El humo continúa condensado en el techo del estadio de Cardiff, mientras el mundo entero se rinde frente a un campeón que realmente demostró ser un equipo de pies a cabeza. Real Madrid abraza la doceava Champions, la tercera en cuatro años. La era post Barcelona de Guardiola se ha teñido absolutamente del mejor merengue madridista.

Desde que el catalán se hizo cargo del Barca hace algunos años, todas las miradas se posaron sobre aquellos jugadores bajitos, por el mágico fútbol que desplegaban, como también por la invencibilidad que parecían demostrar en cada partido. Mientras esto sucedía en el Camp Nou, el Bernabéu buscaba reinventarse tirando toda la leña a una fogata que lo terminaría quemando: José Mourinho. Pero curiosamente aprendió, cual niño, que no debía acercarse demasiado al fuego porque se quemaría.

La reconstrucción comenzó con Carlo Ancelotti como entrenador y Zinedine Zidane de ayudante: la dupla consiguió una Orejona. Después apareció Rafa Benítez. Polémico, no muy consistente en su juego, y con serios problemas para controlar un vestuario lleno de egos. Tras el español, Florentino y compañía apostaron por el francés, que había estado con italiano y luego había pasado a dirigir al Real de Castilla. La primera temporada fue de ensueño: logró imponerse en la Champions. Pero la siguiente plantearía grandes desafíos para quien dominó el mundo del fútbol con un técnica exquisita en los primeros años del siglo. El juego directo y vertiginoso tenía fecha de vencimiento, el reinventarse futbolísticamente debía ser con otros argumentos, con otro estilo. La obra completa se pudo apreciar en su totalidad en la final del sábado.

El primer tiempo fue muy parejo, equilibrado, por momentos dominaba el Madrid y en otros la Juve. Se distribuyeron equitativamente la pelota y las situaciones de riesgo, pero algo comenzaba a mostrarse en ambos equipos, el gran fundamento por el que fueron los finalistas: la volatilidad. Tanto los de Allegri como los de Zidane, en los primeros 45 minutos cambiaron de esquema con una facilidad extraordinaria. En los primeros 15, el campeón del Scudetto atacó y presionó alto, controló a Kroos y Modric con el claro objetivo de que el Madrid no pudiese construir juego. Pero donde el Merengue se soltó, la Vecchia Signora tuvo que retroceder y mostrar su mejor versión para el inconsciente colectivo: la defensiva.

Los españoles dominaban la pelota, pero no profundizaban porque no había espacios, con Khedira y Pjanic impidiendo los pases filtrados, Alves y Sandro tomando a el que se volcase por su costado, y los tres centrales siempre fieles y serviciales a la marca. La Juve controlaba las arremetidas de Cristiano y compañía.

Pero tan sólo un desfasaje defensivo, sólo uno, le bastó al Real Madrid para mostrar su riqueza técnica y velocidad de pase. Cristiano Ronaldo puso el 1-0 y el dominio continuó del lado del Madrid, ya que con libertad Kroos y Modric mostraban por qué la Casa Blanca tiene la mejor mitad de cancha del mundo. Toque de una lado hacia el otro, tenencia con un sentido claro: desesperar a la Juve. Que respondió, y vaya cómo: una genialidad absoluta de Mandzukic, quien, de chilena, igualó el encuentro.

El primer tiempo llegaba al ocaso con todo en tablas: marcador, posesión, situaciones de gol, etc. Pero ahí comenzaría esa obra que distingue a cualquier gran artista, ese magnífico momento donde un nuevo párrafo de la historia se está por escribir, donde la mente de los futboleros acomoda una huequito para que este recuerdo se conserve. El Real Madrid aplastó a la Vecchia Signora. Lo minimizó a una equipo sin alma y sin coordinación defensiva. Sí, a la Juventus, equipo al que sólo le habían convertido tres goles en toda la competición, que parecía imposible marcarle, los de Zidane le metieron tres goles en 45 minutos. Vaya si eso será recordado, no sólo por los tres goles, sino por la forma, el juego, la manera. Todo eso que parece olvidado en un mundo que se va transformando en un resultadismo absoluto, carente de análisis.

