La vida por fuera de Latinoamérica hace manifiesta la importancia que tienen los narradores y los comentaristas en la transmisión de un partido de fútbol. Si uno es un espectador interesado en un equipo, en uno o varios jugadores, o en el fútbol mismo, no hay tanto problema. Pero si uno sólo está interesado en el deporte como espectáculo y entretenimiento, debe haber pocas cosas tan aburridas como ver un partido de fútbol en televisión norteamericana. Y no es porque el juego sea aburrido, sino porque los periodistas no saben cómo hacer emocionante un juego que carece de “puntuación” permanente. Pensar esto me ha traído repetidamente a la mente el episodio de Los Simpsons en el que se contrastan las narraciones de Kent Brockman y del que parece ser un periodista brasilero durante un partido de “fútbol-soccer”. Sin embargo, más allá de generarme preguntas por el fútbol norteamericano, me hizo pensar en la evolución de las transmisiones del fútbol latinoamericano.

El modelo de narrador latinoamericano que hay desde afuera es justamente el de ese narrador brasilero de Los Simpsons: un tipo gritón que se emociona así no pase nada. ESPN y Directv Sports (y Fox Sports, aunque en menor medida), cadenas deportivas en las que predominan los periodistas argentinos, han sabido alejarse de ese paradigma. Mientras tanto, países como Colombia siguen hundidos en este formato en el que, valga aclarar, los narradores son sólo un síntoma del problema real: los comentaristas. Mientras Argentina supo desprenderse de un paradigma petulante y destructivo tan dañino como el de Fernando Niembro, Colombia sigue enalteciendo a periodistas igualmente dañinos como Carlos Antonio Vélez e Iván Mejía. Como muy bien lo hacía Niembro, Vélez y Mejía encuentran en la crítica destructiva un punto de partida rentable para su quehacer. Sus opiniones se miden en qué tanto pueden dañar a los jugadores que están en el campo. Y para ello necesitan a ese modelo de narrador: alguien que se dedique a espectacularizar el juego tanto como pueda, a durar la mayor cantidad de segundos gritando un gol y, sobre todo, que no tenga ni la capacidad ni la intención de contradecir las verdades universales que ellos sentencian con tanta propiedad. De paradigmas obsoletos como estos surgen, por ejemplo, consecuencias tan tristes como el periodista colombiano –del que no vale la pena siquiera mencionar el nombre– que hace poco logró salir del anonimato afirmado que “Riquelme es uno de los jugadores más sobrevalorados de Argentina”. Y seguirán surgiendo más personajes así mientras el objetivo no sea informar sino polemizar.

Hay que desprenderse de paradigmas de periodistas sabelotodo para que no surjan más comentaristas peones que se limitan a gritar o, aún peor, personajes que con opiniones injustificadas pero controversiales logran tener una voz predominante dentro un periodismo tradicional. Hay que dejar atrás a los “Niembros”. Entender que no puede haber una relación jerárquica entre el narrador y el comentarista. Las transmisiones deben ser dialógicas: el narrador no puede limitarse a ser un animador y el comentarista no tiene que sostener sus opiniones sobre una sensación de superioridad. Basta escuchar una transmisión de Miguel Simón y Quique Wolff para entender este nuevo modelo de periodismo deportivo que esperemos se propague por el resto de Latinoamérica. Necesitamos más Simón, más Latorre, más Varsky (esperemos que a él no se lo coma su propia capacidad) y menos Niembro, Vélez y Mejía para dejar de perpetuar el modelo del periodista gritón en contraste con Kent Brockman. Nada de esto significa, por supuesto, que el apunte de Los Simpsons no sea finísimo e hilarante.