Estamos a pocos días del inicio de un nuevo Mundial. Una ilusión comienza a generarse en la máxima cita de selecciones y todos los fanáticos del fútbol comienzan a recordar los grandes episodios de Argentina dentro de una Copa del Mundo. El gol de Diego Maradona a los ingleses, el abrazo del alma en la final de 1978, las atajadas en los penales de Sergio Goycochea. Sin embargo, hace 12 años ocurría un hecho que nadie quiere rememorar: un 12 de junio, la Albiceleste quedaba eliminada en la fase de grupos de Corea-Japón 2002.

Tras haberse disputado este tipo de eventos en otros países como Italia o Francia, ahora llegaba el turno de la unión de estas dos naciones asiáticas. El equipo dirigido por Marcelo Bielsa arribaba como uno de los candidatos, ya que previamente las Eliminatorias Sudamericanas habían sido un trámite. Una sola derrota y al momento de observar la tabla en el final, con los 43 puntos obtenidos le había sacado 12 de diferencia a su perseguidor, la selección ecuatoriana.

En el momento que comenzó a rodar la pelota y con el avance de los días, la etiqueta de “favorito” se modificó poco a poco. Empezaron a aparecer algunos problemas. Además de integrar el famoso “Grupo de la Muerte” (junto a Nigeria, Inglaterra y Suecia), las posiciones en los sistemas tácticos dejaron tela para cortar y en aquella oportunidad los protagonistas de la polémica fueron Gabriel Batistuta y Hernán Crespo. Fue el propio entrenador quien se negaba a juntar esta dupla en el campo de juego debido al esquema propuesto.

El primer partido se jugó ante Nigeria, un rival destinado a enfrentarse en los últimos mundiales. Con gol de Gabriel Batistuta de cabeza, Argentina sumaba sus primeras tres unidades.  Sin embargo, la desgracia comenzó a agravarse cuando Inglaterra se apropió de la victoria por la mínima diferencia dejando groggy al equipo del Loco, que esta vez se jugaba todas sus fichas en la tercera y última fecha.

En el Estadio de Miyagi no iban a existir grises. Era blanco o era negro. Eran octavos de final o era el avión de regreso a casa. Bielsa tenía todo listo: en aquella oportunidad dispuso que el once inicial sea Pablo Cavallero; Mauricio Pochettino, José Chamot, Walter Samuel; Javier Zanetti, Matías Almeyda, Juan Pablo Sorín; Pablo Aimar; Ariel Ortega, Gabriel Batistuta y Claudio López. 

Con la urgencia de ganar y de buscar constantemente el gol, los argentinos pagaron caro el error. Suecia fue dominado, y la igualdad también les servía para avanzar de fase. Sin embargo, a los 14 minutos del segundo tiempo apareció Anders Svensson con un tiro libre para inclinar la balanza y la clasificación momentánea para el seleccionado sueco. Fin de las especulaciones y ahora Argentina necesitaba al menos dos goles. La Albiceleste siguió buscando, con más empuje y corazón que juego.

Nada de esto sucedió hasta los instantes finales. A falta de dos minutos para que se concrete el tiempo reglamentario, llegó el gol del bicampeón del mundo. Ariel Ortega, quien se las había rebuscado para generar un penal, no pudo concretar tras la atajada de Magnus Hedman. El rebote del sueco fue aprovechado por Crespo, quien marcó el empate y le daba un ambiente de nerviosismo al desenlace del encuentro. Aunque la búsqueda continuó, nada más se pudo hacer.

Los 13 triunfos en las Eliminatorias Sudamericanas quedaron derrumbados en los 270 y pico de minutos que se jugaron en el continente asiático. Una eliminación que ha marcado un episodio inesperado y doloroso en la historia de la Selección Argentina. Las expectativas que se habían generado en torno a la delegación encabezada por Marcelo Bielsa se derrumbaron en un abrir y cerrar de ojos.

Así como había ocurrido en 1958, 44 años después, la Albiceleste también se despedía en primera ronda. Brasil daría la vuelta olímpica, levantando ese trofeo color dorado que se niega hace varios años a llegar al suelo argentino.

Por Nicolás González.