanto contra Qatar como contra Venezuela: Franco Armani; Juan Foyth, Germán Pezzella, Nicolás Otamendi, Nicolás Tagliafico (Paulo Dybala); Rodrigo De Paul (Giovani Lo Celso), Leandro Paredes, Marcos Acuña (Ángel Di María); Lionel Messi; Lautaro Martínez y Sergio Agüero. Volvió a optar por ese 4-3-1-2 híbrido que no había mostrado mucha solidez en la defensa y que dependió siempre al cien por cien de la capacidad física de sus dos interiores tanto en ataque como en las coberturas. Y tal vez estos factores hayan sido la debilidad que más explotó Brasil en un partido friccionado, con protagonismo repartido y en el que se terminó por imponer de forma merecida la mejor (más trabajada, más inteligente) estructura colectiva.

El primer tiempo inició con Paredes intentando ser un mediocentro clásico debido a la presión muy alta de los cuatro atacantes brasileños sobre la dubitativa salida de Otamendi y Pezzella. El objetivo de lograr que la Argentina no saliese ordenada se cumplió velozmente, quedando en evidencia que si los dos centrales albicelestes no salían hasta la mitad de cancha con la pelota al pie, los espacios para los arranques de Everton, Coutinho y Jesús iban a ser muchísimos.

Los volantes de contención brasileños hicieron su trabajo a la perfección cortando siempre las líneas de pase por las bandas y el centro, presionando de forma asfixiante y agresiva, aunque sin poder explotar a Everton en el mano a mano contra Foyth. Casemiro anuló a Messi durante el primer tramo y fue rueda de auxilio para cada uno de sus compañeros sobre las bandas, consiguiendo superioridad numérica en casi todos los avances. Paredes buscó cortar el juego con muchas infracciones evitables pero lógicas debido a que no es un volante de marca nativo, siendo ilógica la cantidad de patadas que pegó Tagliafico quien se vio por completo desbordado tanto por Gabriel Jesús como por un Dani Alves en modo supremo tanto en ataque como en defensa.

El bombazo de Paredes desde tres cuartos rozó el ángulo, pero también evidenció que las ocasiones de gol llegarían no por buen funcionamiento colectivo, sino por conexiones o intentos específicos basados en la química entre ciertos jugadores. En un partido ya demasiado friccionado y luchado en el círculo central, lo mejor de la Argentina apareció cuando Messi fue utilizado como enlace clásico y conectó en velocidad con dos delanteros muy sacrificados y encendidos. Pero estas cuestiones positivas se vieron eclipsadas por un horror de Foyth ante Jesús que fue solventado por Pezzella y por lo que siguió a esa jugada: Dani Alves lideró la carga con un sombrero delicioso, enganchó ante Paredes, abrió en profundidad de cachetada, Firmino lanzó un centro impecable y el delantero del Manchester City empujó al fondo de la red.

Si bien la Argentina trató de no perder el orden, la gran cantidad de pases en corto no respondieron a la poca cantidad de rotaciones posicionales de sus volantes. La derivación lógica de todo esto fueron transiciones muy lentas, insulsas y pesadas, que tuvieron como contraparte la velocidad supersónica de Brasil a la hora de alternar entre fases con sus dos puntas entrando y saliendo del área continuamente. Los de Scaloni quedaron por completo partidos para compensar esto y se encomendaron a la pelota larga para un Messi que empezó a mostrar los dientes: primero con un centro llovido que Agüero cabeceó al travesaño y luego con un pique corto digno de su versión de hace diez años que fue mal definido por el jugador del City.

Con más amor propio que otra cosa, aprovechando que el capitán estaba jugando su mejor partido en este torneo, Argentina logró alejar a los pupilos de Tite de Franco Armani. Más allá del subidón que generó la aparición de Messi, Brasil asustó de nuevo cuando pudo quebrar la doble línea de cuatro bien cerrada que proponía Argentina: Foyth cruzó justo a tiempo ante Everton dentro del área y Armani hizo lo propio con un disparo a colocar de Arthur que terminó yendo directo a sus manos. El primer tiempo finalizó tal como empezó: la Canarinha dominando, regulando los tiempos y el físico a la perfección, rompiendo a la defensa rival con mucha fluidez y aprovechando el espacio que dejaban Acuña y De Paul en la zona de gatillo al no pasar al ataque ni cerrarse en el retroceso.

