Finalmente se terminó la película de terror que traumó, angustió y mantuvo en vilo a todos los amantes del fútbol argentino. El brazo musculoso de Anderson Daronco se llevó el silbato a la boca y pitó el final de un sufrimiento que se prolongó en el tiempo mucho más de lo que cualquier individuo se hubiese imaginado. Pero, ¿cómo llegamos a ésta situación?, ¿cómo logramos estar de frente al borde del precipicio haciendo equilibrio para no caer?, ¿quién puso a un grupo de jugadores exitosísimos a nada de una verdadera catástrofe deportiva?. Podemos enumerar diferentes factores y protagonistas que ayudaron a que la confusión crezca a pasos agigantados: dirigentes, entrenadores, periodistas, hinchas, los propios jugadores, ¿la suerte?

Luego de la muerte de Julio Humberto Grondona y el subcampeonato obtenido en Brasil 2014, el caos se desató en la AFA y repercutió en todas partes. El poder que supo ostentar durante más de 30 años, para bien o para mal, no lo supo transmitir. No había quedado ningún dirigente competente para hacerse cargo de una casa que en cualquier momento podría implosionar. Luis Segura tomó el cargo y comenzaron los desbarajustes. Se podrían mencionar cada uno de ellos, pero los más desastrosos fueron dos: la “renuncia de Gerardo Martino” y el 38-38.

Martino, que tuvo la desgracia de caer en la dos finales consecutivas de Copa América (2015 y 2016), fue destratado como todos los jugadores. Para decirlo clarito, lo renunciaron. Su ciclo tuvo 18 partidos oficiales de los cuales ganó 11, empató 6 y perdió tan sólo uno. Pero el exitismo de la gente y las operaciones mediáticas en contra del ex entrenador de Barcelona y Newell’s pudieron más, y luego de resistir casi seis meses sin cobrar el sueldo, el Tata dio un paso al costado.

El otro momento bochornoso por donde se lo quiera analizar fue el 38 a 38. Marcelo Tinelli y Luis Segura -presidente de AFA en ese entonces- se disputaban la elección para definir quién ocuparía el sillón de la calle Viamonte. La votación, que tenía una cantidad de votantes impar, salió empatada y fuimos, una vez más, el hazme reír del mundo fútbol.

Además de estos bochornos, hubo un sector del periodismo que destruyó y trató de fracasados a esta generación de jugadores que había conseguido tres finales consecutivas. Los destrataron, los insultaron, se metieron con su intimidad, acusaron en dos oportunidades -primero a Éver Banega, previo a que se conociera la lista del Mundial 2014, y luego a Ezequiel Lavezzi- de haber fumado marihuana en la concentración sin prueba alguna. Los calificaban como millonarios que no sentían la camiseta. Al mejor jugador del mundo, le dijeron pecho frío. Sí, a Lionel Messi. Que no aparecía en las finales, que abandonaba, que no cantaba el himno. Y, finalmente, los jugadores decidieron no hablar más con la prensa.

Con Gianni Infantino como nuevo presidente de la FIFA, llegó la Comisión ¿Normalizadora?, compuesta por Armando Pérez, Javier Medín, Pablo Toviggino y Carolina Cristinziano. Y sí, la FIFA pudo habernos desafiliado en más de una oportunidad, pero el negocio es demasiado grande como para quitarle la posibilidad de ir al próximo Mundial a un país ganador de dos copas del mundo, y que tiene entre sus jugadores al mejor de todos los tiempos.

Pérez contrató a Edgardo Bauza que llegó a la Selección y perdió seriedad. Habló de que iba a salir campeón, no paró de decirlo, pero su ciclo dejó a la Selección en un pozo muy hondo. Más allá de la futurología que intentó realizar, el equipo tuvo los meses de peor actuación, se podía percibir que los jugadores no estaban cómodos, y los resultados lo reflejaron: de 8 partidos, el seleccionado ganó y perdió 3, empató 2. Mientras tanto, Bauza seguía contradiciéndose en los medios sin parar, lo que fue un antes y un después para un grupo que necesitaba sumar puntos en una tabla que se volvía más y más complicada.

Luego de tanto desgaste mediático, dirigencial y deportivo, la isla en donde vivían los jugadores de la Selección Argentina alejados de todos los problemas que tenía la cotidianeidad del fútbol nacional se empezó a inundar y la situación parecía que no iba a parar. Las Eliminatorias comenzaron a ser un viacrucis para los futbolistas, que ya cuestionados sostenían una mochila todavía más pesada.

La ida de Armando Pérez y la proclamación de Claudio “Chiqui” Tapia como nuevo presidente de la AFA trajeron aires nuevos en un momento en donde el ambiente se había contaminado de tal manera que la palabra tóxico no alcanzaba para describirlo. Con la asunción del ex presidente de Barracas Central se produjo el despido de Edgardo Bauza, y se empezó a negociar la contratación de Jorge Sampaoli que tenía contrato con el Sevilla de España.