¿La fórmula? Simple y compleja, pero descifrable. Solidez en dos marcadores centrales que absorbieron la incasable lucha de Higuaín y Dybala, pero que también equivalen a un primer pase limpio y no tienen temor a que la presión rival los invada: Varane y Ramos. Por los costados, dos de los mejores laterales en el mundo, Marcelo y Carvajal, muestran partido a partido su constante importancia en todas las facetas del juego, sea defensiva (replegándose a una asombrosa velocidad), o bien en ofensiva (con la enorme capacidad de sorprender para atacar). Por delante de estos cuatro está quien se encarga de hacer que todo parezca equilibrado, que no se note que pasan los dos laterales en simultáneo, quien se ganó la licencia para pegar, y quien sabe a la perfección cómo relevar a sus compañeros: Casemiro. El brasileño es el primer eslabón de la mejor mitad de cancha del mundo.

“La clave del juego está en el medio campo”, sugirió alguna vez Guardiola. Zidane encontró todo lo que necesitaba -y más- en dos jugadores que son tan importantes como lo supieron ser Xavi e Iniesta en aquel Barcelona multicampeón: Modric y Kroos. Cada uno toma una mitad del campo, el alemán la izquierda, el croata la derecha. Construyen todo el juego del conjunto merengue a fuerza de toques y pausa, pausa y toques. Son precisos en el manejo de los tiempos del partido e infalibles en el arte de que siempre reciba la pelota un compañero.

Existe una imagen que llamó poderosamente la atención cuando se vivían los primeros minutos del partido: Dybala cometió falta desde atrás sobre Tony Kroos. En la repetición de la jugada se puedo apreciar cómo el alemán en todo momento mira hacia los costados en búsqueda de pases, tanto cuando el argentino lo corta, como también cuando su cuerpo está a punto de tocar el suelo. Ese momento es el fiel reflejo de lo que son los dos internos que tiene hoy el Real Madrid.

El tiempo y las lesiones lo obligaron a Zidane a sacar a Bale, pero la incorporación de Isco a este equipo ha sido de lo mejor de la temporada. El ex Málaga le aportó juego y velocidad de 3/4 de cancha hacia delante. Se tira para los dos costados con completa facilidad, y entiende con milimétrico conocimiento donde debe pararse para generar una desorganización en la defensa rival.

Cierran este equipo ideal dos monstruos, el primero de ellos no tan valorado como realmente se merece por el mundo del fútbol, y el otro un completo extraterrestre. Benzema y Cristiano son el último, y el primer, eslabón de un gran conjunto. El francés empezó a tirarse a los costados, a retroceder más sin perder la eficacia y eficiencia al pisar el área rival. Aprendió a complementarse con los mediocampistas mas allá del pivoteo obvio de un 9. Mientras que el portugués es sencillamente indescriptible. Dos goles en esta final, 10 desde que comenzaron los cuartos, inteligencia absoluta para leer las jugadas antes de que sucedan. Un jugador menospreciado por ser contemporáneo a Messi, pero que incuestionablemente se posiciona como uno de los mejores de la historia. A esta altura parecería de un ceguedad absoluta no reconocer que el luso ha hecho, hace y continuará haciendo cosas que resultan imposibles para cualquier futbolista que supere la media.

Estos intérpretes dominaron de pies a cabeza a la Juventus en el segundo tiempo. No le dieron margen en ningún momento, la tenencia fue la herramienta primordial para que, en los segundos 45 minutos, el campeón de la Serie A de Italia no tuviese la menor chance de arrebatarle el título al mejor equipo del mundo.

Casemiro puso el segundo, Cristiano el tercero y Ascencio el cuarto. Historia liquidada. El gran cerebro de todo esto apenas sonríe, aclara una vez más que para él la consagración en la Liga sigue siendo el día más feliz de su carrera como entrenador. Y se retira enarbolado en elogios, pero con la tranquilidad de saber que la temporada que viene presentará nuevos y gigantes desafíos, ya que este Madrid se ha ganado un lugar en la historia de todos. El ‘todos’ incluye a quienes pregonan que el resultado es lo único que importa, como también a aquellos que consideran que la forma es igual de importante.