Hay una generación de jóvenes adultos argentinos, futboleros y futboleras ­­­­­­­­­­­­­­–apasionados como cada uno de los más de 40 millones que somos – a los que les duele la Copa América de 1993. Aquel torneo continental que se disputó en tierras ecuatorianas culminó con la Selección Argentina levantando el trofeo tras ganarle la final a México por 2 a 1. El logro fue mayor para Alfio Basile, el técnico que dirigía al seleccionado, que de este modo consiguió transformarse en bicampeón de América luego de haberse consagrado dos años antes en la misma competición que se llevó a cabo en Chile, en el año 1991. Sin embargo, hay una generación de jóvenes argentinos a la que le duele cada año un poco más.

¿Cómo se explica que un título obtenido por tu país te cause angustia y te acongoje? ¿De dónde nace la lógica de que una copa más en las vitrinas de tu asociación te aflija, te amargue y te atormente? Tal vez la nostalgia, que nunca resulta una buena compañera, pero es la misma que se torna más intensa con el paso de los calendarios. Quizás el creerse los mejores, aunque seguramente muchos no quieran ni sumar. Es mejor no pensar en que ya pasaron más de 9100 días. Porque calcular eso te hace caer en que ya transcurrieron 300 meses. Y luego tenés que utilizar una calculadora, o como mínimo un ábaco (eso que los millennials casi que desconocen que alguna vez existió), o en todo caso que alguien te dé una mano, literal, porque ni con la suma de manos y pies propios se logra alcanzar el número que causa una gran desazón.

Se cumplen 25 largos años del último título de la Selección Argentina mayor. Demasiado tiempo para un país en el que se nace, se crece y se vive el fútbol con una pasión inconmensurable. Una sociedad que hizo del fútbol su refugio, y que en él descarga desde sus mejores sentimientos hasta sus peores frustraciones. Pero créame que es mejor pensarlo en años, porque si nos detenemos a pensar que esa misma cantidad de tiempo equivale a decir que hace un cuarto de siglo que la Argentina no corona un campeonato la pesadumbre cala más hondo. A esta generación de la que les hablo, que alcanza hasta aquellos de treinta y pocos años (porque difícilmente se tenga noción real antes de los cinco años como para recordar que tu país ganó una copa que no sea un Mundial), les duele también haber estado cerca tantas veces de algún ansiado trofeo que otorgue el certificado de campeón. Siete veces cerca.

La caída ante Dinamarca en la Copa Confederaciones de 1995 fue la primera de los siete subcampeonatos. Le siguió la Copa América 2004, la Copa Confederaciones 2005 y la Copa América 2007, las tres con derrotas frente al clásico sudamericano: Brasil. Más tarde fue la dolorosa final del mundo ante Alemania en 2014, seguida por dos Copas Américas que colocaron a Chile como vencedor en el 2015 y 2016, respectivamente. Siete veces en las que esta generación de jóvenes adultos argentinos, futboleros y futboleras, se quedaron en las puertas de festejar ser el mejor. Hoy el horizonte se ve, lamentablemente, un tanto más oscuro. Con la temprana eliminación del Mundial de Rusia 2018, y sin rumbo dirigencial ni técnico estable, tal vez sea momento de que esa generación entienda, de una vez por todas, que la Selección Argentina mayor hace 25 años que no es la mejor del continente ni del mundo. Para que deje de doler, habrá que refundarse.

Por Marcos García.