Que lo pario che. En cuantos líos estuvimos metidos en estos últimos días, meses u hasta años. Desde aquel 38-38 para elegir presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, los cheques rebotados de Martino que catapultaron su salida, la designación a dedo y sin consenso de Bauza por la Comisión “Normalizadora” hasta llegar a ayer. En realidad, el partido de anoche era la famosa “última gota del vaso”, la cual puede rebalsar o puede rozar de cerca y pasar inadvertida.

Es cierto, para muchos los cambios drásticos deben darse soslayadamente para que todo se mezcle y baraje de nuevo. Para otros, todo aquel proceso cambiario se debe realizar siendo parte de los objetivos/competencias. Y eso nos pasó, créanme. Había muchísimos argentinos que mencionaban la chance de “no ir al Mundial” para la refundación del fútbol nacional. Casi como un remake del descenso de River o Independiente. Pero esta Selección Argentina -repleta de futbolistas de una jerarquía descomunal- tenía la chance de meternos en Rusia 2018. Será hora nomás de googlear lugares desconocidos como Ekaterimburgo, Kaliningrado, Nizhni Nóvgorod, Rostov, Saransk, Sochi o Volgogrado.

Pero, párrafo aparte y con el objetivo ya consumado, quería escribirle a él. A un tal Lionel Messi. Ese purrete que nació en Rosario un 24 de junio de 1987 y que tuvo que pasar un sinfín de vicisitudes en su infancia. Pichicata por acá, por allá, para llegar a ser el rey del fútbol. Claro, para muchos, sólo en Barcelona. No quedan más que palabras de agradecimiento. Por su fútbol, por sus goles, por su liderazgo silencioso pero eficaz, por sus declaraciones post victoria ante Ecuador. Gracias, Leo. Gracias por ser el goleador histórico de la Selección Argentina, por ayer haberte convertido en el goleador histórico de las Eliminatorias junto con tu amigo Luís Suárez, ambos con 21 tantos.

En realidad, quiero irme más atrás.

La carrera de Leo en Argentina arrancó mucho tiempo antes, cuando Claudio Vivas lo martirizó a Hugo Tocalli para que convoque de urgencia a Messi, para que se ponga la albiceleste un 29 de junio de 2004 y no se la saque nunca más. Aquel amistoso, más que amistoso fue un partido de barrio ante Paraguay, terminó 7-0 y el por entonces número 19 anotó un gol luego de ingresar a los 70 minutos.

Llegó la Copa América 2011. Y comenzó, de a poco, una pesadilla de la que por momentos pensé que no iba a despertar nunca. Luego del empate 0-0 ante Colombia y un tiro libre ejecutado a las nubes por Messi, el hincha lo silbó. Si, silbó al mejor de todos. A aquel que, fin de semana tras fin de semana, hacía de a dos o tres goles en Barcelona. “Claro, allá la rompe y acá nada”. “Mirá la cara que pone cuando suena el himno. No siente a la Argentina. Que se vaya a jugar a España”, con estas frases y tantas otras nacía el “Argentun Anti-Messi”.

Segurola y Habana, programa que se emitía en Radio Nacional, ejemplificó muy bien a esta especie: “Es un mamífero de la familia de los humanos que habita en la llanuras, montañas, bosques y mesetas de lo que actualmente se conoce como la República Argentina. Afirma también, que los investigadores han realizado estudios y que solo han detectado estos curiosos especímenes aquí en el Sur del Mundo. El Argentun Anti-Messi tiene una alteración neuronal que le produce una fijación irracional con la ciudad de Barcelona”.

Vaya si le costó ser querido por el público argentino. Después de una buena Eliminatoria, llegó el Mundial. Casi que gracias a él, Argentina pasó la fase de grupos. Es cierto, quizá no brilló en los partidos finales pero redondeó una muy buena Copa del Mundo. Y hago un stop acá. Que revés. Que cachetazo al fútbol. ¿Cómo podía negársele a Lionel Messi el Mundial? Si lo tuvo ahí para definir y la pelota besó el palo custodidado por Neuer. Y no me olvido de vos, Nicola Rizzoli, que te comiste un penal infernal del arquero del Bayern Munich sobre Higuaín. El destino no quiso que Argentina sea campeón y Gotze nos pegó, para muchos, el golpe más grande desde lo futbolístico. A casa sin la Copa, pero con la alegría de haber visto a Argentina en una final del Mundo.