El complemento encontró al local presionando por la derecha con el recién ingresado Willian y configurando un 4-2-2-2 con el extremo del Chelsea y Coutinho como mediapuntas y dos delanteros centro siempre móviles ¿Por qué la Argentina seguía siendo lenta en la transición? Porque Paredes y Otamendi se superponían en la labor de ser salida por lo bajo, algo leído con inteligencia por un Tite que veía como su equipo edificaba el triunfo sobre la falta de extremos naturales de la Argentina y el intento de colocar a interiores como delanteros, algo que se subraya como un error conceptual grosero.

Todo mejoró cuando Agüero salió del área a jugar como un segundo enlace, combinándose muy bien con Messi y confundiendo a un Casemiro que debió reordenar sus prioridades ante este movimiento espontáneo. Primero avisó De Paul con un bombazo de frente bastante elevado, respondiendo Brasil con una gran jugada colectiva impulsada por Alves y Jesús y finalizada apenas desviada por Coutinho sin resistencia de los centrales. El palo le negó a Messi lo que hubiese sido un golazo y el centro rasante posterior no pudo ser empujado por nadie: a pesar de seguir refugiada, los tres de arriba habían conseguido más espacios merced de un Brasil que seguía buscando de forma colectiva el segundo gol para estar tranquilo.

El ingreso de Di María por un flojo Acuña sirvió para renovar aire con el ariete del PSG como extremo libre, mientras que del otro lado Marquinhos pagaba el coste de no haber salido siquiera un minuto y era reemplazado por un Miranda que mostró hasta el final la misma solidez que él. Messi volvió a insinuar con un tiro libre al ángulo que fue controlado con mucha facilidad por Alisson y la salida de De Paul (lo reemplazó Lo Celso) desinfló por completo a un equipo entusiasta que no pudo aprovechar el cansancio de su clásico rival: en un contragolpe donde quedaron mano a mano los centrales y Tagliafico con Jesús y Firmino, el atacante del Manchester City se sacó de encima a ambos, los hizo pasar de largo y le sirvió el 2-0 a Firmino.

El ingreso de Dybala por Tagliafico llegó muy tarde, cuando todo eran patadas a pura bronca de los argentinos e intentos más bien impulsados por la rebeldía individual. Tal vez un reflejo de lo que fueron los mejores tramos del seleccionado en esta Copa América; una vez que Messi mostró un nivel personal superior al chato promedio, sin brillar ni mucho menos, Lautaro Martínez, Sergio Agüero, Rodrigo De Paul y Leandro Paredes vieron su buen rendimiento general potenciado y lograron crear algo de peligro (ante rival impasable) desde sus acertadas conexiones en velocidad cerca del área.

Lo único que no pudo maquillarse nunca (ni en los amistosos ni jugando por los puntos) en el cuadro de Lionel Scaloni fue la pésima coordinación defensiva, siendo su línea de cuatro hombres una incapaz de controlar a ningún rival por los costados y una muy endeble tanto en el retroceso como en el juego aéreo. La Argentina cerrará su participación en este torneo jugando por un irrelevante tercer puesto, pero se retira con un semblante más positivo que el imaginado: por primera vez en este ciclo el equipo transmitió fibra y lucha, intentó llevar adelante una estrategia ofensiva razonable y varios de los nombres nuevos se consolidaron como las bases de una refundación no será fácil, pero que ya tiene el trabajo del recambio prácticamente completo. Tendrá que ser un trabajo verdaderamente a largo plazo, realizado con muchísima paciencia interna y externa y conducido por un entrenador con mayor experiencia y conocimientos futbolísticos que el actual.