“Nunca hubo un puntero derecho como él. En el Mundial del 58, fue el mejor en su puesto. En el Mundial del 62, el mejor jugador del campeonato”, asegura Eduardo Galeano sobre Mané Garrincha en su biblia de la pelota llamada El fútbol a sol y sombra.

Las estadísticas con el seleccionado de Brasil avalan largamente las palabras del escritor uruguayo: además de consagrarse campeón en los primeros dos títulos mundiales de su país (’58 y ’62), ostenta 52 victorias, siete empates y tan sólo una derrota con la camiseta verdeamarelha.

Sin embargo, el bajito muchacho de Pau Grande, en las afueras de Río de Janeiro, había desplegado su verdadera esencia de otra manera; nacido el 28 de octubre de 1933 bajo el nombre de Manuel Francisco dos Santos, “a lo largo de sus años en las canchas –continuaba Galeano–, Garrincha fue más: él fue el hombre que dio más alegría en la historia del fútbol”.

“Entendí que Garrincha no jugaba para las estadísticas, ni para él: lo hacía para los hinchas. De espalda a las formalidades estratégicas, como un niño o un pájaro (de allí nace su apodo) que simplemente se divierte, sin tener otra intención”, aseguraba en este mismo aspecto el chileno Reinaldo Edmundo Marchant en la presentación de su libro El ángel de las piernas torcidas.

Esas mismas piernas torcidas (tenía la pierna izquierda ligeramente torcida hacia adentro y la derecha, seis centímetros más corta, hacia afuera) le permitieron bailar sobre la pelota también con la camiseta de Botafogo, convirtiéndose en el máximo ídolo de la institución luego de disputar más de 625 partidos y marcar 245 goles durante los 14 años que militó en sus filas.

Y justamente uno de sus compañeros de club (y también de la selección), el lateral zurdo Nilton Santos encabezó un movimiento de jugadores para que Garrincha pudiera viajar al Mundial de Suecia 1958, a pesar de que Mané había obtenido 38 de los 123 necesarios puntos para superar los exámenes psicofísicos.

El reclamo fue atendido y el puntero brasilero mantuvo su lugar en el plantel, pero a pesar de los resultados positivos en las citas mundialistas, los problemas extrafutbolísticos continuaron aquejando la vida del crack brasilero. Además de las secuelas por una severa poliomielitis, sus adicciones al tabaco -desde los 10 años-, al alcohol y a las mujeres -tuvo 14 hijos reconocidos- desviaban la atención de lo que Garrincha hacía adentro de la cancha.

“Mi vida privada está en todos los titulares y ya no soy un genio del fútbol porque casi nunca, al hablar de mí se habla del fútbol. Por eso no leo nunca lo que dicen de mí: si hablan bien, son mis amigos; si hablan mal también son mis amigos. ¿Para qué molestarme? Yo soy un hombre feliz”. Así describió su situación Mané al ser consultado por el periodista Álvaro Cepeda, durante su breve paso por Junior de Colombia.

Y de esa manera continuó siendo su vida –con alegrías adentro de las canchas y muchos titulares extrafutbolísticos– hasta apagarse definitivamente a los 49 años, debido a su alcoholismo crónico, solo y pobre, el 20 de enero de 1983.

Eduardo Galeano, ya no en su biblia de la pelota, pero sí en un libro que habla del fútbol y de la vida –Cerrado por fútbol, de reciente publicación– vuelve sobre Mané y lo grafica con la claridad de siempre: “Garrincha juega por reír, alegre pájaro de patas chuecas, y se olvida del resultado. Él todavía cree que el fútbol es una fiesta, no un empleo ni un negocio. Tiene muchos hijos, propios y arrimados. Bebe y come como si fuera la última vez. Manoabierta, todo lo da, todo lo pierde. Garrincha ha nacido para derrumbarse; y no lo sabe”.

Por Martín Cascardo.