Finalmente, el nuevo entrenador fue presentado el primero de junio de este año. El DT se hizo cargo del seleccionado sabiendo la gravedad de la situación. No sólo tenía que hacerle frente al estado crítico del equipo de cara a la tabla de posiciones clasificatorias para el Mundial, sino que también tenía la tarea de realzar la confianza de sus dirigidos. El recambio de jugadores fue algo normal y previsible ante el presente del equipo, no para tacharlos en un futuro, sino por la urgencia de obtener resultados. En los primeros dos partidos por los porotos con Uruguay y Venzuela, Sampaoli aparentó entrar en ese mar de confusiones en el que el sus dirigidos se estaban inundando. Dos empates sin poder convertir goles fue lo obtenido en la primera ventana, a pesar de haber demostrado merecer algo más contra La Vinotinto.

En el medio comenzaban a verse algunos rayos de luz que parecían prometer cambios. Los campeones del mundo de 1978 y 1986 fueron por fin reconocidos, tal vez no como se merecen, pero todo es un comienzo. Se acercaron al plantel, fueron invitados a los encuentros, pudieron acercarse a los chicos que hoy estaban realizando la misma tarea que ellos alguna vez supieron concretar, les podían ofrecer sus pareceres, su experiencia y su sabiduría.

De cara al partido contra Perú, equipo que venía demostrando un juego asociado sólido, con la pelota al ras del piso y un despliegue enorme de sus jugadores ofensivos, y encima, liderado por Ricardo Gareca, Sampaoli volvió a probar y a probar. Mientras algunos desviaban el real eje de la discusión -que fue y será el juego del equipo- los dirigentes decidían cambiar el escenario del partido: Monumental por Bombonera. ¿Serviría para algo, era el estadio lo que perjudicaba el rendimiento de Messi y compañía? No, en absoluto. Mientras veíamos como insólitamente ingresaba a un partido de Eliminatorias la barra brava de un club, que hizo un negocio millonario, el partido tomaba su rumbo y el empate se mantenía firme en el marcador. La lesión de Fernando Gago, a pocos minutos de su ingreso, hacía todavía más insoportable esta pesadilla. El balance era de tres puntos sobre nueve en juego, con dos partidos como local. Quedaba una vida, necesitábamos ir a ganar a Quito con todo lo que eso conlleva, con la estadística de haber logrado un triunfo una sola vez por Eliminatorias, de la mano de Marcelo Bielsa.

La película de terror tenía un giro inesperado más en su guión, ni Stephen King se había animado a tanto en sus libros. El inicio del encuentro parecía una cargada, un chiste de mal gusto. El destino quiso jugar un poco más con la salud de casi todos los argentinos y al minuto de juego Romario Ibarra inflaba la red de Sergio Romero, lo que generaba el desconcierto de casi todo un país.

10/10 de 2017, que forma también 10 (2+0+1+7). Y claro, uno ante semejante situación se escudaba en cualquier estupidez que pueda darle algo de esperanza. Fueron 11 minutos tétricos para mí, que lo estaba viendo no tan cómodamente en una silla, ni me quiero imaginar para los chicos que estaban jugando por nuestros colores en Quito. Pero llegó el momento en donde el mal flaquea y el bien aprovecha la situación para comenzar a ganar la batalla. Darío Benedetto bajó la pelota y se la entregó a Messi, quien abrió con Di María, éste le devolvió el pase al 10, que la mandó a guardar cambiando el desenlace de la película para siempre. Comenzó su noche mágica, la noche del día con tres 10, que el mejor de todos cambió por tres goles y por un deshago que demostró que estos, y los otros jugadores, dejaron todo por poner a su país en el lugar donde se merece.

Todo es historia hoy, a dos días de la película que fue de terror, pero tuvo un final feliz. Ahora, si hay algo que no podemos perder es la memoria. Tenemos que recordar y tomar nota de todo lo que sufrimos hasta este desenlace. Todos los actores que comprenden este hermoso deporte tienen que empujar en conjunto para formar un nuevo fútbol argentino, con principios, con reglas claras, proyectos a largo plazo, transparencia y por sobre todas las cosas, con sentido de pertenencia. Clasificar al Mundial fue un desafío enorme para los jugadores que se vistieron de celeste y blanco y, pese a todo lo comentado en párrafos anteriores, nos regalaron la ilusión de poder volver a soñar con levantar, una vez más, la Copa más bonita de todas. Ahora, aún más grande es el reto que tienen los hombres de saco y corbata, con o sin micrófonos, los hinchas y todo lo demás, ¿estaremos a la altura?

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