El 4 de julio de 2015 era hora de la revancha. Se jugaba la final de la Copa América ante Chile nada más ni nada menos que en el estadio Nacional de Santiago. De un lado, la dos veces campeona Argentina. Del otro, la humilde Chile que hasta el momento no había conseguido un título. Y, nuevamente, la moneda cayó del lado adverso. Nuevamente, el fútbol le dio la espalda a Leo. Lo tuvo Higuaín a nada del final, pero llegó exigido y la tiro afuera. Los penales, los malditos penales, le dieron la primera Copa América de su historia a los dirigidos, por ese entonces, por Jorge Sampaoli.

La resistencia del público era cada vez más notoria, haciendo alarde de las finales -sí, partidos a los que llegan sólo dos equipos- perdidas y demás cuestiones sin sentido. Lo cierto es que por cumplirse el centenario de la casa madre del fútbol sudamericano, la CONMEBOL había organizado una Copa América apócrifa un año más tarde.

¿El resultado? Exactamente el mismo. Perdimos por penales y más de uno pensó que esto había llegado a su fin. Que los Mascherano, Agüero, Higuaín, Di María y compañía no iban a vestir más la camiseta de la Selección y la “renovación” se iba a imponer sobre los históricos. Pero, créanme, que nadie imaginaba lo que iba a suceder un rato después de aquella derrota. Messi, el chiquilín de Rosario, casi en una decisión de adolescente calentón irrumpía ante los micrófonos. “Lo primero que se me viene y lo pensaba en el vestuario es que ya está, se terminó para mí la Selección. Ya son cuatro finales, no es para mí. Lamentablemente lo busqué, era lo que más deseaba, no se me dio, pero creo que ya está”, sintetizaba en esas palabras la angustia y la bronca por quedarse de nuevo en la puerta de la gloria.

Cuanta impotencia. Habían ganado los idiotas, una vez más.

Casi un año después, por un comunicado, el astro confirmaba su regreso: “Veo que hay muchos problemas en el fútbol argentino y no pretendo crear uno más. No quiero causar ningún daño, siempre pretendí todo lo contrario, ayudar en todo lo que pude. Hay que arreglar muchas cosas de nuestro fútbol argentino, pero prefiero hacerlo desde adentro y no criticando desde afuera”.

El regreso fue con gol incluido, ante Uruguay en Mendoza. Argentina, en el debut de Bauza, ganaba 1-0 y se encaminaba a Rusia. Pero, como casi toda la historia de Leo en la Selección, la tuvo que parir. Y vaya si costó. Después de la decisión de no hablar con la prensa por una infamia que algunos periodistas esbozaron sobre Ezequiel Lavezzi, la relación periodismo-Selección-hinchas cayó en un pozo. Casi al igual que el rendimiento del equipo, que tuvo partidos estrepitosos empatando con Venezuela, Perú y perdiendo con Paraguay y Brasil.

Se fue Bauza. Llegó Sampaoli. Reuniones por doquier. Messi lo recibió en su casa al flamante DT de la Selección como nunca había ocurrido con otro. Y nos invitó a soñar.

Nos dieron un palazo en Montevideo, en un partido con muchas sospechas. Nos dimos la cabeza contra la pared en el Monumental, ante la humilde y juvenil Venezuela. Nos tocaba Perú. ¿Bombonera, Monumental o la cancha de Mandiyú? Claro. Se quiso desviar el foco. Terminó “ganando” la cancha de Boca, Claudio Tapia, Daniel Angelici, y “La 12”, que hizo un negocio millonario. ¿Quién no ganó? Adivinen. La Selección Argentina. 0-0 de local ante el conjunto incaico. ¿Y ahora? El Mundial, por primera vez después de mucho tiempo, nos quedaba realmente lejos.

Nos quedaba una sola bala en el fúsil. Es más, hasta se podría decir que esa bala nos las prestó el ignoto “Tony” Sanabria, luego de la proeza Paraguaya en tierras colombianas.

Sampaoli apostó por Enzo Pérez en la mitad de cancha y Di María suelto, donde evidentemente se ve su mejor versión. En un abrir y cerrar de ojos, el seleccionado perdía 1-0 en Quito, a los 45 segundos de juego. Pero apareció él. Un tal Lionel Andrés Messi. Con sus 3 goles, nos clasificó al Mundial.

Será recordado ese 10/10/2017. Sí, casi que parece una premonición, ¿no?. 10/10. Apareció el 10 y un país contento.

Y tras el partido, habló. Y sus declaraciones muestran una vez más su templanza. Muchos creen que los líderes deben alzar la voz, llorar en el himno o hasta “vender un poco de humo”. Él demostró que no.

“Si todos vamos de la mano, todo es mucho más fácil. Era una locura que Argentina no esté en el Mundial”.

Gracias, Lionel Messi. Gracias por ser argentino.

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