La Selección dirigida por Rubén Magnano llegó a un Juego Olímpico como tal vez nunca había llegado. Con un grupo joven, pero con mucha hambre de gloria y con experiencia en torneos continentales e internacionales. En su espalda, la mayoría ya cargaba con un subcampeonato Mundial tras haber derrotado a los Estados Unidos en su casa. Allí habían llegado gracias al campeonato FIBA Américas obtenido en Neuquén que les permitió estar en Indianápolis.

 

 

En la antesala de Atenas, ese mismo año, Argentina había logrado quedarse con el Campeonato Sudamericano disputado en Brasil, a quien le arrebataría el primer puesto en la final de su torneo. Todo estaba dado para que la ilusión de conseguir una medalla olímpica se concretara. Y como si fuera poco, contaba con un gran as bajo la manga: Emanuel Ginóbili.

Manu ya era un jugador NBA por aquel entonces, y contaba con un anillo de campeón con los San Antonio Spurs. Había sido parte del subcampeonato en 2002 y asomaba como el emblema que realmente fue en ese histórico torneo. No obstante, y sin duda alguna, la figura del partido final frente a Italia fue el hoy actual capitán y jugador con más presencias en la Selección: Luis Scola. El ala-pívot brilló en la final olímpica con 25 puntos y resultó imparable para la defensa rival. Argentina se sobrepuso en el tanteador con un 84 a 69 como desenlace.

Atenas dejó unos inmensos recuerdos en la mente de los hinchas y fanáticos del básquet. Ya desde el inicio, cuando en el primer partido el conjunto argentino se impuso frente a Serbia y Montenegro –parte importante de la ex Yugoslavia quien fuera su verdugo del Mundial 2002–, y así un par de años después lograr tomarse revancha gracias a una palomita de Ginóbili en la que lanzó el balón de sus manos tras un contragolpe a tres segundos del final para estampar el 83-82 definitivo. Y pese a quedar tercera en la Zona A tras caer ante España e Italia, eliminar a Grecia, el local, en cuartos de final en un durísimo partido. La alegría fue completa cuando en semis la Argentina se aseguró una medalla al vencer históricamente al Dream Team de los Estados Unidos.

Con los laureles en sus cabezas y el medallón de oro en sus cuellos, cada uno de los 12 jugadores de aquella inolvidable Selección Argentina se subieron al podio olímpico después de derrotar en la final a Italia, con quien habían perdido por tan sólo un punto en primera fase. La Generación Dorada se bautizó aquel 28 de agosto ante la prensa mundial, pero su legado había comenzado mucho antes -y continuaría mucho después-.

Por Marcos García.